<bgsound src="jesusyjuan.mp3" loop="0">

Jesús y Juan Bautista (Alonso Cano)

LOS PRIMOS


Juegan los dos primos por las afueras del pueblo, igual que yo con José, mi primo, cuando teníamos esas edades y hasta más. Íbamos al regato y nos desnudábamos, tal cual, aprendiendo a cazar cangrejos o simplemente a mojarnos el calor. Luego nos adentrábamos en los prados, florecidos si era primavera, corriendo tras las mariposas para nunca alcanzarlas, hasta que mi abuelo nos ideó un caza mariposas pero con el propósito de que no las matáramos. Decía mi abuelo que las mariposas son de muy corta duración y que, por lo mismo, era mejor dejarlas a su aire, con todos sus colores deslumbrantes, yendo de flor en flor, que era su sino. Algunas veces cortábamos flores silvestres que apenas si duraban hasta llegar a casa: mi primo para su madre, mi tía Águeda; yo, para la mía, Candelas. Y, aunque nos daban un beso también un regaño: dejen a las flores en los ribazos, que éstas son de poca duración.
Y nos adentrábamos más, hasta donde los pinos, que no eran muchos los que había por allí, pero sí hasta donde los robles, que había en abundancia. Eran los árboles nuestros preferidos no solamente para descubrir los nidos sino también para apostar cual de los dos subía más alto.
Algunos secretos guardábamos, creo yo; secretos ya olvidados, lo que indica que no eran tales: posiblemente ese no se lo digas a mi padre, posiblemente ese primer beso a la distancia a la muchacha que ya nos iba despertando, posiblemente algún escondite para guardar vaya uno la saber qué.
Andábamos a esas edades a campo abierto, como Juan y Jesús, primos, descubriendo la naturaleza y posiblemente, aunque sin saberlo, descubriéndonos a nosotros mismos. También teníamos en nuestro haber corderillos, pues abuelo Eduardo era pastor y de vez en cuando nos dejaba atusarlos y hasta bautizarlos. Y cayadas también teníamos. Cayados a nuestra altura, decoradas por Ramiro, hermano de José, primo mío, mayor que nosotros, el cual de vez en cuando nos señalaba algunos caminos. Ramiro nos enseñó a decorar los cayados. Muy sencillo: le quitaba la cáscara verde con una navaja, pulíamos el palo lo mejor que podíamos y luego comenzábamos a enrollar la cáscara al palo, según las distancias y las curvas que queríamos, para luego, a la lumbre, chamuscarla. Desprendida la cáscara verde, y semi quemado el palo, aparecía el milagro del dibujo en el cayado. Y ya ven, no se me ha olvidado.
Como Juan y Jesús hacíamos trastadas, la mayor parte guardadas todavía en la memoria, y de las que a veces nos confesábamos, otras no, según presintiéramos el regaño de don Leopoldo, cura párroco y regañón. Tal cual Juan y Jesús, primos, pintados por Alonso Cano, igual que si fuéramos José y yo, igual que si fuera el pintor con su primo, o con su amigo, igual que si fuera mi pueblo, igual que si fuera el suyo.
Concluyo que a esas edades todos somos lo mismo y no cabe en uno más que la libertad del campo abierto, la compañía del primo, los primeros pecados todavía sin fundamento, y las primeras gracias de la edad. Por eso me gusta este cuadro de Cano, porque ha salido no de las escrituras santas sino del santo recuerdo personal de la niñez, de esa niñez que sigue viva siempre y que se acentúa cada vez más a medida que uno va ganando en años.
Y me imagino, claro que sí, lo que pensaría Juan de su primo cuando cumplió la edad que todos sabemos, y comprendo la bofetada de palabra que Jesús envió a Herodes cuando le anunciaron que había decapitado a Juan, su primo. Lo que dijo Jesús aquel día muy posiblemente estuvo inspirado en el recuerdo de estos primeros pasos de la niñez que tan bien ha sabido pintarnos Alonso Cano.