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El
sábado, la vida o la muerte (3, l-6)
Y sucedió lo que tenía
que suceder. Consecuentemente con su experiencia de Dios, Jesús quería
mostrar que lo que al Padre le importaba era la vida de los hombres, y
que el modo de agradarle era mediante el cumplimiento de las exigencias
de la justicia y del amor, y no mediante el cumplimiento de leyes o de
ritos. Por eso no dejaba pasar ocasión para mostrar que el hombre
estaba por encima de la ley.
Y
llegó él a la sinagoga un sábado. Había un hombre con la mano
paralizada de hacía muchos años. Los fariseos estaban acechándolo,
para ver si lo curaba en sábado, para poder acusarlo.
Realmente
no había ninguna urgencia. El hombre aquel podía esperar
tranquilamente hasta que se pusiera el sol y terminara el sábado. Hacer
otra cosa parecería provocación inútil.
Pero
para Jesús no había duda: el hombre estaba por encima de la Ley. Y le
dijo: ‹‹Ponte ahí en medio››. Y se enfrentó con los fariseos:
‹‹En sábado ¿qué se puede hacer?. ¿El bien o el mal?. ¿Salvar
una vida o matar?››. Ellos se quedaron callados. Porque, como judíos,
sabían que si alguien no ayudaba a un prójimo, era culpable del mal
que le pasara.
Jesús
sintió mucho coraje contra ellos y, al mismo tiempo, mucha tristeza por
la cerrazón de sus corazones. Y sabiendo lo que se estaba jugando, le
dijo al hombre: ‹‹Extiende la mano; tú puedes hacerlo››. Y la
extendió y pudo moverla otra vez como antes de estar enfermo.
Entonces
los fariseos, nada más salir, se reunieron con los herodianos, para
ponerse de acuerdo a ver cómo matar a Jesús...
Los
fariseos despreciaban a los herodianos; ellos se sentían muy puros, y
los herodianos eran idumeos que estaban al servicio de los paganos y no
se cuidaban para nada de prescripciones de pureza. Pero tenían el poder
que necesitaban los fariseos para deshacerse de Jesús. Era un capítulo
más de la historia de alianzas del poder religioso con el poder político,
para eliminar al inocente que estorbe a sus intereses.
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