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  Mc 6,34‑56: Síntesis 

 

  

6,34‑46

  Al encontrarse con la multitud que había seguido al grupo, Jesús se conmueve por la desorientación en que se encuentra. En realidad, nadie se ocupa de esa pobre gente («ovejas sin pastor»), que ahora, además, está ilusionada con el ideal de reforma y restauración de Israel propuesto por los Doce en Galilea.

Jesús, como Mesías‑Pastor prometido, no puede esperar más. Tiene que neutralizar el efecto de la actividad de los Doce, que ha creado una esperanza ilusoria para la multitud; quiere evitar que los oprimidos vean en él, como sucedió en Cafarnaún, el líder capaz de acaudillar un movimiento reformista. Va a mostrar también la índole del verdadero Pastor, que no va a dominar al pueblo, sino a darle la posibilidad de emanciparse, ser libre y crecer en la dimensión humana. Por eso, prescindiendo de los Doce, va a exponer a aquellos hombres su programa, explicándoles el carácter del verdadero mesianismo.

La multitud no pide a Jesús que les enseñe, no siente hambre de doctrina; cree que tiene bastante con lo que ha aprendido de los Doce. Pero Jesús, conmovido por la situación en que estas gentes se encuentran, toma la iniciativa y se pone a enseñarles muchas cosas, porque son numerosos los puntos que hay que corregir en la ideología que han absorbido. El remedio urge, por eso en esta ocasión Jesús no habla en parábolas, como había hecho anteriormente (4,2.33‑34). Los discípulos no aparecen en la escena, no les interesa escuchar lo que tenga que decir Jesús a la multitud; ya han cristalizado su ideología y creen que no necesitan nuevas instrucciones.

Ellos, sin embargo, que han estado ajenos a la enseñanza, la interrumpen, recordando a Jesús que ha pasado ya la hora de comer y que en el lugar en que están, un despoblado, no es fácil para la multitud buscar comida. Pensando que Jesús está de acuerdo con ellos, le indican lo que tiene que hacer: despedir a la gente. Han llevado provisiones, pero quieren estar tranquilos para comer, y se les hace tarde. Se desentienden de la multitud; ésta debe arreglárselas por su cuenta. Ni por un momento piensan que pueda haber otra alternativa.

Mc va a exponer en forma narrativa el contenido de la enseñanza de Jesús. Jesús empieza a proponer su programa: sorprende a los discípulos pidiéndoles solidaridad: son ellos los que deben dar de comer a la multitud. El cambio o reforma que propugnan debe empezar por ellos mismos: en lugar de seguir practicando un individualismo insolidario, tienen que ayudar con lo propio a los demás y enseñar a la gente a hacer otro tanto. No basta proponer ideales sublimes y luego dejar a la gente a su suerte.

Los discípulos, que no salen de su mentalidad, no piensan que deben compartir lo que han llevado para ellos; a lo más que llegan es a preguntarse de dónde van a sacar dinero para comprar pan para tanta gente. Jesús les obliga a averiguar qué alimento tienen, pues ni ellos mismos lo saben.

En lenguaje simbólico, Mc indica, mediante el número de panes y peces, cuál es el alimento de los discípulos: los cinco panes representan los cinco libros de la Ley de Moisés y muestran que la ideología de los discípulos no se basa en el mensaje de Jesús, sino en los fundamentos del judaísmo; no han aprendido nada. La suma de los cinco panes y los dos peces, el número siete, simboliza la totalidad de alimento disponible.

Jesús, entonces, empieza a instruir a sus discípulos sobre cuál ha de ser su propia conducta y sobre lo que han de inculcar a la gente: en primer lugar, la libertad (comer recostados), sin la cual esos hombres seguirán estando al arbitrio de los dirigentes y nunca llegarán al nivel de persona; en segundo lugar, la igualdad en la amistad (corros), que excluye toda jerarquía y dominio de unos sobre otros. La igualdad de los hombres libres anuncia la abundancia (hierba verde).

