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La
Tentación (1, 29-39)
Era todavía sábado.
Salió con dificultades de la sinagoga. Acompañado por Santiago y Juan
se fue a casa de Simón y Andrés. Estaba enferma la suegra de Simón,
con fuerte fiebre, y le habló de ella. Jesús se le acercó y, tomándola
con fuerza de la mano, la levantó. Se acabó la fiebre. Ninguna sensación
de quebrantamiento del cuerpo. Había recobrado las fuerzas e
inmediatamente se puso a servirles algo para comer. Otra vez era la
misma mujer servicial, disponible, que siempre está pensando en los demás
más que en sí misma.
Pero
era todavía sábado... ¿No estaba Jesús exagerando las cosas?. ¿Por
qué no esperar a que terminara el sábado?. Bastaba que se pusiera el
sol, que era cuando empezaba para los judíos un nuevo día... Además
¿no era una provocación innecesaria el tocar a los enfermos?. Y el
riesgo, no de contagio, sino de quedar impuro ritualmente y, por tanto
excluido de la presencia de Dios. -La profesión de médico era tenida
por impura precisamente por esa razón-.
La
gente discutía en torno a eso. Tenían muchos enfermos. El podía
curarlos. Pero ¿en sábado?. No podían ir contra la Ley. Por eso se
esperaron a que pusiera el sol, que era cuando terminaba ya el día, y
hasta entonces le llevaron a todos los que estaban malos y a los
endemoniados.
Para
nosotros no eran claros los límites entre pecado, enfermedad y muerte.
Los veíamos relacionados como causa y consecuencia. Y por eso las
enfermedades, sobre todo aquellas cuyas causas no podíamos explicar y
cuyos efectos nos desconcertaban más, los veíamos como posesión del
demonio.
Pero
esto tenía consecuencias en la vida diaria e incluso en la organización
de la sociedad judía: si Dios era justo, debía dar bienes a los buenos
y males a los malos. Siempre fue un escándalo eso del sufrimiento de
los inocentes. Pero con frecuencia se resolvía el escándalo
identificando el mal físico con alguna maldad moral. Y, por tanto,
marginando a los que sufrían algún mal, por considerar que en ese
sufrimiento se expresaba el juicio de Dios y su rechazo. No era algo
meramente físico, sino que tenía una dimensión social y religiosa. Y
este juicio negativo marginaba a los enfermos, a los pobres, a los huérfanos,
a las viudas, a las mujeres, a los pecadores, a los ignorantes, a los
que ejercían algún oficio considerado impuro, al pueblo entero.
Esto
hacía de la nuestra una sociedad ‘clasista’, en la que había los
selectos y la chusma, los que tenían y los que no tenían, los
predilectos de Dios (los de arriba) y los excluidos de su amor y de su
Reino (los de abajo).
Jesús
pensaba como judío, pero la experiencia que había tenido del padre y
de la cercanía de su Reinado le hacía ver muchas cosas de manera
diferente. Si Dios era un Dios de vida, entonces era particularmente
cercano a aquellos cuya vida estaba amenazada, los marginados, los
pobres, los sufrientes, incluso los pecadores. No era un Dios lejano,
que mirara por sus privilegios y derechos, sino el Padre que sólo
piensa en el hijo, en su vida; lo mortal no era acercarse a Dios, como
lo decía el Centro, sino vivir lejos de Dios. Y, en último término,
el sufrimiento no era ni causado ni querido por Dios.
Jesús
era particularmente sensible ante la marginación que causaba la
enfermedad, y ante la pérdida de esperanza del pueblo, como
consecuencia de la predicación oficial de un Dios discriminador del
pobre, del enfermo, del pecador. ante esa gente agolpada a la puerta, se
había esperado a que terminara el sábado para llevarle a sus enfermos,
por miedo a violar la ley, Jesús no tenía ninguna reclamación que
hacerles. Habría querido gritarles que el hombre era más importante
que el sábado, pero aún no tenían oídos para oírle. Los hechos
hablarían por sí mismos. Por ahora lo que podían aceptar de él era
la salud. Y eso les dio. Curó muchos enfermos aquejados por diversas
enfermedades y expulsó muchos demonios. Y les prohibía que hablaran de
él. En parte por precaución: la popularidad nunca ha sido bien vista
por los de arriba, sobre todo cuando se sienten desplazados de su lugar
de privilegio, y en parte porque lo que sucedía lo rebasaba.
La
popularidad le resultaba tentadora. Y el éxito estaba a la mano. ¿Qué
tocaba?. Le pedían que se concentrara en esa pequeña región de
Cafarnaum; que lo necesitaban mucho...
Muy
de madrugada Jesús se levantó y salió de la casa de Pedro y se fue a
un lugar desierto -recuerden: desierto y tentación están muy unidas en
la historia de Israel-; allí, a solas con el Padre, enfrentó la
tentación de encerrar el Reino en el pequeño mundito de una región
que le ofrecía el triunfo fácil de la popularidad.
Pero
las presiones mayores vinieron de parte de sus amigos. Simón y los
otros ya saboreaban el éxito que se auguraba a su movimiento. Con Jesús
como jefe las cosas iban a cambiar para Israel. Incluso llegaron a soñar
su futuro como jefes del pueblo junto con él. Pero por la mañana, al
buscarlo para comentar lo que harían, no lo encontraron. Inmediatamente
salieron todos a buscarlo, así como en una persecución. No podía
haber desaparecido, y menos en ese momento en que todo estaba de su
parte.
Por
fin, siguiendo huellas, lo encontraron lejos, a solas, rezando...
‹‹Pero Jesús, ¿qué haces?. Tú acá rezando cuando todo el mundo
te busca... Es el momento de organizar a toda esta gente. Y después...››.
Pero
Jesús ya se había aclarado en diálogo con el Padre lo que tocaba
hacer. Contra toda lógica, supera la tentación de reducir el Reino al
localismo pequeño de Cafarnaum y sus necesidades. No ha venido a
resolver toda necesidad humana, sino a rehacer la esperanza del pueblo
marginado y a impulsar a los hombres a colaborar con ese Reino que ha
comenzado. Y les dice: ‹‹Vámonos a otra parte, a los pueblos
cercanos, para predicar también allí; porque no he salido de mi pueblo
para quedarme encerrado en otro pueblo igual, sino para llegar a toda
Galilea, para predicar en toda sinagoga, para expulsar todo
demonio››.
Así
comenzó una etapa en la que el torbellino de la actividad por el Reino
llevó a Jesús y a sus amigos a no tener tiempo ni siquiera para comer.
La tranquilidad de Nazaret había desaparecido, y ya para siempre. Pero
lo peor todavía no comenzaba. Las exigencias iban a ser cada vez
mayores, el enfrentamiento con el Centro, cada vez más violento, las
amenazas, cada vez más directas, la incomprensión, cada vez mayor.
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