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Para sacarlas de su pasmo y explicarles lo ocurrido, el
joven les dirige la palabra: expresa en voz alta lo que
ellas pretendían: honrar a Jesús, al que habían visto como
el Nazareno, el Mesías davídico (cf. 1,24; 10,47) y
reafirmar la esperanza de restauración de Israel que ‑según
pensaban‑ él había encarnado. Pero el joven añade: el
crucificado, del que ellas se mantuvieron a distancia
(15,40: «observando de lejos»); han de aceptar esta realidad
de Jesús y, con ella, el fracaso de sus ideales de triunfo
terreno, que se han disipado con la cruz. Para Jesús, sin
embargo, el verdadero Mesías, no hay fracaso, la vida ha
vencido a la muerte: Ha resucitado, no está aquí (8,31;
9,31; 10,34); el lugar donde lo pusieron está vacío. Han de
renunciar a los ideales de poder y aceptar el que les
proponía Jesús, que incluía la entrega hasta el fin, no sólo
por el bien del pueblo judío, sino de la humanidad entera.
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