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6,34‑46
Al encontrarse con la multitud que había seguido al grupo,
Jesús se conmueve por la desorientación en que se encuentra.
En realidad, nadie se ocupa de esa pobre gente («ovejas sin
pastor»), que ahora, además, está ilusionada con el ideal de
reforma y restauración de Israel propuesto por los Doce en
Galilea.
Jesús, como Mesías‑Pastor prometido, no puede esperar más.
Tiene que neutralizar el efecto de la actividad de los Doce,
que ha creado una esperanza ilusoria para la multitud;
quiere evitar que los oprimidos vean en él, como sucedió en
Cafarnaún, el líder capaz de acaudillar un movimiento
reformista. Va a mostrar también la índole del verdadero
Pastor, que no va a dominar al pueblo, sino a darle la
posibilidad de emanciparse, ser libre y crecer en la
dimensión humana. Por eso, prescindiendo de los Doce, va a
exponer a aquellos hombres su programa, explicándoles el
carácter del verdadero mesianismo.
La multitud no pide a Jesús que les enseñe, no siente hambre
de doctrina; cree que tiene bastante con lo que ha aprendido
de los Doce. Pero Jesús, conmovido por la situación en que
estas gentes se encuentran, toma la iniciativa y se pone a
enseñarles muchas cosas, porque son numerosos los puntos que
hay que corregir en la ideología que han absorbido. El
remedio urge, por eso en esta ocasión Jesús no habla en
parábolas, como había hecho anteriormente (4,2.33‑34). Los
discípulos no aparecen en la escena, no les interesa
escuchar lo que tenga que decir Jesús a la multitud; ya han
cristalizado su ideología y creen que no necesitan nuevas
instrucciones.
Ellos, sin embargo, que han estado ajenos a la enseñanza, la
interrumpen, recordando a Jesús que ha pasado ya la hora de
comer y que en el lugar en que están, un despoblado, no es
fácil para la multitud buscar comida. Pensando que Jesús
está de acuerdo con ellos, le indican lo que tiene que
hacer: despedir a la gente. Han llevado provisiones, pero
quieren estar tranquilos para comer, y se les hace tarde. Se
desentienden de la multitud; ésta debe arreglárselas por su
cuenta. Ni por un momento piensan que pueda haber otra
alternativa.
Mc va a exponer en forma narrativa el contenido de la
enseñanza de Jesús. Jesús empieza a proponer su programa:
sorprende a los discípulos pidiéndoles solidaridad: son
ellos los que deben dar de comer a la multitud. El cambio o
reforma que propugnan debe empezar por ellos mismos: en
lugar de seguir practicando un individualismo insolidario,
tienen que ayudar con lo propio a los demás y enseñar a la
gente a hacer otro tanto. No basta proponer ideales sublimes
y luego dejar a la gente a su suerte.
Los discípulos, que no salen de su mentalidad, no piensan
que deben compartir lo que han llevado para ellos; a lo más
que llegan es a preguntarse de dónde van a sacar dinero para
comprar pan para tanta gente. Jesús les obliga a averiguar
qué alimento tienen, pues ni ellos mismos lo saben.
En lenguaje simbólico, Mc indica, mediante el número de
panes y peces, cuál es el alimento de los discípulos: los
cinco panes representan los cinco libros de la Ley de Moisés
y muestran que la ideología de los discípulos no se basa en
el mensaje de Jesús, sino en los fundamentos del judaísmo;
no han aprendido nada. La suma de los cinco panes y los dos
peces, el número siete, simboliza la totalidad de alimento
disponible.
Jesús, entonces, empieza a instruir a sus discípulos sobre
cuál ha de ser su propia conducta y sobre lo que han de
inculcar a la gente: en primer lugar, la libertad (comer
recostados), sin la cual esos hombres seguirán estando al
arbitrio de los dirigentes y nunca llegarán al nivel de
persona; en segundo lugar, la igualdad en la amistad
(corros), que excluye toda jerarquía y dominio de unos sobre
otros. La igualdad de los hombres libres anuncia la
abundancia (hierba verde).
