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8,27‑30
Jesús emprende un viaje con sus discípulos a territorio
pagano. Empieza su «camino», que lo llevará a Jerusalén y a
la muerte. Es fuera de Israel, lejos del influjo del
judaísmo, donde espera que los discípulos comprendan su
calidad mesiánica, que no han captado en los episodios de
los panes. Jesús ha intentado quitar los obstáculos que les
impedían la comprensión y les ha dado una nueva capacidad,
como se ha descrito figuradamente en el episodio anterior,
el del ciego que recupera la vista.
Como la restitución de la vista al ciego, este episodio se
realiza en dos etapas: en un primer momento, Jesús pregunta
a los discípulos por la opinión que «los hombres» (los que
le parecían al ciego ,como árboles») tienen de su identidad.
La respuesta es parecida a la que daba la gente (6,14‑15)
después de la actividad de los Doce (6,12s). «Los hombres»
siguen asimilando a Jesús a figuras del pasado, aunque ahora
siempre en sentido positivo; pero no perciben la novedad
radical que representan su persona y actividad.
En un segundo momento, Jesús pregunta a los discípulos cómo
interpretan ellos mismos su persona. Pedro se hace
espontáneamente el portavoz del grupo y lo reconoce como «el
Mesías>,. Esta declaración, a primera vista acertada, está
viciada de raíz, pues Pedro interpreta la figura del Mesías
en el sentido político que le atribuía el pueblo; Jesús es
para Pedro y para el grupo de discípulos el reformador de
las instituciones y el restaurador de la gloria de la nación
judía. Es la concepción que deseaban imponer a Jesús los
fariseos en Dalmanuta (8,10‑11).
Por eso Jesús prohíbe terminantemente a los discípulos
difundir esa idea, que podría tergiversar definitivamente el
sentido de su mesianismo. Se dirige a ellos con la misma
severidad con que lo había hecho antes a los «espíritus
inmundos», es decir, a los poseídos por ideologías
contrarias a Dios, mostrando así que la declaración de Pedro
es totalmente inaceptable.
Se pone de manifiesto en esta perícopa cómo la ideología
deforma la evidencia. El apego acrítico y fanático a un
falso ideal proyecta sobre cualquier dato la propia manera
de pensar y lo cambia de sentido.

8,31‑33
En vista de la desorientada declaración mesiánica de
Pedro, Jesús quiere aclarar al grupo de discípulos el
sentido de su mesianismo. Por eso, por primera vez, les
enseña a ellos directamente y a solas. La enseñanza implica
que lo que se trasmite al discípulo éste ha de aplicarlo a
su propia vida.
En lugar del término «Mesías», usado por Pedro, Jesús emplea
la denominación «el Hijo del hombree, identificando así al
Mesías con el Hombre pleno. De hecho, el verdadero Mesías no
es un gobernante ni un guerrero triunfador, sino aquel que
posee en sí mismo la plenitud humana, que se eleva hasta la
condición de Hombre‑Dios. No será un soberano que imponga su
voluntad limitando la libertad de sus súbditos, sino el
modelo que abra a cada hombre la perspectiva de su pleno
desarrollo y el salvador que lo capacite para alcanzar la
plenitud.
La actividad del Mesías‑Hijo del hombre, portador del
Espíritu de Dios, en favor de los hombres resulta
intolerable para los poderes de llegará incluso a infligirle
la muerte. Pero el Hijo del hombre no cede ante la
injusticia, no renuncia a la propia dignidad ni teme las
consecuencias de su amor a los hombres. La muerte, además,
no significa un fracaso, sino el paso a una vida sin límite.
El itinerario que Jesús describe para el Hijo del hombre se
aplica primeramente a su persona, pero es también el que, de
un modo u otro, han de recorrer sus seguidores, que de él
han recibido el Espíritu.
La reacción de Pedro a la enseñanza de Jesús es extrema:
pretende llevarse aparte a Jesús para conminarle a solas.
