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Aquel
gran hombre llamado Juan
(1, 2-8)
Hasta después de que
resucitó fuimos entreviendo cada vez con más claridad quién era él y
fuimos comprendiendo su causa y su mensaje; durante mucho tiempo su Espíritu
fue venciendo nuestra dureza de corazón y nos fue ayudando a desentrañar
en sus hechos y en sus dichos lo que realmente era en profundidad. En el
Antiguo Testamento encontramos mucha luz para eso. Releyendo a los
profetas, creo que Isaías, nos encontramos aquello que dice Dios:
‹‹Mira
yo envío mi mensajero delante de mí a prepararme el camino››.
Y
también aquello otro:
‹‹Voz de uno
que grita en el desierto: preparen el camino del Señor, rectifiquen los
senderos de nuestro Dios››.
Al
leerlo nos parecía que Dios mismo se estuviera refiriendo a Jesús: ‹‹Yo
envío mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino... él será voz
que grita en el desierto: ‘preparen el camino del Liberador,
rectifiquen sus senderos’...››.
Y
eso lo vimos cumplirse en Juan el Bautista, maestro de muchos de
nosotros, incluso de Jesús mismo. El anduvo por el desierto invitando a
la gente a que se bautizaran, se convirtieran y se les perdonaran sus
pecados.
¿Que cómo bautizaba en el desierto, si allí no hay agua?.
Bueno: no lo tomen al pie de la letra. Todos usamos imágenes, símbolos
para hablar de las experiencias más hondas, para las que las palabras
ordinarias no bastan. Es lo mismo que decir que en el desierto brotaba
la vida. El desierto nos evocaba aquel largo tiempo de prueba y
tentaciones, de despojo, durante el cual nuestros padres se fueron
haciendo pueblo de Dios. Por eso digo que Juan bautizaba al pueblo en el
desierto. Toda la gente de Judea, y los habitantes todos de Jerusalén
salían tras él y, una vez que confesaban sus pecados él los bautizaba
en el Jordán.
También
el Jordán era un lugar lleno de recuerdos: por ahí atravesaron
nuestros padres cuando entraron a la tierra prometida. Venían del sur,
subieron por el lado oriente del Mar Muerto, y atravesaron a pie el Jordán.
Detrás de ellos quedó toda una historia de sufrimiento y muerte, y
ahora entraban a la vida. De todo eso era símbolo ese rito que hacía
Juan. Nos recordaba el pasado al que habíamos muerto y nos simbolizaba
una vida nueva que se nos abría por adelante.
Juan
nos hablaba muy duro; era muy exigente consigo mismo; era como Elías,
el Profeta enfrentado con el Sistema. Había renunciado a todo
privilegio humano; se cubría con una piel de camello, y comía
saltamontes, miel de avispas, lo que hallaba.
Por
fin, después de cientos de años sin que dejara oír la voz de Dios en
palabras humanas, volvíamos a tener un profeta. Era el primero que abría
una alternativa de salvación al pueblo, al que despreciaban los
fariseos, los esenios, los sacerdotes, los romanos, Herodes, todos. Y
para colmo nos hacían creer que también Dios nos despreciaba, que ya
no teníamos alternativa, que el Reino era sólo para los selectos. Juan
rompió con esas visiones cerradas. En él encontramos por fin alguien
que nos decía que la salvación era también para el pueblo, para los
pecadores, si nos arrepentíamos de nuestros pecados, si nos convertíamos,
si nos atrevíamos a confiar en Dios.
Juan
se sabía amenazado. Porque se había atrevido a hacer lo que nadie: en
un tiempo en que la salvación se reservaba a los selectos, y el perdón
se ofrecía en el Templo, mediante sacrificios que realizaba un
sacerdote, Juan cambió todo: la salvación al pueblo pecador, en el
desierto, en un lugar no sagrado, y no mediante sacrificios sino
mediante la conversión y ya no por mediación de los sacerdotes, sino
de uno del pueblo, -porque eso era Juan, aunque, según se decía, era
hijo de un sacerdote y de una mujer que lo había concebido después de
años de esterilidad-.
Pero Juan era humilde.
Y nunca se le subió a la cabeza la fama tan grande que corría sobre él.
Se sabía de paso. Y muchas veces hablaba a la gente diciéndoles: ‹‹Detrás
de mí viene uno que es más fuerte que yo››. ‹‹¿Pero para qué
queremos alguien más fuerte que tú?›› -le contestaban algunos-. Y
él seguía, con una imagen que nos decía mucho a los judíos: ‹‹Es
que yo no soy el esposo; el que viene detrás va a rescatar por sí
mismo al pueblo para Dios; yo no tengo por qué suplantarle ese derecho
de rescate; quitarle la sandalia al que va a cumplir con esa obligación
es insultarlo. Vean que yo los bautizo, pero nada más con agua; él los
inundará de Espíritu Santo››.
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