La multitud no entiende el mensaje de la libertad y la
igualdad. Conforme a la tradición judía, piensa que los
discípulos son los delegados de Jesús para ejercer su
autoridad y espontáneamente se coloca en cuadros, recordando
lo que en otro tiempo hizo Moisés con el pueblo. Le han
ofrecido la libertad, pero elige la sumisión. Los discípulos
no reaccionan.
Jesús actúa: coge los cinco panes y los dos peces, todo el
alimento que tenía el grupo, levanta la mirada al cielo y
pronuncia una bendición a Dios, el Creador que proporciona
el alimento al hombre. Muestra así a los discípulos y a
todos que el hombre no es el autor de los bienes que tiene
ni, por tanto, es dueño absoluto de ellos, sino que son don
y expresión del amor de Dios a la humanidad. Imitar a Dios
supone que el hombre no retiene egoístamente los bienes que
posee en este mundo, sino que, haciéndose vehículo del amor
de Dios, los comparte.
El momento decisivo llega cuando Jesús parte los panes en
trozos y los da a los discípulos para que los repartan a la
gente. No van a ser jefes de la multitud, sino sus
servidores. La multitud, recostada en tierra como hombres
libres, ve que los que ella consideraba sus jefes actúan
como servidores: entonces comprende el mensaje de la
libertad y igualdad. Los que no habían pedido pan, ahora lo
toman, los no no habían sentido hambre, ahora comen hasta
saciarse. Se dan cuenta de la novedad que trae Jesús y la
aceptan, prefiriéndola a lo que habían oído a los
discípulos. Mc sigue hablando figuradamente: «saciarse»
significa que el pan que reparte Jesús, su mensaje,
satisface todas las aspiraciones humanas.
La solidaridad produce la abundancia y bastaría para cubrir
las necesidades de Israel (doce cestos). Los que han comido
a saciedad recogen las sobras de pan y pescado: no quieren
que se desperdicie nada del mensaje cuyos efectos han
experimentado, pero, en vez de guardarlo egoístamente para
sí, lo ponen en común, de modo que sirva para compartir de
nuevo. Ese es su compromiso, y su solidaridad para con todos
continuará expandiendo el ámbito de la generosidad de Dios.
Bajo la figura de los hombres adultos» señala Mc la
maduración humana que produce el mensaje; al mismo tiempo,
el número «cinco mil», múltiplo de cinco (número de los
panes y de los libros de la Ley) y de cincuenta (número de
hombres de las comunidades proféticas en torno al profeta
Eliseo), hace ver el paso del régimen de la Ley al régimen a
del Espíritu. El multiplicador “cien” muestra el propósito
de Jesús: crear numerosas comunidades del Espíritu, testigos
de la libertad, igualdad y solidaridad de la sociedad nueva.
No hay reacción alguna entusiasta de la multitud; solamente
su compromiso con una solidaridad continuada.
La escena es ideal: expone en forma narrativa el mensaje de
Jesús y su programa, dar inicio a una nueva sociedad (etapa
terrena del reino de Dios) de hombres libres, iguales,
solidarios, unidos en la amistad, que, al hacer suyo este
mensaje y recibir el Espíritu, alcanzan la madurez humana.
La libertad y la igualdad son las condiciones; la
solidaridad‑amor es el medio para el crecimiento humano y la
construcción de la nueva sociedad o reino de Dios.
Los discípulos, sin embargo, siguen sin asimilar este
mensaje, por lo que Jesús los fuerza a dejar la multitud y a
alejarse en la barca en dirección a territorio pagano (Betsaida);
no quiere que la gente sufra de nuevo el influjo de la
ideología nacionalista que los discípulos propugnan ni que
éstos aprovechen la ocasión para suscitar un entusiasmo
mesiánico de corte político y reformista, como habían
pretendido hacer en Cafarnaún.
Los discípulos desean una sociedad que continúe el pasado,
aunque reformada en los detalles, y no renuncian a la
renovación y a la gloria de Israel por encima de los demás
pueblos. Para ellos, la solución a la miseria del pueblo
está en la justicia institucional, no en el cambio
individual y en la solidaridad de todos. Jesús es consciente
de llo refractarios que son al mensaje, por eso se retira al
monte, símbolo de la esfera divina en contacto con la
historia, y pide a Dios que su obra no fracase.