Jesús había conminado a los discípulos ‑al modo como lo
hacía con los espíritus inmundos a que no difundiesen la
idea de Mesías expresada por Pedro. Pedro, en revancha,
conmina a Jesús como si éste fuera el que se opone a Dios.
Pero Jesús no se deja aislar: de cara al grupo de
discípulos, que comparten la idea de Pedro, conmina a éste
llamándolo explícitamente “satanás”, le recuerda cuál es su
sitio como discípulo y califica su postura como .idea de los
hombres», contraria a la «idea de Dios».
Aparece en este episodio con qué facilidad el fanático de
una falsa idea o tradición la atribuye a Dios mismo o quiere
apoyarla en la autoridad divina, enfrentándose con ello
incluso a Jesús, el Hijo de Dios. No hay una palabra de
rectificación de Pedro en respuesta a la invectiva de Jesús.

8,34‑9,1
En vista de la actitud de los discípulos, representados
por Pedro, que rechazan de plano la perspectiva de conflicto
y muerte del Hijo del hombre, Jesús quiere poner en claro en
qué consiste «seguirlo», es decir, las opciones que tiene
que hacer todo el que quiera ser seguidor suyo. Por eso
convoca ahora a los dos grupos de seguidores, tanto a los
discípulos, que proceden del judaísmo, como a «a la
multitud», los numerosos seguidores ajenos a esta ideología.
Aunque la idea de Jesús es la de Dios, no va a invocar la
autoridad divina ni a usar el nombre de Dios para imponer su
parecer. Va a apelar a la razón y a la sensibilidad humanas,
para mostrar la lógica de sus exigencias, que en realidad no
son suyas, sino del hombre mismo, supuesto el anhelo,
inherente al ser humano, de justicia y solidaridad con todos
sus semejantes.
Dos son las condiciones para seguir a Jesús (v. 34). La
primera, renunciar en la práctica a las ambiciones egoístas,
en particular las de dinero, prestigio y poder, que causan
la injusticia social y son la expresión del anti‑amor. La
segunda, ser coherente con la conducta adoptada, sin temor a
las represalias de la sociedad, que pueden llegar hasta la
persecución e incluso la muerte.
La primera condición centra al hombre en su ser, su
verdadera riqueza, no en el tener; le abre así el camino de
su desarrollo humano y la posibilidad de ayudar eficazmente
a eliminar la injusticia. La segunda condición le da la
verdadera libertad y garantiza su dignidad personal.
Apoya Jesús la primera condición con dos argumentos. En
primer lugar distingue dos clases de salvación (v. 35): una,
la del que considera que la vida física es el valor supremo
y que la salvación consiste en preservarla a toda costa; la
otra, la del que sabe que hay valores que trascienden el de
la vida física y está dispuesto a entregarla en aras de
ellos. Estos valores son dos: la propia plenitud humana Gpor
causa mía>,) y el deseo de ayudar a la humanidad a
conseguirla («por la buena noticia»). Jesús asegura que hay
una salvación definitiva más allá de la muerte, como había
afirmado que el Hijo del hombre había de resucitar a los
tres días de morir.
Quien pone su salvación en esta vida está necesariamente
condenado al fracaso, pues no podrá prolongar
indefinidamente su existencia; antes o después, la muerte
acabará con ella. Además, será siempre esclavo, pues vivirá
en el temor de perder la vida y tendrá que arrodillarse,
perdiendo su dignidad, ante el que tenga poder para
amenazarla. En cambio, quien sabe que hay valores superiores
al de la vida física y está dispuesto a darla por ellos, es
libre, mantiene su dignidad de persona y está seguro de
encontrar una salvación definitiva, es decir, la vida
después de la muerte.
El otro argumento (v. 36) saca la consecuencia del primero:
Jesús incita a sus discípulos a reflexionar. Todo hombre
sensato reconocerá que es preferible apostar por una
existencia libre y digna, y vivir después para siempre, que
no vivir en el temor, sin dignidad y amenazado por un fin
inevitable; aunque satisfaga todas sus ambiciones («ganar el
mundo entero») y parezca tener un éxito total, el hombre
acabaría malográndose a sí mismo como ser humano y
malogrando su vida, en la que al final se encontraría vacío.
