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  Mc 8,27‑9,29: Síntesis 

 

  

8,27‑30

 Jesús emprende un viaje con sus discípulos a territorio pagano. Empieza su «camino», que lo llevará a Jerusalén y a la muerte. Es fuera de Israel, lejos del influjo del judaísmo, donde espera que los discípulos comprendan su calidad mesiánica, que no han captado en los episodios de los panes. Jesús ha intentado quitar los obstáculos que les impedían la comprensión y les ha dado una nueva capacidad, como se ha descrito figuradamente en el episodio anterior, el del ciego que recupera la vista.

Como la restitución de la vista al ciego, este episodio se realiza en dos etapas: en un primer momento, Jesús pregunta a los discípulos por la opinión que «los hombres» (los que le parecían al ciego ,como árboles») tienen de su identidad. La respuesta es parecida a la que daba la gente (6,14‑15) después de la actividad de los Doce (6,12s). «Los hombres» siguen asimilando a Jesús a figuras del pasado, aunque ahora siempre en sentido positivo; pero no perciben la novedad radical que representan su persona y actividad.

En un segundo momento, Jesús pregunta a los discípulos cómo interpretan ellos mismos su persona. Pedro se hace espontáneamente el portavoz del grupo y lo reconoce como «el Mesías>,. Esta declaración, a primera vista acertada, está viciada de raíz, pues Pedro interpreta la figura del Mesías en el sentido político que le atribuía el pueblo; Jesús es para Pedro y para el grupo de discípulos el reformador de las instituciones y el restaurador de la gloria de la nación judía. Es la concepción que deseaban imponer a Jesús los fariseos en Dalmanuta (8,10‑11).

Por eso Jesús prohíbe terminantemente a los discípulos difundir esa idea, que podría tergiversar definitivamente el sentido de su mesianismo. Se dirige a ellos con la misma severidad con que lo había hecho antes a los «espíritus inmundos», es decir, a los poseídos por ideologías contrarias a Dios, mostrando así que la declaración de Pedro es totalmente inaceptable.

Se pone de manifiesto en esta perícopa cómo la ideología deforma la evidencia. El apego acrítico y fanático a un falso ideal proyecta sobre cualquier dato la propia manera de pensar y lo cambia de sentido.

 

8,31‑33

  En vista de la desorientada declaración mesiánica de Pedro, Jesús quiere aclarar al grupo de discípulos el sentido de su mesianismo. Por eso, por primera vez, les enseña a ellos directamente y a solas. La enseñanza implica que lo que se trasmite al discípulo éste ha de aplicarlo a su propia vida.

En lugar del término «Mesías», usado por Pedro, Jesús emplea la denominación «el Hijo del hombree, identificando así al Mesías con el Hombre pleno. De hecho, el verdadero Mesías no es un gobernante ni un guerrero triunfador, sino aquel que posee en sí mismo la plenitud humana, que se eleva hasta la condición de Hombre‑Dios. No será un soberano que imponga su voluntad limitando la libertad de sus súbditos, sino el modelo que abra a cada hombre la perspectiva de su pleno desarrollo y el salvador que lo capacite para alcanzar la plenitud.

La actividad del Mesías‑Hijo del hombre, portador del Espíritu de Dios, en favor de los hombres resulta intolerable para los poderes de llegará incluso a infligirle la muerte. Pero el Hijo del hombre no cede ante la injusticia, no renuncia a la propia dignidad ni teme las consecuencias de su amor a los hombres. La muerte, además, no significa un fracaso, sino el paso a una vida sin límite.

El itinerario que Jesús describe para el Hijo del hombre se aplica primeramente a su persona, pero es también el que, de un modo u otro, han de recorrer sus seguidores, que de él han recibido el Espíritu.

La reacción de Pedro a la enseñanza de Jesús es extrema: pretende llevarse aparte a Jesús para conminarle a solas. Jesús había conminado a los discípulos ‑al modo como lo hacía con los espíritus inmundos a que no difundiesen la idea de Mesías expresada por Pedro. Pedro, en revancha, conmina a Jesús como si éste fuera el que se opone a Dios. Pero Jesús no se deja aislar: de cara al grupo de discípulos, que comparten la idea de Pedro, conmina a éste llamándolo explícitamente “satanás”, le recuerda cuál es su sitio como discípulo y califica su postura como .idea de los hombres», contraria a la «idea de Dios».

Aparece en este episodio con qué facilidad el fanático de una falsa idea o tradición la atribuye a Dios mismo o quiere apoyarla en la autoridad divina, enfrentándose con ello incluso a Jesús, el Hijo de Dios. No hay una palabra de rectificación de Pedro en respuesta a la invectiva de Jesús.

