Para situarse (1,1)

   

Les voy a dar un notición sobre Jesús, nuestro Liberador, el Hijo de Papá-Dios. Bueno, tal vez les parezca falta de respeto esta manera de hablar de EL. Pero lo hago por fidelidad a Jesús, porque así nos enseñó él a nombrar a Dios. No crean: también a nosotros nos disonaba al principio; nos costó trabajo aceptarlo; mucho le tuvimos que pedir que nos enseñara a rezarle a Papá-Dios como él lo hacía. Sentíamos que había que atreverse a mucho para decirle así a El, el Innombrable, el Señor de los Ejércitos, el Santo de los Santos, el Separado en el espacio sacro del Templo, el Inaccesible y Lejano. Teníamos que cambiar nuestra mentalidad, que convertirnos para dar ese paso.

 Vivíamos en tiempos de persecución. En vísperas del levantamiento zelota en Judea el imperio estaba preocupado. Nerón, además veía en la ciudad irreductible de los cristianos un adversario a sus pretensiones de divinización. Además de esa amenaza exterior la comunidad sufría las presiones de los judaizantes, que pretendían que para ser cristianos había que asumir todas las prescripciones rituales del Antiguo Testamento. No era fácil el momento. Estábamos rompiendo el cordón umbilical con el pueblo judío, pero eso producía enfrentamientos dentro mismo de la comunidad.

 Y corríamos otro riesgo aún peor: el de vaciar la realidad humana de Jesús y de la fe en él, en aras de un espiritualismo desencarnado que servía de fuga de las responsabilidades sobre la historia. Muchos se dejaban llevar por una actitud entusiástica que daba más importancia a fenómenos carismáticos de tipo místico que a una vida comprometida con el amor y la justicia. De Jesús se hablaba como alguien del pasado, que había sido exaltado y llevado al cielo, pero ya sin conexión con la historia. Se le confesaba como el Mesías, como el Hijo de Dios, pero esos términos no decían ya nada de lo que él había sido cuando vivió entre nosotros. Los paganos también hablaban de hijos de dioses, los judíos seguían esperando un liberador, y desde esas concepciones ya no se sabía qué quería decir que Jesús fuera Mesías e Hijo de Dios.

 Por eso me decidí a escribir los recuerdos que había sobre su vida: para que esta explicara lo que confesábamos de Jesús. No eran los títulos los que explicaban la vida de Jesús, sino más bien su práctica la que hacía comprensibles los títulos que le atribuíamos. Porque finalmente no bastaba decir que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios; había que decir qué Mesías y qué Hijo de Dios era y cómo lo era. No bastaba el qué; se necesitaba el cómo.

 Pero sólo les voy a hablar de cómo comenzó todo este asunto de Jesús. No les diré cómo terminó. Eso tienen que descubrirlo por ustedes mismos. Porque nadie puede sustituirnos en esa experiencia. Es como tocar a Dios mismo. O lo hace uno o no lo hace nadie por uno.

 Yo, pues, lo que voy a hacer es abrirles el camino a esa experiencia, que sólo la tendrán si regresan a Galilea a seguirlo, como él nos dijo, haciendo lo mismo que él. Para eso les voy a contar lo que hizo durante el tiempo que vivió entre nosotros.

 Tampoco les voy a decir nada de cuando él era muchacho. Yo no pude averiguar nada sobre ese período porque era uno de tantos, sin nada especial. Además, lo que realmente nos había impactado era lo que hizo en el corto tiempo en que convivimos con él. Yo no anduve con él, sino con los que los conocieron personalmente; pero la manera como hablaban de él era tan honda, que después de haber escrito todo esto siento como si siempre lo hubiera conocido, como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Y mi más profunda convicción es que él sigue vivo. El Padre no podía dejar en la muerte a quien había amado la vida de los demás incluso por encima de la vida propia.

 Y con las cosas que fui averiguando de uno y de otro, comencé a tejer este relato. No está escrito de acuerdo a un orden cronológico; no es una vida de Jesús, en la que pudieran encontrarse con los datos objetivos de lo que él hizo y dijo. He pensado que, además de imposible, un relato así no serviría para nada. No les ayudaría para seguir a Jesús en la fe. Por eso les comunico al mismo tiempo lo que recordamos de Jesús, pero visto desde lo que él significó para nosotros. Ojalá que con esta experiencia que les comunico, ustedes también lleguen a la convicción de que él vive, que ha sido confirmado por el Padre como norma viva, y que vivir como él prosiguiendo su causa es la única manera de corresponder al regalo que en él nos dio el Padre.

 Pero ya no les digo más en esta introducción, porque creo que me estoy adelantando. Hagan de cuenta que no les he dicho nada, y empecemos por el comienzo.

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