Discípulos, pueblo, Jesús, panes, salud, vida (6, 30-46)

     

Pero volvamos a los discípulos. El recuerdo de la suerte de Juan me vino a la mente ahora, al narrarles el inicio de la misión de los discípulos, porque es la suerte que espera al que se compromete de esa manera con la verdad y con el reino.

 Después de varias jornadas de trabajo evangelizador regresaron los apóstoles con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Se necesitaba un tiempo largo para platicar todo lo que tenían que decirle. Se quitaban la palabra unos a otros, entusiasmados por la experiencia de Reino que habían vivido. Entonces Jesús les dijo: ‹‹Vámonos solos a un lugar apartado, para que platiquemos y que descansemos un poco››. Es que ya iba haciéndose costumbre que, por tanta gente que iba y venía a donde él estaba, no tuvieran tiempo ni para comer.

 Y se embarcaron para irse a un lugar apartado en donde estar solos. Ya les era necesario ese reposo, el primero que tenían en el caminar sin descanso de Jesús ante la urgencia del Reino.

 Pero algunos los vieron embarcarse y vieron a dónde iban, y a pie, por la orilla del lago se fueron corriendo y llegaron antes que ellos al lugar donde iban a desembarcar. De todos los pueblos vecinos se les adelantaron, de manera que, cuando desembarcaron, Jesús vio al montón de gente que estaban esperándolo.

 ‹‹¿Dónde están sus pastores?›› -se preguntaba Jesús- ‹‹¿por qué nadie se cuida de ellos?. Parecen ovejas que no tienen pastor››, porque estos sean ausentes, y no se preocupaban de la vida - vida de su propio pueblo. Metidos en el mundo de leyes y ritos, sólo les importaba el cumplimiento exacto de las 613 prescripciones que habían elaborado y en las que pretendían encerrar la voluntad de Dios. Se preocupaban por las condiciones rituales de pureza que debían observarse para comer, pero no se preocupaban de la miseria del pueblo; no tenían misericordia ni asumían su responsabilidad por la calidad de la vida del pueblo.

 Para Jesús la necesidad del pueblo había sido siempre criterio para determinar lo que ‘puede’ o ‘no puede’ hacer. Ahora también cambiará sus planes de descanso ante la urgencia de ese pueblo abandonado por sus pastores. Y se puso a enseñarles con toda calma.

 ¿Y los Doce?. ¿Y los planes de descanso?. De verdad que no era justo. Primera ocasión que tienen de descansar, y no es posible por la gente. Ni siquiera han podido comer lo que llevan para los Doce y Jesús. Y él no parece tener prisa ni intenciones de acabar. Y se está haciendo ya muy tarde. Y tenemos hambre. Y nos vamos a retrasar en el regreso, y el lago se pone peligroso por la noche... Además, era ya imprudente retener tanto tiempo a la gente, que también tenía hambre.

 ‹‹Jesús -le dijeron los discípulos- ya es muy tarde y esto está muy solo, y la gente tiene hambre; ya déjalos para que se vayan a algún rancho cercano a comprarse que comer››.

 ‹‹La solución al problema del hambre, -dice el mundo, dicen los discípulos- está en que cada quien se compre algo para comer››. Jesús, en cambio, les dice: ‹‹Denles ustedes de comer››.

 ¿Cómo se le ocurre eso?. Como si fuera cosa de magia dar de comer a cientos y cientos de gentes. ¿Donde -y con qué- iban a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?. Si los había enviado a la misión si un centavo; y apenas estaban regresando. Y aunque tuvieran esa cantidad, apenas ajustaría para darles un bocado a cada uno. (El denario era el salario de un campesino por el trabajo de un día).

 Nuevamente no estaban entendiendo. Ellos ven claro que el hambre se resuelve comparando; y Jesús insiste: ‹‹Yo nunca he hablado de comprar. ¿Cuántos panes tienen?. Vayan a ver››.

 -‹‹Pero Jesús, es inútil; no traemos más que cinco panes y dos peces; no alcanza para nada››...

 Quiero hacer una paréntesis para que entiendan el mensaje que les quiero dar. No se imaginen a Jesús como un mago al que se le multiplican los panes en las manos; yo no hablo de multiplicar sino de dividir. El Imperio Romano hablaba de multiplicar (fiestas, impuestos, ejércitos, riquezas, todo); lo que nos enseñó Jesús fue lo otro: a dividir.