 

8,34‑9,1

  En vista de la actitud de los discípulos, representados por Pedro, que rechazan de plano la perspectiva de conflicto y muerte del Hijo del hombre, Jesús quiere poner en claro en qué consiste «seguirlo», es decir, las opciones que tiene que hacer todo el que quiera ser seguidor suyo. Por eso convoca ahora a los dos grupos de seguidores, tanto a los discípulos, que proceden del judaísmo, como a «a la multitud», los numerosos seguidores ajenos a esta ideología.

Aunque la idea de Jesús es la de Dios, no va a invocar la autoridad divina ni a usar el nombre de Dios para imponer su parecer. Va a apelar a la razón y a la sensibilidad humanas, para mostrar la lógica de sus exigencias, que en realidad no son suyas, sino del hombre mismo, supuesto el anhelo, inherente al ser humano, de justicia y solidaridad con todos sus semejantes.

Dos son las condiciones para seguir a Jesús (v. 34). La primera, renunciar en la práctica a las ambiciones egoístas, en particular las de dinero, prestigio y poder, que causan la injusticia social y son la expresión del anti‑amor. La segunda, ser coherente con la conducta adoptada, sin temor a las represalias de la sociedad, que pueden llegar hasta la persecución e incluso la muerte.

La primera condición centra al hombre en su ser, su verdadera riqueza, no en el tener; le abre así el camino de su desarrollo humano y la posibilidad de ayudar eficazmente a eliminar la injusticia. La segunda condición le da la verdadera libertad y garantiza su dignidad personal.

Apoya Jesús la primera condición con dos argumentos. En primer lugar distingue dos clases de salvación (v. 35): una, la del que considera que la vida física es el valor supremo y que la salvación consiste en preservarla a toda costa; la otra, la del que sabe que hay valores que trascienden el de la vida física y está dispuesto a entregarla en aras de ellos. Estos valores son dos: la propia plenitud humana Gpor causa mía>,) y el deseo de ayudar a la humanidad a conseguirla («por la buena noticia»). Jesús asegura que hay una salvación definitiva más allá de la muerte, como había afirmado que el Hijo del hombre había de resucitar a los tres días de morir.

Quien pone su salvación en esta vida está necesariamente condenado al fracaso, pues no podrá prolongar indefinidamente su existencia; antes o después, la muerte acabará con ella. Además, será siempre esclavo, pues vivirá en el temor de perder la vida y tendrá que arrodillarse, perdiendo su dignidad, ante el que tenga poder para amenazarla. En cambio, quien sabe que hay valores superiores al de la vida física y está dispuesto a darla por ellos, es libre, mantiene su dignidad de persona y está seguro de encontrar una salvación definitiva, es decir, la vida después de la muerte.

El otro argumento (v. 36) saca la consecuencia del primero: Jesús incita a sus discípulos a reflexionar. Todo hombre sensato reconocerá que es preferible apostar por una existencia libre y digna, y vivir después para siempre, que no vivir en el temor, sin dignidad y amenazado por un fin inevitable; aunque satisfaga todas sus ambiciones («ganar el mundo entero») y parezca tener un éxito total, el hombre acabaría malográndose a sí mismo como ser humano y malogrando su vida, en la que al final se encontraría vacío. Entonces, toda su riqueza y su poder serán incapaces de devolverle la vida y comenzar de nuevo (v. 37).

Pasa Jesús a apoyar la segunda condición (v. 38), considerando el caso del que cede a la presión de la sociedad y no se atreve a ser coherente con sus convicciones, sino que las oculta por temor a ser menospreciado por sus contemporáneos, gente cuya utopía de gloria nacional usurpa el lugar del verdadero Dios (.generación idólatra»): si éste es amor a la humanidad, ellos están en el anti‑amor; por eso son prácticamente ateos («descreída»). Sin embargo, el juicio de la sociedad es efímero, como ella misma, y el seguidor tiene que pensar en que, cuando llegue el triunfo de lo humano sobre lo inhumano, va a aparecer como un colaboracionista con una sociedad injusta y despreciable, como uno que ha malogrado en sí la posibilidad que le abría la adhesión a Jesús.

Termina Jesús su instrucción con un dicho solemne (9,1) en el que anuncia el fin próximo de la nación judía y, por consiguiente, de la utopía nacionalista. Este acontecimiento, que liberará de sus trabas a la comunidad cristiana, permitiéndole dedicarse plenamente a la misión entre los paganos, dará lugar a una potente infusión de vida en la humanidad («el reinado de Dios,) constatable por el observador («no morirán sin haber visto»).

Las consecuencias para la Iglesia o comunidad cristiana son inmediatas; deberá despojarse de todo lo que en ella pueda contribuir a la injusticia y le impida trabajar por la justicia y la plenitud humana; por otra parte, no debe buscar el aplauso de la sociedad injusta, sino estar dispuesta a sufrir la hostilidad de ésta.

