Volver

13 Salió esta vez a la orilla del mar. Toda la multitud fue acudiendo adonde estaba él, y se puso a enseñarles.

 

  

Aceptación de la universalidad del Reino

Jesús no se detiene en la reunión mientras la gente expresa su asombro. Sale de Cafarnaún como hizo después del primer entusiasmo popular (1,35), pero esta vez no se va «a despoblado», pues no ha habido reacción contraria a su mensaje (nota fil.). Se dirige «a la orilla del mar», dando la posibilidad de reunirse de nuevo con él.

Como se ha visto antes (1,16 Lect.), «el mar» es el camino hacia el territorio pagano; «salir en dirección al mar», como hace Jesús, equivale a insistir en la universalidad expresada en el mensaje; acudir a Jesús, que se sitúa «a la orilla del mar», será señal de que los que estaban «en la casa» aceptan la universalidad de la salvación propuesta bajo la figura de la curación del paralítico. Ir a la orilla del mar inicia el éxodo fuera del exclusivismo judío. Nótese que ya no se habla de «el mar de Galilea» (1,16), sino sencillamente de «el mar», acentuando su valor figurado.

Ya no «se congregan» donde está Jesús, como al principio (2,2), cuando todavía profesaban la ideología del judaísmo; es decir, ya no ven en él al renovador de «la casa de Israel». Ahora, en vez de «congregarse», «van acudiendo» adonde está él. Otros habían acudido a Jesús cuando éste, después de la curación del leproso, tenía que quedarse en descampado; mostraban así su rechazo de los principios discriminadores de la sociedad judía (1,45b). Ahora, esta multitud, al acudir a la orilla del mar, muestra su aceptación de la universalidad y su actitud favorable hacia los paganos; dan así un paso más en contra de la discriminación: no la rechazan solamente dentro de Israel, sino también respecto al resto de la humanidad.

Jesús reanuda su enseñanza, interrumpida en la sinagoga de Cafarnáun (1,21b‑28). Una vez que el mensaje universalista ha sido acepta­do, puede apoyarlo de nuevo con textos del AT, sin temor a equí­vocos. La doctrina oficial, que proponía el nacionalismo exclusivista, ignoraba los textos universalistas de la Escritura, afirmando, en cam­bio, la supremacía de Israel y el rechazo de Dios a los paganos(8).

El mensaje propuesto por Jesús es revolucionario para la teología del judaísmo: en síntesis, afirma que Dios, al invitar a su Reino, no tiene en cuenta la pertenencia de los hombres a una u otra religión ni se basa en su conducta moral. El quiere salvar a todos los pueblos, sin obligarlos a abrazar la religión judía, hasta entonces la única que reconocía al Dios verdadero. Todos, judíos y paganos, están al mismo nivel ante el reinado de Dios: todos han‑ de romper con su pasado de injusticia para dar la adhesión a Jesús y recibir vida. Israel tiene solamente una precedencia cronológica en el conocimiento del men­saje. No se trata de una preferencia arbitraria: Israel era el único pueblo que a lo largo de su historia había tenido experiencia del Dios verdadero y de su amor por los hombres; era por ello el más preparado para recibir el mensaje de Jesús.

Nota

(8) La doctrina nacionalista y exclusivista de la salvación futura o reino de Dios no era compartida, sin embargo, por todos los rabinos. No pocos, de acuerdo con numerosos textos del AT, observaban que también los paganos piadosos entrarían a formar parte del reino de Dios. Algunos de ellos pensaban incluso que era impensable un reino de Dios sin la presencia de personas provenientes del mundo pagano. Pero para estos maestros, exponentes de una apertura universal, quedaba claro que Israel era el centro y norma de la salvación. No sólo era el lugar donde las naciones la encontrarían, sino también donde podrían llevar la forma de vida necesaria para mantenerla (Cf. Strack-B. N 778‑1180.). La novedad que ofrece Jesús al mandar al paralítico «a su casa» está precisamente en que Israel deja de ser centro y norma para las naciones.