La multitud no entiende el mensaje de la libertad y la igualdad. Conforme a la tradición judía, piensa que los discípulos son los delegados de Jesús para ejercer su autoridad y espontáneamente se coloca en cuadros, recordando lo que en otro tiempo hizo Moisés con el pueblo. Le han ofrecido la libertad, pero elige la sumisión. Los discípulos no reaccionan.

Jesús actúa: coge los cinco panes y los dos peces, todo el alimento que tenía el grupo, levanta la mirada al cielo y pronuncia una bendición a Dios, el Creador que proporciona el alimento al hombre. Muestra así a los discípulos y a todos que el hombre no es el autor de los bienes que tiene ni, por tanto, es dueño absoluto de ellos, sino que son don y expresión del amor de Dios a la humanidad. Imitar a Dios supone que el hombre no retiene egoístamente los bienes que posee en este mundo, sino que, haciéndose vehículo del amor de Dios, los comparte.

El momento decisivo llega cuando Jesús parte los panes en trozos y los da a los discípulos para que los repartan a la gente. No van a ser jefes de la multitud, sino sus servidores.  La multitud, recostada en tierra como hombres libres, ve que los que ella consideraba sus jefes actúan como servidores: entonces comprende el mensaje de la libertad y igualdad. Los que no habían pedido pan, ahora lo toman, los no no habían sentido hambre, ahora comen hasta saciarse. Se dan cuenta de la novedad que trae Jesús y la aceptan, prefiriéndola a lo que habían oído a los discípulos. Mc sigue hablando figuradamente: «saciarse» significa que el pan que reparte Jesús, su mensaje, satisface todas las aspiraciones humanas.

La solidaridad produce la abundancia y bastaría para cubrir las necesidades de Israel (doce cestos). Los que han comido a saciedad recogen las sobras de pan y pescado: no quieren que se desperdicie nada del mensaje cuyos efectos han experimentado, pero, en vez de guardarlo egoístamente para sí, lo ponen en común, de modo que sirva para compartir de nuevo. Ese es su compromiso, y su solidaridad para con todos continuará expandiendo el ámbito de la generosidad de Dios.

Bajo la figura de los hombres adultos» señala Mc la maduración humana que produce el mensaje; al mismo tiempo, el número «cinco mil», múltiplo de cinco (número de los panes y de los libros de la Ley) y de cincuenta (número de hombres de las comunidades proféticas en torno al profeta Eliseo), hace ver el paso del régimen de la Ley al régimen a del Espíritu. El multiplicador “cien” muestra el propósito de Jesús: crear numerosas comunidades del Espíritu, testigos de la libertad, igualdad y solidaridad de la sociedad nueva.

No hay reacción alguna entusiasta de la multitud; solamente su compromiso con una solidaridad continuada.

La escena es ideal: expone en forma narrativa el mensaje de Jesús y su programa, dar inicio a una nueva sociedad (etapa terrena del reino de Dios) de hombres libres, iguales, solidarios, unidos en la amistad, que, al hacer suyo este mensaje y recibir el Espíritu, alcanzan la madurez humana.

La libertad y la igualdad son las condiciones; la solidaridad‑amor es el medio para el crecimiento humano y la construcción de la nueva sociedad o reino de Dios.

Los discípulos, sin embargo, siguen sin asimilar este mensaje, por lo que Jesús los fuerza a dejar la multitud y a alejarse en la barca en dirección a territorio pagano (Betsaida); no quiere que la gente sufra de nuevo el influjo de la ideología nacionalista que los discípulos propugnan ni que éstos aprovechen la ocasión para suscitar un entusiasmo mesiánico de corte político y reformista, como habían pretendido hacer en Cafarnaún.

 Los discípulos desean una sociedad que continúe el pasado, aunque reformada en los detalles, y no renuncian a la renovación y a la gloria de Israel por encima de los demás pueblos. Para ellos, la solución a la miseria del pueblo está en la justicia institucional, no en el cambio individual y en la solidaridad de todos. Jesús es consciente de llo refractarios que son al mensaje, por eso se retira al monte, símbolo de la esfera divina en contacto con la historia, y pide a Dios que su obra no fracase.