Entonces, toda su riqueza y su poder serán incapaces de
devolverle la vida y comenzar de nuevo (v. 37).
Pasa Jesús a apoyar la segunda condición (v. 38),
considerando el caso del que cede a la presión de la
sociedad y no se atreve a ser coherente con sus
convicciones, sino que las oculta por temor a ser
menospreciado por sus contemporáneos, gente cuya utopía de
gloria nacional usurpa el lugar del verdadero Dios
(.generación idólatra»): si éste es amor a la humanidad,
ellos están en el anti‑amor; por eso son prácticamente ateos
(«descreída»). Sin embargo, el juicio de la sociedad es
efímero, como ella misma, y el seguidor tiene que pensar en
que, cuando llegue el triunfo de lo humano sobre lo
inhumano, va a aparecer como un colaboracionista con una
sociedad injusta y despreciable, como uno que ha malogrado
en sí la posibilidad que le abría la adhesión a Jesús.
Termina Jesús su instrucción con un dicho solemne (9,1) en
el que anuncia el fin próximo de la nación judía y, por
consiguiente, de la utopía nacionalista. Este
acontecimiento, que liberará de sus trabas a la comunidad
cristiana, permitiéndole dedicarse plenamente a la misión
entre los paganos, dará lugar a una potente infusión de vida
en la humanidad («el reinado de Dios,) constatable por el
observador («no morirán sin haber visto»).
Las consecuencias para la Iglesia o comunidad cristiana son
inmediatas; deberá despojarse de todo lo que en ella pueda
contribuir a la injusticia y le impida trabajar por la
justicia y la plenitud humana; por otra parte, no debe
buscar el aplauso de la sociedad injusta, sino estar
dispuesta a sufrir la hostilidad de ésta.

9,2‑13
Los discípulos, principales destinatarios de la
instrucción de Jesús, no han reaccionado positivamente a
ella, lo que significa que mantienen la oposición
manifestada por Pedro a la predicción hecha por Jesús de su
muerte y resurrección.
En vista de ello, quiere Jesús convencer a los tres
discípulos más influyentes del grupo, Pedro, Santiago y Juan
(los únicos que pronuncian palabra en este evangelio) de que
dar la vida para dar vida a la humanidad no es un fracaso
para el hombre, sino el triunfo definitivo de su existencia.
Se los lleva aparte, a ellos solos. Quiere que experimenten
lo que significa el estado final del hombre, al que ha
llamado «la resurrección... Mc describe la experiencia con
una serie de símbolos que sería vano intentar traducir a
lenguaje conceptual.
La experiencia tiene tres fases: En primer lugar, Jesús se
transfigura ante los tres discípulos, mostrándoles la
condición divina del Resucitado. A continuación, se les
aparecen Moisés y Elías, los representantes de la Ley y los
Profetas del AT; ambos conversan con Jesús, es decir, según
el uso de la expresión en Éx 34,34‑35, reciben instrucciones
de él; de este modo señala Mc la subordinación del AT a la
figura del Hijo del hombre, el Hombre‑Dios. El AT estaba
orientado hacia él y queda juzgado por él.
Combate así Mc el apego de los discípulos a los ideales del
judaísmo, inspirados en ciertos pasajes del AT: hay una
autoridad superior, la de Jesús. Por eso no han de
interpretarse la figura y el papel histórico de Jesús
basándose en las antiguas Escrituras, sino al contrario,
éstas ha de ser leídas a la luz de Jesús: lo que en ellas
contradiga a su actividad y a su mensaje tiene que ser
descartado.
