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7,1‑13
Los judíos observantes del lugar (fariseos) y algunos
doctores de la Ley (letrados) procedentes de Jerusalén no
cesan de vigilar la conducta de jesús. Ya antes, otros
letrados llegados también de la capital lo habían acusado de
ser un agente de Belcebú <3,23). En otras palabras, el
centro de la institución había excomulgado a Jesús, y los
judíos fieles a la sinagoga, que en un principio habían
admirado su enseñanza y su actividad (1,21b‑28), han sido
arrastrados por la censura oficial y 1o han rechazado de
plano (6,1‑6). Como, a pesar de eso, Jesús no se ha
intimidado, y su actividad no cesa, sigue la vigilancia.
Como en otras ocasiones, la narración de Mc tiene dos planos
de lectura, el literal y el figurado. Los fariseos y los
letrados (pertenecientes a la misma facción) no se mezclan
con el pueblo llano, al que consideran impuro. Toman como
pretexto para atacar a jesús el hecho de que algunos de sus
discípulos comen .los panes» sin lavarse antes las manos
para purificarlas <v. 2), como hacen ellos escrupulosamente
(v. 3s). Hay aquí una alusión al episodio anterior del
reparto de los panes (6,34‑46) y así, en el plano figurado,
lo que censuran los adversarios de jesús es que los
discípulos se mezclen con el pueblo, al que ellos consideran
impuro, sin respetar las prescripciones fariseas sobre la
pureza ritual.
Esto supone que algunos discípulos han superado las
discriminaciones impuestas por los fariseos dentro de
Israel; no consideran que e1 pueblo esté separado de Dios
(«profano») ni, por tanto, creen necesario someterse a ritos
de purificación después de su contacto con él. Invalidan así
la distinción entre observantes y no observantes, contra las
reglas enseñadas por los letrados fariseos. Para éstos, el
modo de proceder de esos discípulos implica un desprecio de
la Ley tal como ellos la interpretan; actuando así, ya no
hay criterio para discernir quién está a bien con Dios y
puede acceder a su presencia y quién no: todo judío podría
acceder a Dios, independientemente de su grado de
observancia.
Se dirigen a jesús, al que consideran culpable de lo que
sucede, dado que no corrige la conducta de sus discípulos.
Sospechan además que esa conducta la han aprendido de jesús
mismo; lo acusan implícitamente de que, teniéndose por
maestro, no respeta las tradiciones de Israel.
Jesús les dirige una invectiva: aplica a los fariseos y
letrados, a los que tacha de hipócritas, el reproche que
dirigió Isaías (29,13) a los israelitas de su tiempo; en él
denunciaba el profeta el contraste entre las muestras
externas de reverencia a Dios y lo lejos que estaban de él
las disposiciones interiores del pueblo; calificaba su
piedad de vacía, y las enseñanzas, de meramente humanas, sin
respaldo divino. Trasladándolo a su época, jesús afirma que
la fidelidad externa de los fariseos a Dios se contradice
con el alejamiento de su corazón, pues no practican el amor
al prójimo: en vez de ayudar al pueblo, se distancian de él
y lo desprecian; por eso, todas las observancias de
purificación que subrayan su separación de los demás son
inútiles y, aunque las imponen como prescripción divina, no
proceden de Dios. Implícitamente, jesús declara que el amor
de Dios se extiende a todo el pueblo, sin exigir las severas
condiciones que los fariseos propugnan. La impureza que
éstos temen no se contrae por el trato con la gente común;
al contrario, es discriminar y evitar el contacto con ella
lo que aleja a los fariseos de Dios.
La acusación de jesús es muy grave: a los fariseos no les
interesa lo que Dios ha dispuesto, sino las doctrinas que
ellos transmiten y que tienen origen humano. Para
corroborarlo, les cita un ejemplo entre muchos: eximen a un
hijo de la obligación de sustentar a sus padres necesitados,
pretextando que ha ofrecido sus bienes en donativo al
templo. Con esto quita jesús todo valor a la tradición oral,
que era la base de la espiritualidad farisea.
Para mostrar la falta de fundamento de la tradición, jesús
vuelve a las fuentes, a lo que Dios había exigido a Israel
en los mandamientos, y tira abajo todo el edificio
casuístico elaborado por generaciones de juristas, que, con
sus sutilezas, neutralizaban o contradecían la intención
divina.

7,14‑15
Esta perícopa, centro de la unidad, contiene el punto
principal. En la escena anterior jesús ha excluido la
discriminación dentro de Israel y desacreditado la doctrina
farisea. Ahora enuncia un principio que suprime la
separación de los judíos respecto a los pueblos paganos. En
la controversia con los letrados y fariseos estaban
presentes los discípulos; ahora, por ser un principio de
alcance universal, convoca al resto de sus seguidores («la
multitud,», los que no proceden del judaísmo.
El principio alude a las observancias judías, que
distinguían los alimentos en puros e impuros, permitidos y
prohibidos. Estas observancias eran universalmente
conocidas, pues constituían el baluarte de las minorías
judías de todo el Imperio para defender y hacer patente su
distinción de los demás pueblos. Jesús afirma que nada de lo
que entra en el hombre pueda hacerlo ajeno a Dios
(,«profano»), que lo único que puede alejar de Dios sale del
interior del hombre.
Con esto declara jesús que el contacto con las cosas
creadas, cuyo caso más extremo es el del alimento, no aleja
al hombre de Dios, recordando que Dios «vio todo lo que
había hecho y era muy bueno» (Gn 1,31). Echa así abajo el
baluarte judío y, con él la distinción entre judíos y no
judíos. Dios no impone ni quiere barreras divisorias entre
los hombres o entre los pueblos. Los judíos han de
considerarse parte de la humanidad a la que pertenecen, no
un pueblo separado; no existe un privilegio de Israel
respecto a los demás pueblos.

7,17‑23
Jesús deja a los seguidores no israelitas y se reúne con
el círculo de discípulos (<,la casa.. de Israel), quienes no
han comprendido su dicho anterior. Algunos habían aceptado
que eliminase la discriminación dentro de Israel, pero que
suprima también la distinción entre judíos y paganos no le
cabe a ninguno en la cabeza. Siguen en los ideales de
supremacía de Israel sobre los demás pueblos y, ante las
consecuencias del dicho de jesús, piensan que tiene un
sentido diferente del que ellos han percibido; por eso lo
consideran un enigma.
Jesús les echa en cara su cerrazón mental, equiparándolos a
la multitud que escuchó sin entender la enseñanza en
parábolas (4, 12). A continuación les reprocha su falta de
reflexión, haciéndoles notar que alimentarse no es mas que
un proceso orgánico y que no tiene que ver con las
disposiciones interiores del hombre. Les explica después
cuáles son las cosa que alejan al hombre de Dios, son los
frutos de las malas ideas, los actos del hombre que causan
perjuicio al prójimo de obre (robos, maldades, adulterios) o
de palabra (engaño, difamación), que proceden del egoísmo y
lo fomentan (libertinajes, codicias, desenfreno, envidia,
arrogancia) o desequilibran a la persona (desatino).
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