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La rebelión de los ángeles
(Brueghel)
LA REBELIÓN
Un día se rebelaron los ángeles y allí estaba Pieter Brueghel para pintarlo. Fue la primera batalla campal de la que se tiene memoria, aunque nadie, nunca, la haya visto. Por eso Brueghel se disfrazó de pintor, a falta de otros corresponsales, para que quedara constancia.
El pincel de Pieter Brueghel aún no tenía constancia del devenir de las guerras, ni siquiera tenía constancia de cómo los humanos podrían inventarlas, por eso acuñó esos rasgos de delirio violenta celestial, de esa lucha encarnizada entre los dos poderes, pues no hay guerra sin dos poderes que intenta cada uno hacerse con todo el poder.
Se escondió el pintor en el torbellino de una nube para visualizar la contienda, y vio ángeles relampagueantes cruzando, espada en mano, lanza en ristre, todo el espacio celestial concebido para la contienda, que era todo el espacio disponible. En esa batalla no cabían acomodos, no cabían concesiones, nada de tanto para ti, tanto para mí. Quien perdiera debería despejar el lugar para que el cielo quedara libre de toda tentación y de todo tentador.
Dios permitió a sus ángeles, que todos eran suyos, a que se midieran en lid. Habían conversado ya las dos facciones celestiales cómo una podía quitarle a la otra los privilegios que tenían en esa eternidad a la que eran acreedores. Un ejército se proclamó como los hijos de la luz, no en balde el creador había bautizado a su líder como Luzbel. Los otros, capitaneados por Miguel, que era del mismo rango, se decidieron a despojar a los facinerosos, luminosos y creídos arcángeles del puesto que gozaban. Y, sin más, llegaron a las manos.
El cielo se cubrió de ángeles raudos surcando el espacio a la velocidad que sus alas inmateriales les permitían, que era toda la velocidad. Solamente la luz con la que se vestían unos era el indicativo que distinguía a las dos facciones. Se enfrascaron tanto en la contienda que todo se volvió en un revoltijo de ángeles descuartizándose unos a otros. Eso sí, sin sangre. Se trataba de una violencia celestial y anónima. Parece que las guerras sangrientas vinieron después, cuando los humanos se enteraron de que las guerras eran posibles, pues ya antes de su creación, hubo guerra. La sangre derramada, que es tanto como decir la muerte, es invento posterior, pues los ángeles son inmortales y carecen de cuerpo sobre el que pueda hacer mella una espada. Si acaso una espada de fuego, un armamento de rayos láser que no deja huella, pero que tampoco aniquila. También estos inventos son humanos.
Y al final, perdieron los hijos de la luz. Y al final Miguel se convirtió en el abanderado de Dios, que de eso era de lo que se trataba.
Brueghel estuvo allí y nos dejó constancia pictórica del momento, aunque todavía no estamos muy claros. Y es que eso de pintar como humanos a los que son intocables por derecho divino nunca queda claro. Lo cierto es que ya desde el principio hubo una guerra, posiblemente simbólica, una contienda entre el bien y el mal, que es lo que ha perdurado. Hubo una guerra preanunciadora de todas las guerras, antes de que el hombre se empeñara en ella. Pero el hombre, que es imitador en estas lides de las batallas, tomaron buena nota gracias al pincel de Brueghel, y en eso todavía andamos.
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