El hambre del pueblo pagano (8, 1-9)

     

La gente en masa lo seguía, hambrientos de su palabra. Nunca nadie les había hablado como aquel hombre. Si los judíos eran como ovejas sin pastor, mucho más la gente que vivía en territorio pagano.

 Pero después de tres días tras Jesús, él se dio cuenta de que muchos de los que lo seguían no habían llevado nada para comer. Y llamando a us discípulos les dice: ‹‹Me da lástima por la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino; y algunos de ellos son de lejos...››.

 Los discípulos todavía no entendían a Jesús. Aquel era problema de gente. ‹‹Además, -le dijeron- ¿de dónde vamos a sacar panes aquí, en el desierto, para saciar a tanta gente?››. La dificultad era real. Pero eso en nada cambiaba la decisión de Jesús. ‹‹¿Cuántos panes tienen?›› -les preguntó-. ‹‹Siete››, le dijeron. (Pongan atención a los números simbólicos y, para entender lo que sigue, recuerden lo que hizo Jesús antes para los judíos). Y mandó a la gente acomodarse en el suelo y, tomando los siete panes los partió, pronunciando la acción de gracias, y los daba a sus discípulos para que los repartieran, y los distribuyeron a la gente. Y tenían unos cuantos pescadillos y, bendiciéndolos, les dijo que también los repartieran. Y comieron y se saciaron. Y recogieron las sobras de los pedazos, siete canastos; eran como cuatro mil. Y los despidió. La abundancia de vida era también patrimonio del Padre para los paganos, no sólo para los judíos.

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