En este momento Pedro interrumpe la manifestación. Como sus
dos compañeros, está aterrado, temiendo que la potencia
divina que se manifiesta en Jesús pueda descargar sobre
ellos, que se han opuesto a él tras la predicción de su
muerte. Para congraciarse a Jesús y evitar el posible
castigo, Pedro propone hacer tres tiendas, poniendo al mismo
nivel a Jesús, Moisés y Elías, como si los tres personajes
tuvieran la misma vigencia. Por la alusión a la fiesta de
las Tiendas o Chozas, de marcado carácter mesiánico, y el
terror que sienten Pedro y sus compañeros, muestra Mc la
mentalidad de los discípulos: no perciben que la gloria y la
potencia de Jesús revelan un estado final glorioso, creen,
por el contrario, que son los atributos que acompañarán su
actuación en la historia de Israel: para ellos, la escena
presenta al Mesías triunfante que, con el apoyo y los
métodos de Elías y Moisés, va a instaurar el reino
mesiánico, eliminando a los que se le opongan.
Nadie responde a la propuesta de Pedro, y tiene lugar la
tercera y última fase de la manifestación: una nube, símbolo
de la presencia divina, cubre a Jesús y a los dos personajes
del AT, y una voz sale de la nube. La voz afirma que Jesús
es el Hijo de Dios, el amado, con alusión a Isaac, que
estuvo dispuesto para el sacrificio, y, aludiendo al texto
de Dt 15,18, donde se predecía la llegada de un profeta como
Moisés, dice a los discípulos que escuchen a Jesús. Si había
que hacer caso a un profeta, cuánto más al Hijo de Dios. Ya
no hay que escuchar a Moisés y Elías, solamente a Jesús. Es
la ratificación divina de la enseñanza de éste sobre su
rechazo, muerte y resurrección y sobre las condiciones del
seguimiento.
Todo vuelve a la normalidad. Termina la manifestación y
Jesús se presenta como de ordinario.
Durante la bajada del monte prohíbe a los tres discípulos
notificar lo que han presenciado antes de su resurrección de
entre los muertos. Han interpretado tan mal la escena, que
desorientarían a los demás. De hecho, en lugar de llevarlos
a rectificar, como Jesús pretendía, se han confirmado en su
mesianismo triunfalista e incluso nacionalista, por la
presencia de Moisés y Elías. Sus ideas preconcebidas les han
impedido captar la realidad de lo que han visto. Esperan el
triunfo del Mesías, por eso se preguntan qué podrá
significar «ese resucitar de entre los muertos... No
entienden nada, no han captado el sentido de la visión.
Se confirma el malentendido de los discípulos por 1a
pregunta siguiente a Jesús sobre la doctrina de los
letrados, quienes, apoyándose en la Escritura, afirman la
necesidad de la vuelta de Elías para poner orden en Israel,
preparando así la llegada del Mesías. Los discípulos, que
interpretan mal la manifestación anterior, creen que ya no
hace falta la acción de Elías, pues el Mesías que se ha
manifestado tiene fuerza por sí mismo para salvar a Israel.
Jesús se apoya en la Escritura para mostrarles lo erróneo de
la concepción de los letrados: No habrá triunfo del Hijo del
hombre, sino rechazo; y, por otra parte, el papel precursor
de Elías ha sido realizado por Juan Bautista, a quien los
poderosos, como en otro tiempo a Elías, han tratado a su
antojo, llegando esta vez a darle muerte.
Nuevo fracaso de Jesús con los discípulos; el espíritu
nacionalista de éstos está tan arraigado que los esfuerzos
de Jesús por hacerlos cambiar de mentalidad son vanos. Para
el lector, sin embargo, el episodio está cargado de
esperanza: aunque de forma simbólica, se le da a conocer la
condición divina oculta en la expresión «resucitar de entre
los muertos», que señala el destino final de Jesús y de todo
seguidor suyo. La perícopa define, al mismo tiempo, cuál es
la relación del AT con Jesús y sus seguidores.

9,14‑27
Nuevo episodio, que va a poner de relieve las
consecuencias de la falta de adhesión de los discípulos al
programa de Jesús.
