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¿Por
qué come con pecadores? (2, 13-17)
Definitivamente las
cosas se ven de manera distinta si se tiene una experiencia de Dios, así
se supone conocer su voluntad sólo a través de leyes. Los fariseos jamás
se permitirían comer -es decir, compartir la vida- con pecadores que no
se preocupaban de cumplir las leyes, ni de conocerlas siquiera. Sería
como traicionar a Dios mismo. en cambio Jesús frecuentaba su compañía.
Una
vez que salió a orillas del mar, y que todo el pueblo venía a él para
oírlo, pasó junto al puesto de un cobrador de impuestos, un publicano
(así se les llamaba porque cobraban el publicum, es decir, el impuesto
que cobraba Roma). Ya sabrán cómo los veía el pueblo: eran traidores
colaboracionistas con la dominación romana; por tanto, pecadores,
porque aceptaban el dominio de los paganos sobre el pueblo que sólo
pertenecía a Dios; además, se enriquecían a costa del pueblo, porque
cobraban de más o cambiaban la moneda romana por la judía de manera
ventajosa para ellos.
Todos
se quedaron sorprendidos, comenzando por sus discípulos -apenas se
estaba formando el grupo inicial de sus seguidores- al oír que se dirigía
uno de ellos, a Leví, hijo de Alfeo, para decirle -como lo había hecho
con ellos poco tiempo atrás-: ‹‹Sígueme››. Y él se levantó y
lo siguió, con la misma incondicionalidad.
Y
para colmo, estando él a la mesa en su casa, se juntaron también otros
muchos recaudadores y pecadores en el banquete comiendo con Jesús y sus
discípulos, porque ya eran muchos los que les seguían. Los escribas
fariseos se empezaron a meter con los discípulos, porque sabían que
aquella conducta de Jesús también les sorprendía, y en plan de crítica
y de burla les decían: ‹‹¡Vean nada más qué maestro se han
conseguido!. ¡Uno que come con pecadores y con cobradores de impuestos,
con los enemigos de Dios y de Israel!››.
Jesús
los oyó y les dijo: ‹‹No necesitan médico los sanos, sino los que
están mal; yo no vine a compartir la vida con los que se creen justos,
sino con los que se reconocen como pecadores››. Quería que quedara
bien claro que la vida no se protege permaneciendo aislado entre los
sanos, sino comprometiéndose con la suerte de los enfermos, haciendo
patente a los pecadores la solidaridad de Dios.
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