 

9,2‑13

  Los discípulos, principales destinatarios de la instrucción de Jesús, no han reaccionado positivamente a ella, lo que significa que mantienen la oposición manifestada por Pedro a la predicción hecha por Jesús de su muerte y resurrección.

En vista de ello, quiere Jesús convencer a los tres discípulos más influyentes del grupo, Pedro, Santiago y Juan (los únicos que pronuncian palabra en este evangelio) de que dar la vida para dar vida a la humanidad no es un fracaso para el hombre, sino el triunfo definitivo de su existencia.

Se los lleva aparte, a ellos solos. Quiere que experimenten lo que significa el estado final del hombre, al que ha llamado «la resurrección... Mc describe la experiencia con una serie de símbolos que sería vano intentar traducir a lenguaje conceptual.

La experiencia tiene tres fases: En primer lugar, Jesús se transfigura ante los tres discípulos, mostrándoles la condición divina del Resucitado. A continuación, se les aparecen Moisés y Elías, los representantes de la Ley y los Profetas del AT; ambos conversan con Jesús, es decir, según el uso de la expresión en Éx 34,34‑35, reciben instrucciones de él; de este modo señala Mc la subordinación del AT a la figura del Hijo del hombre, el Hombre‑Dios. El AT estaba orientado hacia él y queda juzgado por él.

Combate así Mc el apego de los discípulos a los ideales del judaísmo, inspirados en ciertos pasajes del AT: hay una autoridad superior, la de Jesús. Por eso no han de interpretarse la figura y el papel histórico de Jesús basándose en las antiguas Escrituras, sino al contrario, éstas ha de ser leídas a la luz de Jesús: lo que en ellas contradiga a su actividad y a su mensaje tiene que ser descartado.

En este momento Pedro interrumpe la manifestación. Como sus dos compañeros, está aterrado, temiendo que la potencia divina que se manifiesta en Jesús pueda descargar sobre ellos, que se han opuesto a él tras la predicción de su muerte. Para congraciarse a Jesús y evitar el posible castigo, Pedro propone hacer tres tiendas, poniendo al mismo nivel a Jesús, Moisés y Elías, como si los tres personajes tuvieran la misma vigencia. Por la alusión a la fiesta de las Tiendas o Chozas, de marcado carácter mesiánico, y el terror que sienten Pedro y sus compañeros, muestra Mc la mentalidad de los discípulos: no perciben que la gloria y la potencia de Jesús revelan un estado final glorioso, creen, por el contrario, que son los atributos que acompañarán su actuación en la historia de Israel: para ellos, la escena presenta al Mesías triunfante que, con el apoyo y los métodos de Elías y Moisés, va a instaurar el reino mesiánico, eliminando a los que se le opongan.

Nadie responde a la propuesta de Pedro, y tiene lugar la tercera y última fase de la manifestación: una nube, símbolo de la presencia divina, cubre a Jesús y a los dos personajes del AT, y una voz sale de la nube. La voz afirma que Jesús es el Hijo de Dios, el amado, con alusión a Isaac, que estuvo dispuesto para el sacrificio, y, aludiendo al texto de Dt 15,18, donde se predecía la llegada de un profeta como Moisés, dice a los discípulos que escuchen a Jesús. Si había que hacer caso a un profeta, cuánto más al Hijo de Dios. Ya no hay que escuchar a Moisés y Elías, solamente a Jesús. Es la ratificación divina de la enseñanza de éste sobre su rechazo, muerte y resurrección y sobre las condiciones del seguimiento.

Todo vuelve a la normalidad. Termina la manifestación y Jesús se presenta como de ordinario.

Durante la bajada del monte prohíbe a los tres discípulos notificar lo que han presenciado antes de su resurrección de entre los muertos. Han interpretado tan mal la escena, que desorientarían a los demás. De hecho, en lugar de llevarlos a rectificar, como Jesús pretendía, se han confirmado en su mesianismo triunfalista e incluso nacionalista, por la presencia de Moisés y Elías. Sus ideas preconcebidas les han impedido captar la realidad de lo que han visto. Esperan el triunfo del Mesías, por eso se preguntan qué podrá significar «ese resucitar de entre los muertos... No entienden nada, no han captado el sentido de la visión.

Se confirma el malentendido de los discípulos por 1a pregunta siguiente a Jesús sobre la doctrina de los letrados, quienes, apoyándose en la Escritura, afirman la necesidad de la vuelta de Elías para poner orden en Israel, preparando así la llegada del Mesías. Los discípulos, que interpretan mal la manifestación anterior, creen que ya no hace falta la acción de Elías, pues el Mesías que se ha manifestado tiene fuerza por sí mismo para salvar a Israel.

