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El convencimiento personal
Gracias
a la acción de Jesús, el individuo se sabe aceptado por Dios
ahora. Pero, como le habían enseñado en la sinagoga, sigue
creyendo que antes Dios lo rechazaba, y esta concepción de
Dios es intolerable para Jesús. Por eso «le regaña». El
antes leproso tiene que abandonar la idea de que Dios
excluye de su amor a algún hombre, cualquiera que sea su
condición. El rechazo por parte de Dios no ha existido
nunca.
El causante de su marginación no ha sido Dios, sino la
institución religiosa, que, además, le ha impedido conocer a
Dios, proponiéndole
una doctrina falsa sobre él (1). Tiene que convencerse de
que ni la doctrina ni la praxis de la institución proceden
de Dios o reflejan su ser, sino que se oponen a él.
Es decir, no le basta haber sido liberado de la marginación
por obra de Jesús, tiene que liberarse él mismo de la
creencia en la institución que injustamente lo marginaba. De
lo contrario, estará siempre a merced de ella, que podrá
marginarlo nuevamente. En Jesús ya ha conocido el rostro y
el amor de Dios, ahora tiene que compararlo con la práctica
de la institución y ver el Dios que refleja ésta.
De ahí la frase: «lo sacó fuera en seguida» (nota fil.),
que, combinada con «cuando salió» (v. 45), parece indicar
que el individuo se encontraba en un lugar o local
determinado. Habría que pensar en una sinagoga, único local
mencionado antes (v. 39). Sin embargo, la imprecisión de Mc
impide aplicarlo a una sinagoga concreta, señala más bien la
sinagoga como institución. A este hombre, figura
representativa de todos los marginados, Jesús lo saca de su
sumisión al sistema religioso. Este lo marginaba
enseñándole, en nombre de Dios, la doctrina de lo puro y lo
impuro; pero esta doctrina es falsa, Dios no es así.
Para hacerlo salir, Jesús va a hacerle ver un contraste.
Ante todo, le ordena que guarde silencio. Antes de hablar
tiene que tomar plena conciencia de la total oposición que
existe entre el proceder de Dios y el de la institución
religiosa. Al percibirla, tendrá que concluir que ésta no
representa a Dios ni habla en su nombre, y se emancipará de
ella para siempre. Por eso debe comparar la aceptación
gratuita de Dios que ha experimentado en Jesús con los
penosos ritos de aceptación que impone el sistema religioso.
Para ello, debe ir a presentarse al sacerdote, representante
y mediador de Dios según la religión judía, quien lo
sometería a un minucioso examen y ofrecería los
sacrificios(2).
El AT atribuía a Dios las interminables prescripciones sobre
la integración de un leproso curado, mostrando un Dios
meticuloso, exigente y difícil de contentar. Jesús pone en
entredicho esa atribución: las prescripciones no son de
Dios, sino de Moisés (3). Para Jesús, toda la legislación
sobre lo puro y lo impuro son preceptos humanos, no divinos.
No es Dios el autor de la discriminación ni se puede
marginar a nadie en su nombre. Al promulgar estas
prescripciones Moisés no reflejó la voluntad de Dios, sino
que cedió a la dureza del pueblo y denunció su falta de
misericordia (4).
El origen humano, no divino, de la marginación se confirma
con la expresión «como prueba contra ellos», inspirada en Dt
31,26: «Tomad el libro de esta Ley y colocadlo ... estará
allí como prueba/testigo contra ti», es decir, contra el
pueblo, por su infidelidad a Dios (5).
Paralelamente, lo que según Marcos pretendió Moisés con las
prescripciones sobre la purificación del leproso fue dejar
una prueba incriminarte contra el pueblo y la institución
judía (6).

La Ley aquella, que ponía costosas condiciones para salir de
la marginación, reflejaba solamente el egoísmo y la dureza
de la sociedad judía, que temía y apartaba de sí al leproso.
Era la prueba perenne contra una sociedad que no ayudaba al
marginado ni se interesaba por él; demuestra que el pueblo,
sin compasión ni amor al hombre, no conocía a su Dios. La
institución y sociedad judías eran así inaceptables para
Dios (7).
En resumen: El leproso es el tipo del marginado que acepta
su marginación, considerándola justa y querida por Dios. La
lepra/marginación estaba causada por el sistema, pero era
real, porque el individuo la creía justa. Por eso no bastaba
una liberación exterior y de hecho ni arreglar su situación
dentro del sistema, que podría marginarlo de nuevo; tiene
que comprender que el sistema es injusto e independizarse de
él, liberarse interiormente negando toda credibilidad a la
institución judía y a la Ley marginadora. Si no llega a
considerar injusta su antigua marginación, tendrá que
aprobar la marginación de otros.
Notas
(1) Que era la sinagoga, regida por los
fariseos, la causante de la marginación, aparece en los
episodios de la mujer con flujos y la hija de Jairo
(5,21‑6,la). Los doce años de edad (5,42) . de la niña (hija
del jefe de sinagoga y figura del pueblo sometido a la
institución religiosa) coinciden con los doce años de
impureza (5,25) de la mujer (figura de los marginados de
Israel): cuando se funda la sinagoga, Israel se divide entre
observantes y marginados.
(2) La impureza legal sólo podía ser
eliminada por un sacerdote en el templo mediante ritos
especiales y a partir del octavo día de la curación (Lv 14,
10ss). El sacerdote ejercía como médico, examinando el
cuerpo del enfermo para ver si quedaban rastros de lepra, y
antes de expedir el certificado de curación debía ofrecer
ciertos sacrificios por el individuo curado. Con el afán de
obtener con mayor seguridad la reconciliación con Dios, los
maestros de la Ley habían complicado enormemente estos
ritos.
(3) Para las dudas existentes en el judaísmo
sobre el origen divino de muchos preceptos de la Ley Jesús
emplea la Escritura, pero más para ilustrar su pensamiento (Mc
4,10; 7,6) o para plantear un problema (12,36) que para
probar sus afirmaciones.
(4) Otro caso de infidelidad de Moisés al
designio de Dios, cediendo a la dureza del pueblo, aparece
en Mc 10 4‑9 a propósito del repudio.
(5) Jesús, que ha violado voluntariamente
lo prescrito, no puede enviar al hombre al sacerdote porque
reconozca la necesidad de una purificación religiosa.
Tampoco él mismo, que legalmente ha quedado impuro por haber
tocado al leproso, se someterá a ningún rito de
purificación. Por otra parte, el secreto que impone al
hombre demuestra que Jesús tampoco lo envía para hacer
constar su respeto por la Ley ni para desafiar de alguna
manera a las autoridades centrales.
(6) En realidad, Mc invierte el sentido del
pasaje del Deuteronomio. Moisés dejó el código de la Ley
como prueba y reproche del no cumplimiento. Mc, en cambio,
ve la prueba contra Israel en el cumplimiento de ese
precepto.
(7) Esto los mantiene alejados de Dios y
equivale, por tanto, a un estado de impureza. De hecho, la
institución judía provoca en su seno la impureza del poseído
(1,23 Lect.), impureza que no desaparece con ritos. La
sociedad judía es rechazada por Dios (impura) a causa de su
exclusivismo, que manifiesta su falta de misericordia.
Aparece el engaño de Israel: el pueblo que se cree puro y se
mantiene separado de los demás, a los que desprecia como
impuros, se constituye él mismo impuro por esa separación.
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