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San Francisco en éxtasis (Bellini)

EL ÉXTASIS

Bellini condujo de la mano hasta donde San Francisco de Asís tuvo su éxtasis. Los éxtasis de los santos, me confesó el pintor, son más naturales que sobrenaturales; quiero decir, más asunto de los sentidos corporales que la metafórica espiritualidad del corazón, cuando pensábamos científicamente que el corazón no era más que refugio de sentimientos. Ahora sabemos que el corazón es un músculo, y eso resulta poco poético, pues con una poquito de ejercicio pareciera todo resuelto. Pero como la ciencia avanza, el saber de entonces no es el de ahora, aunque el corazón continúe prodigándonos, a la par, sustos y emociones.
A Francisco de Asís la literatura piadosa nos lo ha retratado más como santo con corazón que como hombre con músculos, y sospecho que en esta distinción reside la santidad, al menos la tradicional.
Digo que Bellini me condujo al lugar del éxtasis de este Francisco joven, con muy poca indumentaria en su haber, y con una cueva prefabricada como habitación. Ha salido a la puerta y ha extendido los brazos en procura de abrazar lo que su vista alzada le alcanza. Y lo que alcanza bien puede ser un amanecer, un atardecer, o quizá, el gorjeo de unas aves escondidas en ese árbol silvestre, o una brisa primaveral que presagia un día confortable. Ese es el éxtasis de san Francisco, un joven que se ha apartado a las afueras del pueblo, desde done se perfila el castillo, la torre de la iglesia, quizá un convento de monjas por el fundado o que ya tiene en mente y, sin duda, el ir y venir de los campesinos a sus, o de sus, labranzas.
¿En qué más puede haberse extasiado Francisco, si todo lo que tiene, a la vista está: una calavera para pensar en la muerte, tan joven todavía él; un libro, sin duda los Evangelios, para qué otro, descansando en un atril de tosca, tosquísima, confección, y una parra desde la que colgarán racimos cuando maduren las uvas y que terminarán sirviendo de sombra para su cabaña y de descanso y comida para los pájaros.
Me gusta este éxtasis que nosotros no vemos, pero él si. Aunque los moradores del castillo, desde sus almenas, puedan alcanzar las mismas visiones de Francisco, de seguro que no dan con ellas, entre otras cosas porque los ojos no se abren de la misma manera, ni los brazos se extienden por igual para el mismo abrazo. Así es que no es cierto que, para ver, con mirar basta, sí lo es para extasiarse, porque, a la postre, sigue siendo correcto do del poeta: todo depende del color del cristal con que se mira. Francisco, para extasiarse, abre los brazos. Eso me dijo el pintor.