Volver

43‑44 Le regañó y lo sacó fuera en seguida diciéndole: «;Mira, no le digas nada a nadie! En cambio, ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos».

 

  

El convencimiento personal

 Gracias a la acción de Jesús, el individuo se sabe aceptado por Dios ahora. Pero, como le habían enseñado en la sinagoga, sigue creyendo que antes Dios lo rechazaba, y esta concepción de Dios es intolerable para Jesús. Por eso «le regaña». El antes leproso tiene que abandonar la idea de que Dios excluye de su amor a algún hombre, cualquiera que sea su condición. El rechazo por parte de Dios no ha existido nunca.

El causante de su marginación no ha sido Dios, sino la institución religiosa, que, además, le ha impedido conocer a Dios, proponiéndole

una doctrina falsa sobre él (1). Tiene que convencerse de que ni la doctrina ni la praxis de la institución proceden de Dios o reflejan su ser, sino que se oponen a él.

Es decir, no le basta haber sido liberado de la marginación por obra de Jesús, tiene que liberarse él mismo de la creencia en la institución que injustamente lo marginaba. De lo contrario, estará siempre a merced de ella, que podrá marginarlo nuevamente. En Jesús ya ha conocido el rostro y el amor de Dios, ahora tiene que compararlo con la práctica de la institución y ver el Dios que refleja ésta.

De ahí la frase: «lo sacó fuera en seguida» (nota fil.), que, combinada con «cuando salió» (v. 45), parece indicar que el individuo se encontraba en un lugar o local determinado. Habría que pensar en una sinagoga, único local mencionado antes (v. 39). Sin embargo, la imprecisión de Mc impide aplicarlo a una sinagoga concreta, señala más bien la sinagoga como institución. A este hombre, figura representativa de todos los marginados, Jesús lo saca de su sumisión al sistema religioso. Este lo marginaba enseñándole, en nombre de Dios, la doctrina de lo puro y lo impuro; pero esta doctrina es falsa, Dios no es así.

Para hacerlo salir, Jesús va a hacerle ver un contraste. Ante todo, le ordena que guarde silencio. Antes de hablar tiene que tomar plena conciencia de la total oposición que existe entre el proceder de Dios y el de la institución religiosa. Al percibirla, tendrá que concluir que ésta no representa a Dios ni habla en su nombre, y se emancipará de ella para siempre. Por eso debe comparar la aceptación gratuita de Dios que ha experimentado en Jesús con los penosos ritos de aceptación que impone el sistema religioso. Para ello, debe ir a presentarse al sacerdote, representante y mediador de Dios según la religión judía, quien lo sometería a un minucioso examen y ofrecería los sacrificios(2).

El AT atribuía a Dios las interminables prescripciones sobre la integración de un leproso curado, mostrando un Dios meticuloso, exigente y difícil de contentar. Jesús pone en entredicho esa atribución: las prescripciones no son de Dios, sino de Moisés (3). Para Jesús, toda la legislación sobre lo puro y lo impuro son preceptos humanos, no divinos. No es Dios el autor de la discriminación ni se puede marginar a nadie en su nombre. Al promulgar estas prescripciones Moisés no reflejó la voluntad de Dios, sino que cedió a la dureza del pueblo y denunció su falta de misericordia (4).

El origen humano, no divino, de la marginación se confirma con la expresión «como prueba contra ellos», inspirada en Dt 31,26: «Tomad el libro de esta Ley y colocadlo ... estará allí como prueba/testigo contra ti», es decir, contra el pueblo, por su infidelidad a Dios (5).

Paralelamente, lo que según Marcos pretendió Moisés con las prescripciones sobre la purificación del leproso fue dejar una prueba incriminarte contra el pueblo y la institución judía (6).

La Ley aquella, que ponía costosas condiciones para salir de la marginación, reflejaba solamente el egoísmo y la dureza de la sociedad judía, que temía y apartaba de sí al leproso. Era la prueba perenne contra una sociedad que no ayudaba al marginado ni se interesaba por él; demuestra que el pueblo, sin compasión ni amor al hombre, no conocía a su Dios. La institución y sociedad judías eran así inaceptables para Dios (7).

En resumen: El leproso es el tipo del marginado que acepta su marginación, considerándola justa y querida por Dios. La lepra/marginación estaba causada por el sistema, pero era real, porque el individuo la creía justa. Por eso no bastaba una liberación exterior y de hecho ni arreglar su situación dentro del sistema, que podría marginarlo de nuevo; tiene que comprender que el sistema es injusto e independizarse de él, liberarse interiormente negando toda credibilidad a la institución judía y a la Ley marginadora. Si no llega a considerar injusta su antigua marginación, tendrá que aprobar la marginación de otros.

 

Notas

(1) Que era la sinagoga, regida por los fariseos, la causante de la marginación, aparece en los episodios de la mujer con flujos y la hija de Jairo (5,21‑6,la). Los doce años de edad (5,42) . de la niña (hija del jefe de sinagoga y figura del pueblo sometido a la institución religiosa) coinciden con los doce años de impureza (5,25) de la mujer (figura de los marginados de Israel): cuando se funda la sinagoga, Israel se divide entre observantes y marginados.

(2) La impureza legal sólo podía ser eliminada por un sacerdote en el templo mediante ritos especiales y a partir del octavo día de la curación (Lv 14, 10ss). El sacerdote ejercía como médico, examinando el cuerpo del enfermo para ver si quedaban rastros de lepra, y antes de expedir el certificado de curación debía ofrecer ciertos sacrificios por el individuo curado. Con el afán de obtener con mayor seguridad la reconciliación con Dios, los maestros de la Ley habían complicado enormemente estos ritos.

(3) Para las dudas existentes en el judaísmo sobre el origen divino de muchos preceptos de la Ley  Jesús emplea la Escritura, pero más para ilustrar su pensamiento (Mc 4,10; 7,6) o para plantear un problema (12,36) que para probar sus afirmaciones.

(4) Otro caso de infidelidad de Moisés al designio de Dios, cediendo a la dureza del pueblo, aparece en Mc 10 4‑9 a propósito del repudio.

  (5) Jesús, que ha violado voluntariamente lo prescrito, no puede enviar al hombre al sacerdote porque reconozca la necesidad de una purificación religiosa. Tampoco él mismo, que legalmente ha quedado impuro por haber tocado al leproso, se someterá a ningún rito de purificación. Por otra parte, el secreto que impone al hombre demuestra que Jesús tampoco lo envía para hacer constar su respeto por la Ley ni para desafiar de alguna manera a las autoridades centrales.

 (6) En realidad, Mc invierte el sentido del pasaje del Deuteronomio. Moisés dejó el código de la Ley como prueba y reproche del no cumplimiento. Mc, en cambio, ve la prueba contra Israel en el cumplimiento de ese precepto.

(7) Esto los mantiene alejados de Dios y equivale, por tanto, a un estado de impureza. De hecho, la institución judía provoca en su seno la impureza del poseído (1,23 Lect.), impureza que no desaparece con ritos. La sociedad judía es rechazada por Dios (impura) a causa de su exclusivismo, que manifiesta su falta de misericordia. Aparece el engaño de Israel: el pueblo que se cree puro y se mantiene separado de los demás, a los que desprecia como impuros, se constituye él mismo impuro por esa separación.