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El
centro de la tormenta: la Ley de la Pureza (7, l-23)
Los del centro estaban
cada vez más alarmados con Jesús. Y volvieron a enviar unos escribas
de Jerusalén para concertar un plan contra él, buscando cualquier
resquicio para atacarlo.
No
fue difícil encontrar un pretexto: sus discípulos estaban comiendo su
pan con manos impuras. No se habían lavado para comer. No era asunto de
higiene, sino asunto de santidad. En las cuestiones de pureza o impureza
se jugaba el pueblo, según la interpretación oficial, la bendición o
la maldición, la vida o la muerte. Quien era impuro no podía acercarse
al templo; estaba excluido de la presencia de Yavé.
Dado
que la comida era señal de bendición de Dios, era tradición de los
piadosos purificarse para ser dignos de comerla delante de Dios. Quizá
ustedes no sepan hasta dónde llegaba la meticulosidad de los fariseos
en estos asuntos de pureza. Y como la impureza ritual se contagia por
contacto material con un impuro o con algo que aquél hubiera tocado, el
salir a la calle, y sobre todo al mercado, era una ocasión casi segura
de contaminación con la impureza de los pecadores y de los paganos; por
eso los que se consideran cumplidores de la ley no comen sin antes
lavarse meticulosamente, restregando fuerte para quitarse toda posible
impureza; y lo que compran en el mercado si no lo lavan igualmente no lo
comen. Y tienen muchas otras normas, a las que dan fuerza de ley, como
lavar las copas, los jarros y las bandejas. Para agradar a Dios y ser
dignos de comer en su presencia.
Todo
eso parecía santo y bueno. El problema era que tanto cuidado en lavar
el exterior no les dejaba tiempo para atender al interior; sentirse
puros y justificados ante Dios por sus méritos los hacía duros hacia
los demás y los llevaba a actuar como jueces de quienes no eran como
ellos.
Los
discípulos estaban comiendo su pan sin haberse lavado las manos después
de aquel haber compartido su pan con el pueblo impuro; tenían, pues,
las manos impuras según la ley. Y los fariseos y los escribas se fueron
contra Jesús a pedirle cuentas por aquello: ‹‹¿Por qué razón tus
discípulos no caminan de acuerdo a la tradición de los ancianos, sino
que comen el pan con manos impuras?››.
Atacaban
al maestro, no a los discípulos, cuya conducta era consecuencia directa
de la manera como Jesús relativizaba las leyes; y el centro había
decidido poner un alto a ese falso maestro cuyas ideas atacaban las
santas tradiciones de Israel.
El
silencio se hizo pesado. Y ahora los fariseos y los escribas se
desenmascaraban: no les importaba si el pueblo tenía qué comer, sólo
les importaba que se hubieran lavado las manos para hacerlo santamente.
Estaban
frente a frente dos maneras de entender la vida y la muerte, la bendición
y la maldición. Las leyes determinan qué conductas favorecen a la
vida, y cuáles la amenazan. Ellos partían del supuesto de que las
leyes de la pureza eran lo que garantizaba la vida y nada excusaba de su
cumplimiento. Para Jesús, en cambio, mirar por el hombre en necesidad
era motivo suficiente para pasar por alto la ley. Porque cuando una ley
deja de mirar por la vida pierde su sentido y deja de tener vigencia,
dado que el núcleo de la ley es la defensa de la vida.
Pero
había algo más que agravaba la situación del momento: la hipocresía
de los fariseos. Los discípulos habían compartido su pan con el pueblo
impuro; apenas ahora tenían tiempo para comer su pan. Y ahora
precisamente los fariseos, desde su situación de aislamiento en el que
se defendían de las exigencias del amor y de la responsabilidad por la
vida, se atrevían a juzgarlos...
Jesús
no pudo más. Ya había guardado la prudencia mucho tiempo. Buscando
defender la misión había comenzado a hablar con mucha prudencia,
hablando a la gente de acuerdo a lo que podían entender, y, ya en
privado, explicando todo a los discípulos. Pero ahora la misión misma
estaba en juego, y lo oculto debía darse a conocer, fueran las que
fueran las consecuencias. Había que desenmascarar ante el pueblo la
hipocresía que se encerraba tras la apariencia de bondad y
respetabilidad de la ortodoxia, porque eso sí engañaba a la gente y la
desviaba de lo esencial.
