Entre tanto, Herodes... (6, 14-16) 

     

Pero ya para entonces se había corrido por toda Galilea la fama de lo que él hacía, y había llegado hasta Herodes. Todos se preguntaban: ‹‹Pero, en definitiva, ¿quién será ese tal Jesús?››.

 Jesús rompía todos los esquemas. No podían encerrarlo en ninguna imagen conocida. ‹‹Por como predica y por lo que hace, debe ser el mismo Juan Bautista, resucitado de entre los muertos; por eso hace los milagros que no hacía antes: porque en él hay un espíritu nuevo, una fuerza de Dios››. Eso decían unos. Otros decían que era Elías, el profeta que anunciaba el comienzo de los últimos tiempos, después del cual vendría el Mesías y el reino de Israel sobre las naciones. Para otros era simplemente un profeta como los grandes profetas antiguos. Herodes, también desconcertado por todas esas noticias, y lleno de temores supersticiosos, se decía: ‹‹El Juan que yo mandé decapitar, ese mismo ha resucitado...››.

 ¿Recuerdan ustedes cómo influyó en Jesús la noticia de la prisión de Juan Bautista, cuando después del bautismo se fue al desierto a poner sus ideas y sus experiencias en orden, y a decidir qué tocaba hacer como servicio al Dios que le había revelado, y a su Reino?. Pues Herodes era el que lo había metido en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Tal vez quieran conocer algo de aquella bonita familia de Herodes. Les puede ayudar a saber de qué clase era ese hombre, y con quién tenía que vérselas Jesús.

 Cuatro miembros de la dinastía tuvieron el nombre de Herodes. El primero fue Herodes el Grande, hijo de un príncipe idumeo y una princesa árabe. Tuvo diez esposas, entre otras la mismísima Cleopatra. Era un hombre que juntaba la astucia árabe con la crueldad idumea. Y así logró del mismísimo Antonio, el amante de Cleopatra, que lo nombrara tetrarca de Galilea y Samaria, en el año 4l A.C.

 Eso significaba un desconocimiento de los derechos del último de los reyes asmoneos, Antígono. Los intentos de este por recuperar derechos de trono sobre toda Judea parecieron triunfar por tres años, del 40 al 37, y Herodes tuvo que huir. Pero con la ayuda del ejército romano tomó Jerusalén después de sitiarla por cinco meses, hacia fines del verano del 37. Y para conseguir legitimidad ante el pueblo judío, que lo rechazaba por su ascendencia ilegítima, se casó con Mariamne, la nieta de Hircano, que había sido sumo sacerdote.

 De entrada Herodes mandó matar a 45 miembros del Sanedrín, que ya nunca se repuso del golpe. Herodes se reservó el derecho de nombrar y destituir sumos sacerdotes y miembros del Consejo. Roma tenía ya el instrumento perfecto de su imperialismo en Oriente.

 La alianza con los asmoneos era simple apariencia. Herodes fue liquidando sistemáticamente a todos: en el 35 mata a su cuñado Aristóbulo, sumo sacerdote; en el 30 a Hircano, abuelo de su esposa; en el 29 mata a Mariamne, su esposa, acusándola de adulterio; en el 28 a Alejandra, madre de Mariamne y suegra suya.

 Herodes jugó con todos y con todo. Aliado de Antonio, se convirtió en amante de Cleopatra, que era amante de aquel. Con ella tuvo un hijo, Filipo, que lo sucedería como tetrarca de Iturea y de Traconítide. Cuando Octavio derrotó a Antonio y a Cleopatra, y llamó a Herodes a dar cuentas, este parecía tener perdido todo. Pero su ambición de poder le permitía doblarse ante el vencedor para adularlo. El romano vio que en Herodes tendría el aliado incondicional y lo restituyó en su trono y prerrogativas.

 Sin obstáculos ya por delante, Herodes tomó a Galilea como ‹‹tierra del rey››, y además se dedicó a la construcción, para defenderse (el palacio-fortaleza de Masada, el Herodium en Belén y, en Jerusalén, su palacio, la fortaleza Antonia) y para legitimarse (el templo que, para tiempos de Jesús, seguía todavía en construcción). Así pretendió aparecer como un nuevo David, preocupado por el pueblo y por el Templo. ¿El dinero para estas costosas construcciones?. De los fuertes impuestos exigidos al pueblo sin piedad: mil talentos cada año. Y cada talento equivalía a diez mil denarios, (un denario era el salario mínimo por día).

 Herodes había sembrado vientos en su familia y recogería tempestades. Obsesionado por la idea de una conspiración de algunos de sus hijos, tres años antes de morir mandó matar a Alejandro y Aristóbulo, (del matrimonio con Mariamne, la asmonea asesinada anteriormente), y a Herodes Antípatro (hijo del primer matrimonio, con Doris), apenas cinco días antes de su propia muerte. Les sobrevivían Arquelao y Antipas, hijos de una samaritana; Herodes Filipo, primer esposo de Herodías, y cuya hija Salomé era la primera esposa de Filipo, el hijo de Cleopatra.

 Cuando Herodes el Grande murió había dividido su reino entre Arquelao, Antipas y Filipo. El primero reinaría sobre Judea, Samaria e Idumea; Galilea y Perea tocaban a Antipas; para agradar al Emperador construyó la ciudad de Tiberíades; pero al descombrar el terreno para la construcción aparecieron monumentos funerarios; era, pues, terreno impuro. Por eso tuvo que poblar la ciudad por la fuerza con extranjeros mendigos, aventureros, haciendo de ella un mosaico de razas. Filipo dominaría sobre territorios habitados por no judíos: Iturea, Traconítide, Abilinia, Panias; gran amigo de los romanos fue el primero que acuñó monedas con la imagen de Augusto y de Tiberio.

 La voluntad de Herodes el Grande era que Arquelao conservara el título de rey de Judea. Pero Roma, alarmada por las revueltas de protesta que hubo desde el comienzo mismo de su gobierno, a causa de su crueldad, lo destituyó unos cuantos años después. Su territorio se confió a un prefecto, dependiente del gobernador de Siria.

Entonces Antipas, su hermano, asumió como nombre dinástico el de Herodes, y tomó como esposa a Herodías, primera mujer de Herodes Filipo, el hermano mayor a quien su mismo padre había hecho a un lado.

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