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  Mc 1,1-13: Síntesis 

 

  

1,1. En el título de su obra (1,1), Mc indica su propósito: quiere exponer los orígenes de la realidad que los cristianos viven, realidad nueva y gozosa («la buena noticia») que se vincula a la figura de Jesús, al que caracteriza con dos títulos: «Mesías», el liberador que cumple las expectativas del pueblo judío, e «Hijo de Dios», título divino comprensible pira judíos y paganos, con el que indica que Jesús rebasa las expectativas judías y abarca a todos los hombres en su misión salvadora. Para Marcos, por tanto, Jesús es salvador de la humanidad entera. Su salvación ha llegado ya a la comunidad de la que él forma parte, y pretende narrar cómo actuó Jesús para realizarla.

1,2‑5. Marcos presenta la figura de Juan Bautista como un enviado de Dios, el mensajero anunciado en el AT, encargado de preparar la llegada del Mesías; éste, a su vez, habría de cumplir la expectativa secular del pueblo judío, la sociedad justa querida por Dios.

En los textos proféticos citados por Mc, la obra que va a realizar Jesús está formulada en términos de éxodo: consistirá, pues, en liberar de un estado de opresión y conducir a una tierra prometida, figura de la sociedad justa.

Juan se sitúa en el desierto, la localización tradicional de todos los líderes contestatarios. Situarse en el desierto, el lugar asocial, mostraba, por una parte, la ruptura con la sociedad existente; por otra, recordaba los orígenes de Israel. De este modo, la retirada al desierto implicaba la vuelta al estado primero del pueblo, idealizado como un estado de pureza y fidelidad a Dios.

Sin embargo, a diferencia de los líderes políticos, frecuentes en la época, Juan no se presenta como un agitador de masas ni como un cabecilla que pretenda derrocar a los dirigentes por la violencia para instaurar un nuevo estado de cosas. Por el contrario, se asimila a los movimientos bautistas, también comunes en la época, que proponían la inmersión en el agua como signo de purificación o de cambio.

Juan cumple su misión exhortando al cambio de vida, suscitando con ello la expectativa de un cambio social. No se hace él mismo campeón del cambio de sociedad, no acusa directamente a las instituciones religiosas y civiles, aunque se separa de ellas (desierto); se dirige al individuo. Hace ver con esto que el cambio de sociedad requiere previamente el cambio personal y que la injusticia social es el resultado y el exponente de la injusticia de los individuos. Juan no permite la fácil escapatoria de echar a otros la culpa de la situación de injusticia. La deseada reconciliación con Dios (el perdón de los pecados), que hace posible la obra del Mesías, pasa por el reconocimiento de la propia complicidad con el mal. Juan quiere que ese reconocimiento sea público, de modo que todos se den cuenta de la extensión del descontento y se vayan sumando propósitos en favor del cambio.

Para significar el cambio de vida, usa Juan un símbolo propio de la cultura judía y ya utilizado por otros movimientos bautistas, la inmersión en agua, que es figura de muerte, en este caso muerte al pasado de injusticia.

La respuesta a la proclamación de Juan es masiva, lo que indica la extensión del descontento y el gran deseo de cambio que se experimentaba en la sociedad misma. La expectativa está asociada a la llegada del Mesías, que cambiaría la situación e implantaría la justicia. El pueblo en general se prepara con la purificación para esa llegada.

La actividad de Juan muestra que la condición indispensable para que encuentre eco el mensaje de Jesús y sea eficaz su obra es el inconformismo del individuo con la justicia personal y social y el deseo de ponerles fin.

1,6‑8. Marcos describe la figura de Juan con rasgos de profeta, en particular con los de Elías. De este modo califica a su persona como enviado de Dios, precursor del Mesías esperado y en ruptura con la sociedad teocrática judía, en consonancia con su localización en el desierto. Su alimentación es la propia de un nómada.

Juan no se hace centro del movimiento que suscita, no se considera protagonista. Previene la sospecha popular de que él mismo pudiera ser el Mesías anunciando la llegada de otro superior a él, que el lector identifica con Jesús. Lo describe con relación a sí mismo: superior en fuerza, en su misión y en su actividad.

Es superior en fuerza por poseer la plenitud del Espíritu; en su misión, porque ésta consiste en fundar un nuevo pueblo, una sociedad nueva (nueva alianza); en su actividad, porque Juan ha exhortado a salir de un pasado de injusticia, mientras que Jesús va a potenciar la vida del hombre, comunicándole el Espíritu y creando así un hombre nuevo, fundamento y artífice de la nueva sociedad.

1,9‑13. Coincidiendo con la actividad de Juan, aparece Jesús, el protagonista del relato de Marcos. Procede de Nazaret, un pueblo perdido de la región más nacionalista de Galilea.

Al bautizarse, manifiesta Jesús su apoyo al movimiento suscitado por Juan y muestra su empeño en la eliminación de la injusticia. Su compromiso es total: con la inmersión o bautismo, símbolo de muerte, expresa que está dispuesto a dar la vida, si fuera necesario, para suprimir la injusticia y comunicar vida a la humanidad.

Esta disposición de Jesús, expresión de su amor sin medida a los hombres, provoca una reacción divina que el evangelista describe con rasgos figurados. Ante todo, se rompe la frontera entre el mundo divino (el cielo) y el humano. La experiencia interna de Jesús se formula de dos maneras: en términos de visión, con los que se expone ante todo el ser de Jesús, y en términos de audición, con los que se describe principalmente su misión.

El ser de Jesús es el del que posee la plenitud del Espíritu, es decir, de la fuerza, vida y amor de Dios. Culmina así la creación, alcanzándose la plenitud del hombre, la realidad del Hombre‑Dios. Con esto queda capacitado Jesús para llevar a cabo la misión que Juan le atribuía.

La misión de Jesús, el Hijo de Dios, es la de Salvador (Rey‑Mesías), que ofrece su vida por la causa de la humanidad entera. Esta misión se opone diametralmente a la que la tradición judía asignaba al Mesías, quien, según ella, había de ser un rey poderoso que triunfase sobre los enemigos de Israel y llevase a su cima la gloria de este pueblo.

El Espíritu impulsa a Jesús a comenzar su misión. Con la figura del «desierto» presenta Mc el escenario donde Jesús va a ejercer su actividad. Va a encontrarse en una sociedad que intentará incesantemente persuadirlo a abandonar su compromiso para convertirse en un líder político que aspire a la conquista del poder; la tentación será ineficaz. Por otra parte, existe a su alrededor una actitud peligrosamente hostil, la de los poderes, enemigos acérrimos de su programa, que acabarán por darle muerte. Pero, al mismo tiempo, no faltarán hombres que colaboren con su actividad.

Termina aquí la sección introductoria del evangelio, que presenta en primer lugar, como preparación a la llegada y actividad del Mesías, el movimiento de cambio suscitado por Juan, y a continuación describe teológica y programáticamente el ser de Jesús Mesías, su misión y las reacciones que provoca en su sociedad. Tras esta introducción empieza la narración de la actividad de Jesús.