Jesús se apoya en la Escritura para mostrarles lo erróneo de la concepción de los letrados: No habrá triunfo del Hijo del hombre, sino rechazo; y, por otra parte, el papel precursor de Elías ha sido realizado por Juan Bautista, a quien los poderosos, como en otro tiempo a Elías, han tratado a su antojo, llegando esta vez a darle muerte.

Nuevo fracaso de Jesús con los discípulos; el espíritu nacionalista de éstos está tan arraigado que los esfuerzos de Jesús por hacerlos cambiar de mentalidad son vanos. Para el lector, sin embargo, el episodio está cargado de esperanza: aunque de forma simbólica, se le da a conocer la condición divina oculta en la expresión «resucitar de entre los muertos», que señala el destino final de Jesús y de todo seguidor suyo. La perícopa define, al mismo tiempo, cuál es la relación del AT con Jesús y sus seguidores.

 

9,14‑27

  Nuevo episodio, que va a poner de relieve las consecuencias de la falta de adhesión de los discípulos al programa de Jesús.

Aparecen dos grupos que discuten con los discípulos: una multitud y los letrados, éstos como personificación de la doctrina mencionada por Pedro, Santiago y Juan durante la bajada del monte. Es una doctrina que lleva a la inactividad: hay que esperar a que vuelva el profeta Elías y prepare la llegada del Mesías, quien dará solución a los males que sufre el pueblo. Nada pueden hacer los hombres para acelerar el momento desconocido.

La multitud discute con los discípulos pidiéndoles que remedien su desesperada situación, pero la doctrina de los letrados impide a los discípulos pasar a la acción; es más, no tienen solución que proponer, por no haber aceptado el mensaje de Jesús.

Llega Jesús, que ha visto la escena. La multitud queda desconcertada al darse cuenta de que puede haber discrepancia entre la actitud de los discípulos y la de Jesús, y de que siempre queda el recurso a éste, aunque fallen los que se llaman sus seguidores. Se alegra enormemente de este descubrimiento, pues alimenta su esperanza, ahora que parecía perdida por la falta de respuesta de los discípulos. Los letrados no muestran reacción alguna ante la llegada de Jesús, lo que confirma que no son personajes reales, sino únicamente la personificación de la doctrina que enseñan.

La multitud aparece representada por dos personajes: el padre, que es figura de ella en cuanto espera salvación, y el hijo, que la representa en cuanto ha llegado a tal grado de desesperanza que no pide auxilio a nadie, porque no espera nada de Dios ni de los hombres; esto significa el espíritu «mudo», el que no se expresa, por haber perdido completamente la confianza en que alguien pueda ayudarle. Llega a tal desesperación que lo único que desea es acabar con una vida que le resulta insoportable.

Jesús muestra su exasperación por la falta de fe de sus contemporáneos, sean discípulos, letrados o multitud. Son la generación del Mesías y, siendo éste la presencia del amor infinito de Dios entre los hombres, éstos no recurren a ese amor ni confían en él.

La multitud desesperada (el hijo) no se fía tampoco de Jesús y se resiste a ser acercada a él; teme ser de nuevo engañada. Lo peor es que esta situación del pueblo es cosa antigua en la historia de Israel; ya desde los principios ha sido víctima de la explotación e ignorado por los dirigentes.

El padre, que representa la esperanza de la multitud, pide auxilio a Jesús, pero albergando dudas. Jesús se lo reprocha y afirma que para el que tiene fe todo es posible. El padre le pide entonces que complete su fe‑confianza.

Reaparece en escena la multitud de seguidores no israelitas, que se apresuran a acercarse a Jesús. Éste, que no quiere involucrar a estos seguidores en problemas que atañen solamente al pueblo judío, expulsa enseguida al espíritu, al que llama «sordo y muelo». El estado en que queda este chiquillo/pueblo es como de muerte, pero Jesús lo coge de la mano y él se pone en pie. Es como la resurrección de un muerto en vida.

No hay reacción por parte de nadie, ni siquiera del padre. Tampoco Jesús da instrucciones sobre lo que ha de hacerse con el «chiquillos, ni éste empieza a hablar. Como en otras ocasiones, se trata de una escena ideal con la que el evangelista muestra dos cosas: que en Jesús se encuentra la solución incluso para las situaciones más extremas, y que fuera del mensaje de Jesús no hay vía de salida para el pueblo.

 

9,28‑29

  En la casa, figura del nuevo Israel, el grupo de discípulos muestra su incomprensión al preguntar a Jesús la razón de su fracaso

con el espíritu mudo. Jesús les responde que esa clase de espíritus no puede ser expulsado sin una fe‑adhesión plena a su persona y que, si ésta falta, como es el caso de los discípulos, tienen que pedirle ayuda a él para obtenerla, como había hecho el padre del poseído. Los discípulos no reaccionan ni le piden ayuda. No ven la necesidad de una adhesión mayor que la que tienen