El evangelista deja caer muchas sugerencias a lo largo del
relato. En primer lugar, por alusión al Sal 23/22, a la
condición divina de Jesús, que aparece como Pastor, función
atribuida en el Salmo a Dios. Al mismo tiempo, es el Mesías,
según los oráculos proféticos sobre el Pastor, aludiendo a
David. En comparación con el antiguo éxodo, Jesús toma el
lugar de Dios en la producción de la abundancia. Pero no es
ya con el maná, alimento de origen celeste, sino con el pan
humano; no para un momento de dificultad, sino para toda la
historia; no solamente para sustentar la vida física, sino
para satisfacer toda aspiración del hombre.
Aparece claramente en el pasaje que la enseñanza de Jesús
tomaba pie del AT (cinco panes/libros de la Ley) para
corregirlo, derogarlo o superarlo (comunidades del
Espíritu).

6,47‑53
La travesía del lago es un episodio altamente simbólico. El
evangelista quiere describir de modo figurado la revelación
directa que hace Jesús a los discípulos de su condición de
Hombre‑Dios. A la pretendida autoridad divina de la
enseñanza tradicional, apoyada en pasajes de la antigua
Escritura y que está a la base de la ideología de los
discípulos, Jesús quiere oponer la verdadera autoridad
divina, la que reside en él por la plena comunicación del
Espíritu (1,10s). Los discípulos no entienden que las
limitaciones impuestas al amor universal de Dios por muchos
escritos del AT que presentan un Dios nacionalista y
vengativo, son proyecciones humanas del deseo de revancha de
un pueblo secularmente oprimido. El, Jesús, el Hijo de Dios,
ha revelado el verdadero rostro de Dios (4,11: el secreto
del reinado de Dios), que ama a todo el género humano y
quiere comunicarle vida en plenitud.
La perícopa expone esto con gran número de símbolos y de
alusiones al AT: el mal espíritu de los discípulos, su
resistencia obstinada a acatar la orden de Jesús de ir a
territorio pagano, está figurada por el viento contrario que
les impide avanzar; la condición divina de Jesús, por el
caminar sobre el mar. Los discípulos, sin embargo, se
resisten a aceptarla, pues invalidaría sus ideales de
triunfo, y se defienden interpretando la manifestación como
una aparición ilusoria. También las palabras que Jesús les
dirige («Yo soy,» son una prueba de su condición divina. Los
discípulos quedan sin respuesta, pero no se convencen sigue
la obcecación que habían mostrado en el episodio de los
panes; dan preferencia al deseo de gloria nacional sobre el
amor universal que Jesús les enseña.
La barca no llega a Betsaida, fuera de los límites de
Israel, sino a la comarca de Genesaret, en territorio judío.
La resistencia de los discípulos ha frustrado el propósito
de Jesús.
6,54‑56
Al desembarcar, la gente reconoce a Jesús y se pone sin más
a recorrer toda la comarca para llevarle en camillas a los
que se encontraban mal. En esta región periférica del país
judío no se mencionan sinagogas, letrados, fariseos ni
tampoco poseídos por espíritus inmundos o endemoniados. Este
hecho insinúa la relación que existe entre la presencia de
la institución religiosa judía, con sus maestros y
observantes, y la existencia de fanatismos interiores
(espíritus) o demostrados públicamente (endemoniados). La
acción de Jesús no encuentra obstáculos.
En este territorio no hay más que oprimidos o marginados
(«los que se encontraban mal») en grado tan extremo que no
pueden valerse por sí mismos («en caminase); son «los
débiles», los que carecen de todo influjo social y están a
merced de «los que son fuertes» (2,17). Desean mostrar su
adhesión a Jesús y obtener de él una salida a su situación
(.«tocar aunque fuera la orla de su manto»). Todos los que
lo hacen reciben de él, no sólo un alivio pasajero, sino la
vida del Espíritu («se salvaban).
La solución que da Jesús a estos marginados no se sitúa, por
tanto, directamente en el plano social; consiste en la
comunicación a los individuos de una vida que los lleve a
sentirse libres y seguros de sí mismos frente a los
opresores. Recoge así Mc lo sucedido con la mujer con flujos
(5,34)
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