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Descanso en la huida a Egipto (Gerard David)
EL SERENO DESCANSO
En este descanso durante el trayecto hacia Egipto, obligatorio para Jesús, María y José, y que ha sido inspiración de no pocos pintores, lo que más llama la atención es el temple de José, al fondo, careando, pero casi sin fuerzas, para que caiga del árbol alguna fruta. La Virgen con el niño, en primer plano, está cansada, de eso no queda duda. Cansada y con sueño. Apenas si para sostener al niño, pero una madre siempre permanece alerta, sobre todo en momentos así. El niño tiene hambre, sin duda. A otro pintor se le hubiese ocurrido lo natural: amamantarlo. Existe gran cantidad de pintores que también han elegido ese recurso. Pero Gerard David, este holandés a quien le fascinó la pintura religiosa serena, templada, ha optado por el contexto: María va despegando los ramos del racimo para que la criatura no se los lleve todos a la boca, de una vez, o no los despachurre entre los dedos. Lavar la ropita, a estas alturas del camino, puede ser, para eso discurre un riachuelo al fondo, pero las fuerzas no dan para mucho.
Si de comida se trata, también es evidente que escasea. En la cesta, cerrada, a los pies, no puede haber mucho. Y son tres. De ahí que José haya tenido ya que adentrarse en un viñedo y cortar el primer racimo. Si es suficiente, para qué más; pero si no, habrá que retornar a la cepa. Lo que sí es claro es que se necesita más, y ahí está el hombre vareando, para ver qué fruta cae, sin lograr identificar nosotros de qué manjar se trata. Pareciera árbol de frutas secas, lo que no estaría de más, pues el camino todavía se prolonga y quién sabe en qué nuevo trecho la naturaleza ofrecerá los frutos.
El cansancio tiene aplomado al burrito, ni siquiera con ganas de pastar. Es el animal el que lleva el peso del trayecto, pues aunque José lo acompañe en los pasos, María y el niño tendrán que recurrir a su montura.
Se trata, evidentemente, de una escena muy cansada, hasta por el color. Tan cansado que ni la brisa pareciera haber, o muy tenue, imperceptible y silenciosa; tampoco pájaros celestiales, como ocurre con otros pintores, acuden para alegrar. Ni ángeles, que siempre acompañan a estos transeúntes aliviándole el trecho, han acertado con este recodo. O será porque José, introduciéndose en el viñedo, y ahora azotando con un palo las ramas frutales, ha conseguido espantarlos. Todo cabe en la imaginación de los pintores, y en las interpretaciones de quienes los leemos con la mirada.
Yo leo en este cuadro de Gerard David, holandés ((1460-1523), mucho cansancio sereno, incluso en el porte de José, que es el más activo. El burrito debería estar alimentándose, pues no sabe lo que le espera todavía antes de llegar a destino, pero prefiere ajustarse en sus cuatro patas para darse un respiro. Es como si el pintor quisiera decirnos: no despachen este transitar hasta la llegada a Egipto diciendo que la culpa la tuvo herodes, y menos que el camino es llano porque ha facilitado la huida. Para que nos percatemos de los riesgos de todos los viandantes que se siente obligados a huir, aunque sea en pateras o aunque tengan que sortear muros. Que a la emigración no se va por un camino de rosas.
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