 Y para entender el mensaje fíjense en los símbolos. Los discípulos tardaron mucho en entender lo de los panes; no se extrañen de que ustedes no lo logren a la primera. Porque todos tenemos muy metido el que la solución de los problemas del pueblo (por ejemplo, el hambre) está en que cada quien se compre qué comer. Para Jesús, en cambio, la solución estaba en que los que tuvieran algo lo compartieran. Porque cuando el hombre comparte, Dios interviene, y ajusta para todos e incluso sobra. Jesús no entendía el Reino como una situación de pobreza o carencia, sino como abundancia, pero no para unos cuantos, sino para todos igualmente. Y había que ir organizando este mundo y la historia de acuerdo a eso que esperaba para el final; y el único camino era el compartir con el pueblo organizado.

 Eso es lo que está muy claro en la narración. Yo no estuve presente en aquella ocasión. Si me preguntaban qué fue lo que sucedió, no les sabría decir; ni es eso lo que pretendo. Sólo sé, -y es lo que hay detrás de la tradición que me llegó, y que les he transmitido a ustedes- que en aquella ocasión en que todos compartieron lo que traían ajustó y sobró. Y en eso descubrieron que el Reino era algo cercano para ellos.

 A alguno se le ocurrirá: ‹‹Pero ¿de veras sólo llevaban cinco panes, si iban en plan de día de campo?››. No les vaya a ocurrir esa pregunta. Sepan leer los símbolos. Y siete significa plenitud para los judíos. Y 5+2 son siete. Como también es simbólico el número 12 (el pueblo de Israel), de los canastos que sobraron: la plenitud que allí se dio es suficiente para todo un pueblo.

 Pero sí es importante que descubran que allí sucedió un milagro. Sólo que lo deben entender como lo entendemos los judíos: un milagro es un hecho -ordinario o extraordinario, comprensible o incomprensible para nosotros- en el que los hombres descubrimos que Dios está con nosotros y que nos salva. Sucedió allí un signo de que el reino ya comenzaba a hacerse un pueblo, el pueblo de hijos de Papá-Dios.

 Lo que Jesús hizo, pues, fue mandarles a los discípulos que organizaran a la gente en grupos de cien y de cincuenta, y que se sentaran en la hierba verde (era tiempo en que comenzaba a revivir el campo, con las lluvias tempranas). Y tomando los cinco panes y los dos peces, mirando al cielo bendijo a Dios y partió los panes y los daba a los discípulos para que los repartieran a la gente, y dividió también los dos peces para todos. Y todos comieron y se saciaron. Y recogieron las sobras de aquellos panes partidos, y las sobras de los peces divididos, y se juntaron doce grandes cestos. Los que comieron eran como cinco mil.

 Allí había sucedido un milagro: cuando el hombre comparte lo que tiene. Dios interviene y ajusta para todos y aún sobra; se había alimentado todo un pueblo.

 Y se armó un revuelo. Aquel grupo de gentes que inicialmente eran como ovejas sin pastor, sin cohesión, ahora eran un pueblo con columna vertebral, con un pastor que se preocupaba por su vida. No es difícil suponer que quisieran hacerlo rey. Y que a los discípulos aquello les pareciera muy bien. Y que estuvieran dispuestos a alentarlo.

 - ‹‹Ustedes se me van a Betsaida, a la otra orilla, y yo los alcanzo allá››, les dijo Jesús:

 - ‹‹Pero si ahora es cuando tenemos a la gente con nosotros -le dijeron- ¿y quieres que nos vayamos?. ¿Vas a organizar todo tú solo?››.

 - ‹‹No es lo que ustedes se están pensando; tengo que explicarle a la gente que no les ofrezco lo que ellos se esperan; les ofrezco el Reino de Dios, no el Reino de Israel sobre las naciones. Entiendan que no soy ningún rey ni ningún mesías guerrero. Por más que muchos eso quisieran de mí; ustedes, entre otros››.

 Jesús tuvo que obligarlos. El desencuentro entre las dos maneras de entender el Reino (Jesús y los discípulos) era cada vez más evidente. Parecería que mientras más tiempo pasaban con él menos lo entendían, menos sabían quién era.

 Finalmente Jesús se quedó solo. Tampoco le fue fácil despedir a la gente, convencerla de que su camino no era el que se imaginaban. Pero todo aquello iba cuestionando a Jesús más y más sobre su práctica. Porque los problemas que le causaba eran cada vez mayores. Y sin embargo, sentía un compromiso con el pueblo, con su vida, porque allí estaba en juego el nombre del Padre...

 Todo eso era lo que tenía que platicar con su Dios. Otra larga noche en vela con El, para conferir nuevamente, en el monte, en la soledad del diálogo íntimo con el Padre, el rumbo de su acción.

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