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El joven les da un encargo para los discípulos (seguidores
procedentes del judaísmo), en particular para Pedro, que ha
renegado de Jesús (14,30.72ss): deben abandonar Jerusalén y
los ideales del judaísmo, para comenzar la misión universal
a partir de Galilea (14,28), donde Jesús comenzó la suya y
los llamó al seguimiento (1,16‑21a). Esto implica que,
aunque el campo de misión sea diferente, el itinerario
personal de ellos ha de ser como ha sido el de Jesús. Hay un
camino que recorrer, y él los espera para acompañarlos: es
la promesa de su presencia en la misión futura. La
experiencia de que Jesús está vivo, que las mujeres han
tenido en el sepulcro, ellos la tendrán en Galilea.
De hecho, el joven no encarga a las mujeres que cuenten lo
que han visto en el sepulcro. Los discípulos tienen que
llegar personalmente a la misma experiencia, y ésa no la
tendrán en Jerusalén, sino en Galilea, es decir, solamente
si renuncian a sus ideales de un Mesías de poder y de gloria
para Israel, si aceptan por fin el secreto del Reino, el
amor de Dios que abraza por igual a todos los hombres y
pueblos, amor que ellos han de traducir en servicio y
entrega (10,45).
Las palabras del joven separan a Pedro del resto de los
discípulos. Pedro, en efecto, se ha hecho en varias
ocasiones el antagonista de Jesús: él arrastró a los demás
en el deseo de hacerlo líder (1,36); se opuso abiertamente
al destino del Hijo del hombre (8,32‑33) y puso a los otros
en contra de Jesús que les predecía su fallo (14,31); él,
por propia iniciativa, se ha hecho portavoz del grupo (8,29;
10,28) y sólo él ha renegado por completo de Jesús
(14,66‑72). El joven nombra primero al grupo de discípulos
(sus discípulos) y separa a Pedro, mostrando al mismo tiempo
el perdón por lo pasado y la necesidad particular que tiene
Pedro de rectificar su postura.
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