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6 El les dijo: «No os desconcertéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron».

 

  

Para sacarlas de su pasmo y explicarles lo ocurrido, el joven les dirige la palabra: expresa en voz alta lo que ellas pretendían: honrar a Jesús, al que habían visto como el Nazareno, el Mesías davídico (cf. 1,24; 10,47) y reafirmar la esperanza de restauración de Israel que ‑según pensaban‑ él había encarnado. Pero el joven añade: el crucificado, del que ellas se mantuvieron a distancia (15,40: «observando de lejos»); han de aceptar esta realidad de Jesús y, con ella, el fracaso de sus ideales de triunfo terreno, que se han disipado con la cruz. Para Jesús, sin embargo, el verdadero Mesías, no hay fracaso, la vida ha vencido a la muerte: Ha resucitado, no está aquí (8,31; 9,31; 10,34); el lugar donde lo pusieron está vacío. Han de renunciar a los ideales de poder y aceptar el que les proponía Jesús, que incluía la entrega hasta el fin, no sólo por el bien del pueblo judío, sino de la humanidad entera.