Aparecen dos grupos que discuten con los discípulos: una
multitud y los letrados, éstos como personificación de la
doctrina mencionada por Pedro, Santiago y Juan durante la
bajada del monte. Es una doctrina que lleva a la
inactividad: hay que esperar a que vuelva el profeta Elías y
prepare la llegada del Mesías, quien dará solución a los
males que sufre el pueblo. Nada pueden hacer los hombres
para acelerar el momento desconocido.
La multitud discute con los discípulos pidiéndoles que
remedien su desesperada situación, pero la doctrina de los
letrados impide a los discípulos pasar a la acción; es más,
no tienen solución que proponer, por no haber aceptado el
mensaje de Jesús.
Llega Jesús, que ha visto la escena. La multitud queda
desconcertada al darse cuenta de que puede haber
discrepancia entre la actitud de los discípulos y la de
Jesús, y de que siempre queda el recurso a éste, aunque
fallen los que se llaman sus seguidores. Se alegra
enormemente de este descubrimiento, pues alimenta su
esperanza, ahora que parecía perdida por la falta de
respuesta de los discípulos. Los letrados no muestran
reacción alguna ante la llegada de Jesús, lo que confirma
que no son personajes reales, sino únicamente la
personificación de la doctrina que enseñan.
La multitud aparece representada por dos personajes: el
padre, que es figura de ella en cuanto espera salvación, y
el hijo, que la representa en cuanto ha llegado a tal grado
de desesperanza que no pide auxilio a nadie, porque no
espera nada de Dios ni de los hombres; esto significa el
espíritu «mudo», el que no se expresa, por haber perdido
completamente la confianza en que alguien pueda ayudarle.
Llega a tal desesperación que lo único que desea es acabar
con una vida que le resulta insoportable.
Jesús muestra su exasperación por la falta de fe de sus
contemporáneos, sean discípulos, letrados o multitud. Son la
generación del Mesías y, siendo éste la presencia del amor
infinito de Dios entre los hombres, éstos no recurren a ese
amor ni confían en él.
La multitud desesperada (el hijo) no se fía tampoco de Jesús
y se resiste a ser acercada a él; teme ser de nuevo
engañada. Lo peor es que esta situación del pueblo es cosa
antigua en la historia de Israel; ya desde los principios ha
sido víctima de la explotación e ignorado por los
dirigentes.
El padre, que representa la esperanza de la multitud, pide
auxilio a Jesús, pero albergando dudas. Jesús se lo reprocha
y afirma que para el que tiene fe todo es posible. El padre
le pide entonces que complete su fe‑confianza.
Reaparece en escena la multitud de seguidores no israelitas,
que se apresuran a acercarse a Jesús. Éste, que no quiere
involucrar a estos seguidores en problemas que atañen
solamente al pueblo judío, expulsa enseguida al espíritu, al
que llama «sordo y muelo». El estado en que queda este
chiquillo/pueblo es como de muerte, pero Jesús lo coge de la
mano y él se pone en pie. Es como la resurrección de un
muerto en vida.
No hay reacción por parte de nadie, ni siquiera del padre.
Tampoco Jesús da instrucciones sobre lo que ha de hacerse
con el «chiquillos, ni éste empieza a hablar. Como en otras
ocasiones, se trata de una escena ideal con la que el
evangelista muestra dos cosas: que en Jesús se encuentra la
solución incluso para las situaciones más extremas, y que
fuera del mensaje de Jesús no hay vía de salida para el
pueblo.

9,28‑29
En la casa, figura del nuevo Israel, el grupo de
discípulos muestra su incomprensión al preguntar a Jesús la
razón de su fracaso
con el espíritu mudo. Jesús les responde que esa clase de
espíritus no puede ser expulsado sin una fe‑adhesión plena a
su persona y que, si ésta falta, como es el caso de los
discípulos, tienen que pedirle ayuda a él para obtenerla,
como había hecho el padre del poseído. Los discípulos no
reaccionan ni le piden ayuda. No ven la necesidad de una
adhesión mayor que la que tienen
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