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Para
que no cualquiera entienda (4, l-34)
Y de nuevo comenzó a
enseñar junto al mar. Y se le juntó tanta gente que, para sentarse,
subió a una barca metida en el mar, y toda la gente se quedó en
tierra, a la orilla del mar. Y les enseñaba muchas cosas en parábolas.
¿Por qué ese tipo de enseñanza?. Yo creo que Jesús buscaba
varias cosas: quería dar una clave de comprensión y de análisis de lo
que estaba pasando con él y del hecho de que, ante una misma práctica,
unos reaccionaran siguiéndolo y otros, en cambio, persiguiéndolo; pero
quería hacerlo en un lenguaje cifrado, como en la clave, dado el
peligro que empezaba a correr; así los que estaban bien dispuestos,
buscarían una explicación posterior; los que no, no entenderían nada.
Lo
primero que quiso explicar Jesús mediante ese lenguaje nuevo fue que no
desde cualquier situación social se le puede aceptar y escuchar igual.
Y les decía en su enseñanza:
‹‹Escuchen:
resulta que salió un sembrador a sembrar y le ocurrió que al sembrar,
una parte cayó en el camino y vinieron los pájaros y se la comieron;
otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había tierra suficiente
e inmediatamente brotó, por no ser profunda la tierra; pero en cuanto
brotó, el sol la quemó y se secó por no tener raíces; otra parte cayó
entre las espinas, y estas la ahogaron y no dio fruto; otras partes
cayeron en la tierra buena y, creciendo y desarrollándose, daban fruto
y produjeron hasta el treinta, el sesenta y el ciento por uno››.
Y
terminó con una frase que repetiría muchas veces a partir de entonces:
‹‹Que oiga quien tenga oídos dispuestos para oír››. Con ese
modismo arameo Jesús quería decir, (aunque también en lenguaje
cifrado): ‹‹El que quiera preguntar, que pregunte, pero después, en
público ya no diré nada más››.
Jesús
había echado un gancho que, efectivamente, recogieron algunos de sus
oyentes. Y cuando se quedó a solas, los que iban con él, junto con los
Doce, le preguntaban sobre las parábolas.
Entonces
Jesús les dijo: ‹‹A ustedes les ha sido concedido como regalo
conocer lo secreto del
Reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas,
de forma que mirando miren y no vean, oyendo oigan y no entiendan, no
sea que se conviertan y sean perdonados››.
A
esta frase que tomó Isaías se le han buscado muchas formas de
entenderla. Hay quienes han buscado atenuarla, dándole un sentido
casual más que final: porque mirando miran y no ven, oyendo oyen y no
entienden, mientras no se conviertan y sean perdonados. Por lo que yo
investigué con los que me transmitieron todo esto, creo que hay que
entenderlo en sentido fuerte: Jesús hablaba de esta manera para que no
cualquiera captara lo que quería decir. Simplemente buscaba provocar
una inquietud de búsqueda de sentidos más profundos en los que lo oían;
otros se irían diciendo: ‹‹Hoy sólo habló de un sembrador al que
no le salieron todas las cosas bien››. Y no podrían acusarlo de
nada.
Pero
también quiso hacer una advertencia a sus discípulos: ‹‹Pónganse
más atentos porque si no entienden esta parábola no podrán entender
ninguna otra››. Y les explicó por qué la respuesta que se daba a
su enseñanza dependía del lugar social en el que se estuviera y de los
intereses que se defendieran:
‹‹El
sembrador siembra la palabra. Hay unos (los sembrados en la tierra
apisonada y dura de la vereda) en los que se siembra la palabra y, en
cuanto la oyen, viene el Tentador y arrebata la palabra sembrada en
ellos. Hay otros que se parecen a estos: son los sembrados en terreno
pedregoso; en cuanto oyen la palabra reaccionan con gran alegría; pero
no tienen raíz en sí mismos, son inconstantes y oportunistas y en
cuanto les llega un conflicto o una persecución por causa de la palabra
que escucharon, sucumben. Otros son diferentes: los sembrados entre las
espinas; son los que oyen la palabra pero las preocupaciones por el
presente, la trampa que son las riquezas, y todos los tipos de codicias
que les entran ahogan la palabra y le impiden dar fruto. Y hay también
los sembrados en tierra buena, los que oyen la palabra y la acogen y dan
un fruto sobreabundante, más de lo esperado: el treinta, el sesenta y
el ciento por uno.
Tengan
en cuenta que todo esto está relacionado con la advertencia que Jesús
hacía a los discípulos: ‹‹Por tanto, examinen la manera cómo me
escuchan; porque serán medidos con la medida con que me midan y se les
acrecentará. Porque a quien ha dado fruto (por haber acogido la
palabra) se le dará todavía más; pero a quien no le ha producido
fruto (por haber dejado pasar la oportunidad) aún lo que le quede lo
perderá››.
Mucha
gente se preguntaba: ‹‹¿Por qué habla así, en parábolas, para
que no le comprendan?. ¿Quién prende una luz y la mete debajo de la
cama o la tapa con una caja en lugar de ponerla sobre el
candelero?››. Jesús les repondió: ‹‹Todavía no es tiempo de
hablar abiertamente; pero nada de lo que ahora queda escondido quedará
sin manifestarse, ni nada de lo oculto dejará de ser revelado. Entre
tanto, si alguno tiene oídos dispuestos para oír, que oiga››. Se
trataba de una especie de clandestinidad provisional, necesaria en el
momento, por la situación de amenaza, pero que se romperá en su
momento.
Y
así siguió Jesús hablando en parábolas. Y les decía: ‹‹Así me
pasa en este asunto del Reino de Dios: como a un hombre que sembró la
semilla en la tierra; él duerme y se levanta, de noche y de día, va y
viene y, sin que él sepa cómo la semilla germina y va creciendo,
porque la tierra por sí misma produce el fruto: primero los brotes,
luego la espiga, luego el grano lleno y maduro en la espiga. Y en cuanto
el fruto está a punto, mete la hoz, porque llegó la siega››.
Y
les decía también: ‹‹¿Con qué compararían ustedes el Reino de
Dios?. ¿Con qué ejemplo lo expondremos?. ¿Con el de un ejército
poderosísimo, el de un gigante, el de grandes cantidades de oro?. Pues
yo creo que se parece más bien a un grano de mostaza que, cuando se
siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas que hay,
pero una vez sembrada, crece y se hace la más grande de las hortalizas
y echa ramas suficientes como para que bajo su sombra puedan anidar los
pájaros››. Un arbusto de mostaza nunca será un árbol grande; lo
importante es que, a pesar de su pequeñez, esconde una fuerza de vida
incapaz de detenerse. Su eficacia no es la del poder que se impone sino
la de la vida y el amor que se ofrecen.
Y
con muchas parábolas semejantes a éstas les iba transmitiendo el
mensaje del Reino, de acuerdo a como podían oírlo; por eso no les decía
nada sin parábolas, pero en privado les aclaraba todo a sus discípulos.
Desde entonces Jesús comenzó a realizar una nueva práctica de enseñanza,
de acuerdo al triple auditorio que tenía: los enemigos, el pueblo y los
seguidores. Sobre todo, había querido aclarar las condiciones para oírlo
y seguirlo y los obstáculos que lo impedían. Que lo siguieran o que lo
persiguieran dependía, en gran parte, de donde y cómo vivían quienes
lo escuchaban, de los intereses que defendían y de las opciones que
guiaban su vida.
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