El evangelista deja caer muchas sugerencias a lo largo del relato. En primer lugar, por alusión al Sal 23/22, a la condición divina de Jesús, que aparece como Pastor, función atribuida en el Salmo a Dios. Al mismo tiempo, es el Mesías, según los oráculos proféticos sobre el Pastor, aludiendo a David. En comparación con el antiguo éxodo, Jesús toma el lugar de Dios en la producción de la abundancia. Pero no es ya con el maná, alimento de origen celeste, sino con el pan humano; no para un momento de dificultad, sino para toda la historia; no solamente para sustentar la vida física, sino para satisfacer toda aspiración del hombre.

Aparece claramente en el pasaje que la enseñanza de Jesús tomaba  pie del AT (cinco panes/libros de la Ley) para corregirlo, derogarlo o superarlo (comunidades del Espíritu).

 

6,47‑53

 La travesía del lago es un episodio altamente simbólico. El evangelista quiere describir de modo figurado la revelación directa que hace Jesús a los discípulos de su condición de Hombre‑Dios. A la pretendida autoridad divina de la enseñanza tradicional, apoyada en pasajes de la antigua Escritura y que está a la base de la ideología de los discípulos, Jesús quiere oponer la verdadera autoridad divina, la que reside en él por la plena comunicación del Espíritu (1,10s). Los discípulos no entienden que las limitaciones impuestas al amor universal de Dios por muchos escritos del AT que presentan un Dios nacionalista y vengativo, son proyecciones humanas del deseo de revancha de un pueblo secularmente oprimido. El, Jesús, el Hijo de Dios, ha revelado el verdadero rostro de Dios (4,11: el secreto del reinado de Dios), que ama a todo el género humano y quiere comunicarle vida en plenitud.

La perícopa expone esto con gran número de símbolos y de alusiones al AT: el mal espíritu de los discípulos, su resistencia obstinada a acatar la orden de Jesús de ir a territorio pagano, está figurada por el viento contrario que les impide avanzar; la condición divina de Jesús, por el caminar sobre el mar. Los discípulos, sin embargo, se resisten a aceptarla, pues invalidaría sus ideales de triunfo, y se defienden interpretando la manifestación como una aparición ilusoria. También las palabras que Jesús les dirige («Yo soy,» son una prueba de su condición divina. Los discípulos quedan sin respuesta, pero no se convencen sigue la obcecación que habían mostrado en el episodio de los panes; dan preferencia al deseo de gloria nacional sobre el amor universal que Jesús les enseña.

La barca no llega a Betsaida, fuera de los límites de Israel, sino a la comarca de Genesaret, en territorio judío. La resistencia de los discípulos ha frustrado el propósito de Jesús.

 

6,54‑56

 Al desembarcar, la gente reconoce a Jesús y se pone sin más a recorrer toda la comarca para llevarle en camillas a los que se encontraban mal. En esta región periférica del país judío no se mencionan sinagogas, letrados, fariseos ni tampoco poseídos por espíritus inmundos o endemoniados. Este hecho insinúa la relación que existe entre la presencia de la institución religiosa judía, con sus maestros y observantes, y la existencia de fanatismos interiores (espíritus) o demostrados públicamente (endemoniados). La acción de Jesús no encuentra obstáculos.

En este territorio no hay más que oprimidos o marginados («los que se encontraban mal») en grado tan extremo que no pueden valerse por sí mismos («en caminase); son «los débiles», los que carecen de todo influjo social y están a merced de «los que son fuertes» (2,17). Desean mostrar su adhesión a Jesús y obtener de él una salida a su situación (.«tocar aunque fuera la orla de su manto»). Todos los que lo hacen reciben de él, no sólo un alivio pasajero, sino la vida del Espíritu («se salvaban).

La solución que da Jesús a estos marginados no se sitúa, por tanto, directamente en el plano social; consiste en la comunicación a los individuos de una vida que los lleve a sentirse libres y seguros de sí mismos frente a los opresores. Recoge así Mc lo sucedido con la mujer con flujos (5,34)