Y
entonces les dijo:
‹‹¡Qué
bien profetizó Isaías acerca de ustedes, los hipócritas, según
aquello que dijo: ‘Ese pueblo me honra de labios afuera, pero su corazón
anda bien lejos de mí’!. ¡Mentirosamente me dan culto enseñando
como mías doctrinas que son meros mandatos de hombres!. ¡Y abandonan
la Ley de Dios para dar fuerza de ley a sus tradiciones!››.
Y
siguió diciéndoles:
‹‹Con
qué facilidad dejan sin valor la ley de Dios para proteger sus
tradiciones!. Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’,
y ‘el que maldiga a su padre o a su madre, que sea condenado a
muerte’; ustedes, en cambio, para defender sus propios intereses dicen
que si alguien declara consagrado a Yavé- o sea, korbán- algún bien,
ya no tiene obligación de preocuparse por sustentar a su padre o a su
madre. Lo dispensan de esa obligación, quitando autoridad a la palabra
de Dios en favor de esa tradición que han impuesto. Y como estas hacen
muchas cosas semejantes››.
Siempre
los hombres hemos sido expertos en pervertir lo más sagrado; en hacer
de lo simbólico algo diabólico; de lo que une a los hombres y
garantiza la vida hemos hecho algo que dispersa y enfrenta a unos contra
otros, y hace olvidar que la obligación mayor, la no-dispensable, es el
amor. Los fariseos y los escribas se habían especializado en esa dia-bólica
tarea, que había terminado por construir una sociedad de desiguales, de
gente predilecta de Dios y de gente rechazada por él; y eso terminaba
por ser un falso testimonio contra Papá-Dios.
Jesús
tenía que desenmascarar la maldad que había en la defensa de las
tradiciones, que llegaba incluso a negar fuerza de ley a la ley de Dios
misma. Y para prevenir al pueblo, lo llamó de nuevo y les dijo:
‹‹¡Oiganme
todos y entiendan!. Nada de lo que hay fuera del hombre puede hacerlo
impuro, entrando en él. Lo que de verdad lo hace impuro y es para él
cuestión de maldición y de muerte es lo que sale de él››.
De
esa manera Jesús ha entrado en un camino definitivamente peligroso y ya
sin retorno. Si sólo mantuviera sus ideas en privado, ya estaría mal,
según los escribas y fariseos. Pero ahora está deslegitimando las
tradiciones rituales en torno a la pureza y al culto públicamente; con
eso es un enemigo del orden público, porque influye fuertemente en la
gente. Por eso su suerte está echada...
Y
tuvo que irse a casa, en busca de protección. Se quedó por fin a solas
con sus discípulos. Y para su sorpresa, resultó que tampoco ellos habían
entendido. Ellos que habían comido sus panes con manos impuras, no sabían
por qué lo habían hecho. Y le preguntaban por el sentido de aquella
especie de parábola.
Aquellos
a quienes había sido dado el don de conocer los secretos del Reino,
cada vez entendían menos; y se iban pareciendo cada vez más a los de
fuera, a pesar de la decisión de Jesús de aclararles todo en
particular. Tenía que prevenirles de que corrían el peligro de
quedarse afuera. Por eso les dijo:
‹‹¿Así
que también ustedes son incapaces de entender?. ¿No se dan cuenta de
que lo que el hombre come no lo puede hacer impuro, porque no entra en
su corazón sino en su estómago y va a dar al excusado?. En cambio, lo
que sale de su interior, de su corazón, eso es lo que mancha al hombre.
De su corazón, que es la sede de sus decisiones, salen todos los
proyectos malvados: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, deseos
de tener más, maldades, engaño, libertinaje, malas intenciones, el
herir con la palabra, la soberbia, la pérdida de valores; todas esas
maldades salen de dentro y hacen al hombre reo de maldición y de
muerte››.
(Fíjense
de paso que en lo que Jesús denunció como causa de maldición y muerte
para el hombre no aparece nada que se refiera directamente a Dios; son
doce situaciones de relación injusta, alterada respecto de los hombres.
Allí es donde se juegan las cuestiones de vida o muerte para el pueblo.
A Dios no se le ofende directamente; en lo que se hiere al Padre que ama
la vida es en el incumplimiento de su proyecto de vida; lo que va contra
la vida de sus hijos es lo que de verdad ofende al Padre).
Después
de aquello Jesús se dirigió a la región de Tiro, que era territorio
pagano; no se fue en plan de misión, sino de refugio. Por eso no quería
que nadie se enterara. El conflicto con el centro religioso judío había
sido muy fuerte y las consecuencias previsibles, amenazantes. Buscaba
aclararse, sin la presión de la amenaza. Por eso salió de Galilea,
donde todos seguían discutiendo sobre el conflicto que había tenido
con los escribas y fariseos.
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