Tempestades, miedos, falta de fe (6, 47-56)

     

Allá a lo lejos se alcanzaba a ver, en la penumbra de la noche iluminada por la luna, la barca a mitad del lago. Y viendo cómo se fatigaban remando, pues tenían el viento en contra, a eso de la madrugada viene hacia ellos, caminando sobre el mar, y tenía la intención de rebasarlos... Viéndolo ellos caminar sobre el mar les pareció que era un fantasma y se pusieron a gritar; porque todos lo habían visto y se espantaron. Entonces él les habló y les dijo: ‹‹Tengan ánimo; soy yo, no tengan miedo››.

 Ese era el problema de los discípulos: el miedo, o sea, la falta de fe, que son sinónimos. Por esa falta de fe no comprendían a Jesús y lo que hacía. Lo veían como un fantasma; su sola presencia les hacía sentir el temor ante lo que nos rebasa y no podemos manejar a nuestro antojo, lo que no podemos designar con un nombre conocido. ¿Quién es ese Jesús que así vence tantos peligros de muerte que lo rodean -simbolizados en el mar embravecido-?. Si él está ausente, las olas parecen acabar con el grupo; pero basta que él llegue para que se calmen todos los huracanes. Realmente no entendían nada. Y particularmente estaban fuera de sí, porque no habían comprendido todavía lo de los panes; es que tenían la mente embotada.

 No habían comprendido la solución que Jesús ofrecía al mundo, el Reinado del Padre, que cambia todas las reglas del juego de la sociedad: solidaridad contra egoísmo, colaboración contra competencia, verdad contra hipocresía, justicia contra injusticia, libertad contra opresión. No comprendían por qué Jesús no aprovechaba las circunstancias populares para dominar ni por qué no se dejaba arrastrar por la popularidad, respondiendo a las expectativas de la gente.

 Tanto había sido el desconcierto que ni cuenta se dieron de que habían perdido el rumbo y finalmente llegaron a Genesaret, no a Betsaida, que estaba en la orilla superior del lago, al norte. Y allí nuevamente la misma historia mil veces repetida: el gentío que se agolpaba en cuanto reconocían que allí iba Jesús, y el montón de enfermos que le llevaban en camillas, a rastras, cargando, a donde quiera que llegaba. Las plazas de todo el pueblo, pequeño o grande, se llenaba de enfermos para que, al pasar, al menos pudieran tocar el borde de su manto. Y todos los que lo tocaban, por su fe quedaban curados.

 Ya a nadie le podía caber la menor duda: el asunto de Jesús, el Reinado del Padre, tenía como núcleo central la preocupación por la vida del pueblo y, concretamente, tres necesidades básicas: el hambre, la enfermedad, y la falta de sentido de la vida. A ello Jesús respondía compartiendo su propia experiencia del Reino, dando la salud y compartiendo su propio pan con la gente. Así iba, poco a poco, reconstruyendo la esperanza del pueblo.

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