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¿Señales
del cielo o de la tierra? (8, l0-21).
Para quien supiera
comprender, lo que estaba pasando era suficientemente claro. Pero los
fariseos se habían cerrado a toda posibilidad de comprensión.
Jesús se embarcó con
sus discípulos hacia la orilla de enfrente, a territorio judío, (la
región de Dalmanuta). Nada más llegar le salieron unos fariseos y
empezaron a discutir, pidiéndole una señal del cielo que justificara
su conducta. Buscaban tenderle una trampa. Una señal extraordinaria les
daría pie para acusarlo de magia. Jesús se indignó profundamente y
les dijo: ‹‹¿Para qué me piden señales del cielo, si saben que no
las tengo?. Sólo tengo señales de la tierra: compartir el pan con los
hambrientos, comer con pecadores, dar vista a los ciegos, hacer andar a
los cojos, liberar a los oprimidos, anunciar a los pobres que el Reino
es para ellos. No tengo otro tipo de señales. Si esas no las entienden,
les digo en verdad que con nada podrán entender››.
Nuevamente
la situación amenazante. Nuevamente tuvo Jesús que dejar el territorio
pagano. Nuevamente se embarcó Jesús y se fue a la otra orilla, la de
los paganos que le habían brindado comprensión y refugio.
Ya
en la barca, los discípulos de Jesús cayeron en la cuenta de que, con
las prisas de esa nueva huída, se les había olvidado llevar panes; sólo
tenían un pan con ellos en la barca. (Era el verdadero pan, pero no lo
comprendían). Y él les advirtió: ‹‹Miren: tengan mucho cuidado de
no contaminarse con la levadura de los fariseos y la levadura de
Herodes››.
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Pero ¿a qué viene esa advertencia, si no traemos panes? -se decían
entre sí, dicutiendo-. Tampoco ellos entendían. La incomprensión
ahora iba cerrando la pinza en torno a Jesús, enrareciendo el ambiente.
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¿Cómo discuten que no tienen panes?. ¿Todavía no entienden ni
comprenden?. ¿Tienen tan cerrado el corazón?. ¿Teniendo ojos no ven y
teniendo oídos no oyen? les dijo Jesús.
El
peligro era que, por no comprender al que llevaban en la barca, y por no
identificarse con sus valores, se iban identificando con los valores de
los fariseos y los herodianos, los enemigos jurados de Jesús, los que
ya hacía tiempo habían determinado darle muerte. De eso era símbolo
la levadura a que se refería él.
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‹‹¿No se acuerdan de aquella ocasión en que partí cinco panes
para cinco mil y de cuántos canastos recogieron?›› siguió diciéndoles
Jesús. ‹‹Sí, -le dijeron-, recogimos doce canastos››.
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‹‹Y cuando partí siete panes para cuatro mil gentes ¿cuántas
canastas llenas de sobras recogieron?›› ‹‹Siete››, -le
respondieron-.
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‹‹¿Y aún no entienden?››.
No.
ni así entendieron. Parecía como si Jesús les estuviera hablando en
clave. Se parecían cada vez más a la gente de fuera del secreto del
Reino que aquellos primeros discípulos que lo habían seguido con tanta
decisión, dejándolo todo. Su problema estaba en aquello de la
levadura: lo que ellos buscabn en el fondo era su propio reino, más que
el Reinado de Dios. Seguían esperando lo que esperaban para Israel los
fariseos y el pueblo: el reino de Israel sobre las naciones, en el que
ellos tendrían el poder. No se diferenciaban tampoco nada de los
herodianos en esa ambición de estar por encima de los demás. Por eso
no entendían a ese Jesús que sólo vivía para los demás, en función
de las necesidades fundamentales de la gente, sin tiempo ni para comer.
Así de ciegos estaban: que oyéndolo no entendían, viéndolo, no veían
nada, conviviendo con él estaban muy lejos de él.
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