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9,30‑33a
Jesús emprende el viaje de vuelta a través de Galilea y, en
vista de la persistente incomprensión de los discípulos,
insiste en la enseñanza que antes han rechazado, la del
destino del Hijo del hombre, que, si bien toca en primer
lugar a él mismo, afecta también a sus seguidores. Tan
importante le parece esta tarea, que no quiere que nadie se
entere de su presencia ni lo interrumpa.
Aunque el tema es el mismo que la vez anterior (8,31s),
Jesús lo expone de manera más general, sin referirse en
particular a la sociedad judía. Los enemigos del Hijo del
hombre son simplemente «hombres», denominación que, en este
contexto, designa a cuantos impiden el desarrollo humano en
los demás y en sí mismos.
Insiste Jesús en el hecho de la muerte (v. 31: «lo matarán;
pero, aunque lo maten,) para hacer resaltar la resurrección.
La predicción
choca de nuevo con el inamovible ideal triunfalista de los
discípulos, por lo que éstos siguen sin entender; temen
preguntar a Jesús, porque sospechan que su respuesta no
sería compatible con las ideas que ellos profesan y no
desean verlas puestas en cuestión; su certeza ha disminuido,
por eso temen debatirlas abiertamente con Jesús. Además, la
oposición a la primera predicción hecha patente por Pedro
había merecido un severísimo reproche de Jesús (8,32‑33) y
temen que les suceda algo semejante. Prefieren seguir en su
expectativa de triunfo terreno.
El viaje termina en Cafarnaún.

9,33b‑37
La escena se sitúa en «la casa‑hogar», figura de la
comunidad de Jesús, integrada por los dos grupos de
seguidores, los que proceden del judaísmo (discípulos/Doce)
y los que no proceden de él (2,15).
Inmediatamente Jesús pregunta a los discípulos sobre lo que
habían hablado por el camino, cuando él les anunciaba el
destino del Hijo del hombre. Ellos no contestan, bien
conscientes de la contradicción entre las preocupaciones que
ocupan su mente y la enseñanza de Jesús. De hecho, el
evangelista nos informa de que habían discutido sobre cuál
de ellos era el de más categoría en el grupo.
Jesús va a dirigirse a ellos en cuanto constituyen el Israel
mesiánico («los Doce»). Tiene que llamarlos, pues, aunque
están en la misma casa, se encuentran distantes de él en el
modo de pensar. Les propone una advertencia: ellos han
discutido sobre quién era «el más grandes, en sentido de
preeminencia y superioridad; Jesús, en cambio, habla de
..ser primeros, en sentido de cercanía a él. Para estar más
cerca de Jesús, hay que hacerse último de todos y servidor
de todos, es decir, hay que renunciar a hacerse importante
y, en cambio, prestar servicio a los demás.
A continuación plasma Jesús el dicho en una acción: coge «al
chiquillos, es decir, al sirviente doméstico, que está a su
lado y es así figura de los que lo siguen de cerca.
Pertenece a la «casa/comunidad», pero no al grupo de los
Doce: representa a los seguidores no israelitas.
Este criadito es, por su pequeña edad, último; por su
oficio, servidor de todos. Jesús lo pone en el centro, como
modelo; lo abraza, identificándose con él y mostrándole su
afecto. A continuación se dirige a los Doce para decirles
que acoger a uno de esos «chiquillos», es decir, a un
seguidor suyo que se hace último y servidor de todos, como
si fuera a él mismo, no sólo equivale a acogerlo a él, sino
también a acoger al que lo envió. El seguidor que, como
Jesús, renuncia a toda ambición de preeminencia y se pone al
servicio de los demás, lleva consigo la presencia de Jesús y
del Padre.
9,38‑40 Juan interrumpe el desarrollo del tema sacando a
colación un suceso reciente. Los Doce se han encontrado con
un individuo que expulsaba demonios apelando al nombre de
Jesús y han intentado impedir su actividad. El motivo que
dan es que ese individuo «no los seguía», como si el
seguimiento de Jesús estuviera condicionado por la adhesión
a los ideales de los Doce.
Jesús se opone a esa actitud: no deben impedir la actividad
de uno que actúa como él mismo, liberando a los hombres de
los fanatismos que impiden la convivencia. Y todo el que
ejerce una actividad en favor del ser humano debe ser
considerado no como un enemigo, sino como un aliado.
En 1a perícopa anterior y en ésta se muestra lo que
significa ser un verdadero seguidor de Jesús: lo es el que
reproduce sus rasgos, por tener una actitud interior como la
suya, que se traduce en el servicio a todos dentro de la
comunidad, y por quitar los obstáculos al desarrollo del ser
humano («expulsar demonios») como 1o está haciendo él.

9,41‑49
Jesús retoma el tema interrumpido por Juan. Se dirige a los
Doce y les expone el bien que podrían hacer a otros si
fueran verdaderos seguidores del Mesías; quien los acogiera
encontraría en ellos, como antes en el «chiquillos (9,37),
la presencia de Jesús y del Padre.
A continuación, sin embargo, los previene contra el daño que
pueden causar si persisten en su deseo de superioridad y
dominio. Más le valdría a uno morir sin sepultura, cosa
horrible para un judío, que con ese deseo de preeminencia
hacer vacilar en la adhesión a Jesús a los «pequeños» que le
dan su adhesión y renuncian, como él, a toda ambición de
superioridad. Si los Doce se dejaran llevar de esa mala
actitud, parecerían demostrar que el mensaje de Jesús, el de
la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos,
no es más que palabrería.
Este escándalo debe evitarse a toda costa, renunciando a
modos de obrar, a caminos extraviados y a deseos contrarios
al ejemplo y mensaje de Jesús, por dolorosa que sea la
renuncia. De eso depende poder ser ciudadanos del reino de
Dios o, lo que es lo mismo, entrar en «la vida>,,
expresiones que designan la comunidad cristiana. No hacerlo
así llevaría a la ruina de la propia existencia.
Es, pues, necesaria al seguidor una autodisciplina que lo
mantenga en la fidelidad al mensaje y tenga a raya el deseo
de superioridad y de dominio.

9,50
Jesús compara la fidelidad con la sal, elemento que impide
la corrupción. Excelente es la fidelidad, pero si ésta se
convierte en mera etiqueta, en formalismo externo, mientras
el interior está separado de Jesús y de su mensaje («sal
sosa»), no hay solución, pues esto significa que se ha
llegado a justificar ante uno mismo la contradicción entre
principios y praxis, y eso no tiene remedio.
Jesús exhorta, por tanto, a cada uno a ser fiel («tened sal
en vosotros mismos»); esto asegurará la paz en el interior
de la comunidad.
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