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Nazaret:
el escándalo.
Anuncios
de crisis y fracaso (6, 1-6)
Ese Jesús
desconcertado y que desconcierta a los que lo siguen, decidió un día
que tocaba ir a su tierra. A pesar de todo. Ya sabía que las cosas no
andaban bien con sus familiares; no hacía mucho habían ido a buscarlo
para llevarselo, porque decían que estaba loco. Esa pretensión de
predicar un mensaje tan fuera de lo común, sin tener ninguna preparación
para ello, esa manera tan escandalosa de violar la ley del sábado y las
leyes de pureza, su amistad con publicanos y pecadores, su
enfrentamiento cada vez más violento con los jefes del pueblo, los
escribas y fariseos... Su cercanía les resultaba peligrosa social y
religiosamente. Y, o se arreglaba, o la situación iba a ser más
delicada. Por eso, cuando tomó esa decisión, sus discípulos le
dijeron: Nosotros vamos contigo.
Se
fueron con él y, nada más llegado el sábado, comenzó a enseñar en
la sinagoga. Todos quedaron sorprendidos por la manera como hablaba.
Incluso los más opuestos no salían de su desconcierto. Pero era un
desconcierto nacido de la incredulidad. ‹‹¿De dónde le vienen
estas cosas? -se decían, criticándolo-‹‹¿Qué sabiduría se le ha
dado para que hable de esa manera?. ¿Y tales acciones poderosas que
brotan de sus manos?. Si no es más que el carpintero, el hijo de María,
hermano de Santiago y José y Judas y Simón. Y sus hermanas también
viven entre nosotros...››. Y se escandalizaban por su causa.
Era
su enseñanza y su práctica lo que les escandalizaba; no es el
comportamiento propio de uno de los suyos, un carpintero. ¿Qué se había
creído?. ¿Quién garantizaba su autoridad?. Con sus pretensiones
rebasaba los límites de su situación familiar y local.
¿Qué explicación podía darles?. Tenía razón: el Dios de que
hablaba era un Dios diferente a aquel del que hablaba el Centro judío.
Su manera de enfrentar el Reino era también diferente. Y era cierto: él
no tenía preparación ni estudios. Nunca había pertenecido a ningún
grupo de selectos, a ninguna élite. Era del pueblo-pueblo. Y la verdad
es que su gente no tenía fe en que alguien del pueblo, alguien
conocido, igual que ellos, pudiera ofrecerles a ellos la salvación de
parte de Dios.
Pero
aquella falta de fe le ata las manos a Jesús y a Dios. Porque el Reino
que él predica no es como un poder que se impone sino que es amor que
se ofrece. Jesús, para quien el criterio sobre lo que puede o no hacer
ha sido la necesidad de la gente, ahora no puede hacer allí ningún
milagro. Sólo por compasión a unos cuantos pobrecitos enfermos, imponiéndoles
las manos. Y realmente no comprendía aquella falta de fe...
(Para
Jesús una curación no es automáticamente un milagro; sólo cuando,
gracias a la fe, el hombre descubre en ella la señal de que Dios está
de su parte para salvarlo. Por eso son inseparables fe y milagro).
¿Y cómo podía explicarse a sí mismo aquel fracaso?. ¿Por qué
sus acciones no hacen surgir la fe en el Reino?. Las curaciones han
centrado a la gente en una búsqueda desesperada, incluso amenazante
para Jesús, de su propio beneficio, pero no se han convertido para
ellos en signos del Reino. Entonces ¿se ha equivocado de práctica?. ¿No
era eso lo que tocaba?. ¿Deberá dejarla?. ¿O más bien intensificarla
y hacer algo más?.
Esa
fue la última vez que volvió a predicar en una de sus sinagogas. Pero
ante el fracaso y la contradicción Jesús no se replegó. En el
discernimiento hecho en presencia del Padre decidió lanzarse a recorrer
todos los pueblos de alrededor, enseñando.
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