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Palabras
mayores (l, 40-45)
Una vez que andaban
por el rumbo de Cafarnaum se toparon con un leproso. Ante aquel hombre,
el último de los últimos, se puso a prueba su opción por los pobres y
marginados. Los leprosos, además de su enfermedad, tenían que soportar
el rechazo de una sociedad que consideraba su enfermedad como causa de
contaminación y maldición para el pueblo, de separación de Dios; y,
peor aún, la terrible seguridad: ‹‹Dios mismo me rechaza››. Podía
decirse, sin temor a exagerar, que un leproso era un hombre muerto en
vida; un hombre sin Dios y sin pueblo.
Aquel
leproso se atrevió a acercársele y a dirigirle la palabra, expresando
en su súplica al mismo tiempo su angustia, su necesidad, su fe y su
respeto: ‹‹Si tú quisieras, podrías purificarme››. Se veía no
sólo como enfermo sino, tal como le habían enseñado a verse, como
impuro y fuente de impureza. Ser impuro significaba estar separado de
Dios, incapaz de estar en su presencia, merecedor y causa de maldición
y muerte para el pueblo y para quien tratara con él; su mera presencia
era fuente de contaminación.
Jesús
sintió que le crecía por dentro el coraje ante la injusticia que se
hacía a aquel pobre hombre a quien se dejaba solo con su dolor y a
quien se marginaba injustamente; porque lo que realmente mancha al
hombre no es lo de fuera, sino precisamente la injusticia, el desamor. Y
además, marginándolo en nombre de Dios eran injustos contra el Padre,
a quien achacaban aquel rechazo.
Jesús
midió las consecuencias. E hizo algo que le nació del fondo de las
entrañas: para mostrarle que Dios no lo rechazaba, sino que era el
Padre cercano al dolor, capaz de dar vida, se acercó al leproso, lo tocó
y le dijo: ‹‹Quiero, queda purificado››.
¡Claro que Jesús sabía que lo que estaba haciendo iba contra la
Ley! ¡Claro que sabía que lo iban a malinterpretar!. Tocar un leproso
era quedar él mismo impuro y convertirse en fuente de contaminación y
maldición para el pueblo. Pero ¿de qué otra manera podría mostrarle
que Dios no era lo que había dicho? ¿de qué otra manera convencerlo
de que el Reino había llegado y era para él precisamente?. Para un
hombre condenado a no recibir jamás ninguna caricia ese gesto corporal
de salvación era necesario. Y para Jesús el hombre siempre estará por
encima de la Ley.
Lo
que Jesús había hecho eran ya palabras mayores. Aquel hombre sobrevivía
aguardando la piadosa muerte que lo liberara de la muerte física,
social y religiosa de su enfermedad, y el Nazareno lo había rescatado
de toda esa situación de muerte. Era como resucitar a un muerto. Pero
la manera como lo hizo... ¿qué costo tendría aquella acción para Jesús?.
Sería vista por muchos como provocativa, como desprecio de las leyes de
pureza. (Porque, además, Jesús jamás realizó ningún rito de
purificación, como estaba mandado por la ley).
El
vio claro que había que poner medios para protegerse de las
consecuencias negativas que se le vendrían si se supiera lo que había
hecho. Y muy en serio, profundamente emocionado por lo que había
pasado, lo despidió advirtiéndole muy seriamente: ‹‹Cuídate mucho
de no decirle a nadie nada de esto que sucedió; pero ve a mostrarte al
sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés, como
testimonio contra ellos››.
Según
la Ley, los sacerdotes eran los que debían dar testimonio de que
alguien había sanado la lepra. Eso lo necesitaba el leproso para poder
reincorporarse a la sociedad. Pero Jesús le descubría un nuevo sentido
a ese acto: era un testimonio contra los sacerdotes, que lo habían
marginado injustamente de la sociedad y de la presencia de Dios y que,
impotentes para darle vida, sólo podían atestiguar la acción de Dios
en favor de aquel hombre. Aquella acción era una denuncia contra la
actitud excluyente e injusta de los hombres del culto.
Pero
¿cómo iba a cumplir aquel hombre con ese mandato?. ¿Cómo callar lo
que le había sucedido?. En cuanto llegó empezó a proclamarlo una y
otra vez, con lujo de detalles, y a divulgar el hecho. Y la consecuencia
fue que Jesús ya no podía entrar abiertamente en la ciudad.
Se
habían cambiado los papeles: el que había sido leproso ahora entraba a
la ciudad; Jesús, en cambio, debía quedarse en las afueras, en el
lugar de los leprosos. El que daba la vida debía quedarse en el lugar
de la muerte; el enviado de Dios era visto como incapaz de estar en su
presencia; era el impuro Jesús, identificado con la suerte de los
leprosos.
Mas
la gente sabe entender dónde está la vida y dónde no. El no podía
entrar abiertamente en las ciudades, y tenía que quedarse fuera, en
lugares desiertos, pero de todas partes venían a él. El desierto se
convertía en lugar de vida. La vida no estaba en el centro sino en los
márgenes. Donde el marginado Jesús, el que ha decidido mancharse las
manos con el dolor del hombre.
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