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Las bodas de Caná (El
Bosco)
LA BODA
Las bodas de Cana, según el pincel de El Bosco, son unas bodas tristes. Toda la pintura religiosa de El Bosco es triste, pues él tenía una concepción triste de la religión. La religión de la época de El Bosco era la religión que el no quería que fuera. Es decir, la religión se desarrollaba, crecía y fructificaba en un contexto de pecado, en un paraíso terrenal definitivamente perdido, en un valle de lágrimas donde los feligreses se esforzaban, pecando, que las lágrimas no fueran eternas. Y, sin querer los feligreses, según el pincel de El Bosco, se convertían en eternas. De ahí un jardín de las delicias triste, en el que deambula la desnudez humana tristemente, degradadamente, sin ese halo de inocencia que toda desnudez, incluida la original, exhibe. Pues no, la religión de la época de El Bosco, tal como su pincel la recoge, era apocalíptica, era definitoria de las penas del infierno.
No se aprecia ni una sola sonrisa en este episodio que, por definición, debería ser eminentemente de alegría. El Bosque ha pintado una boda sacramental con el más riguroso silencio, con el recogimiento más acorde con la presencia de la divinidad, a la que no le apetecen las desviaciones humanas. Están sentados a la mesa, pero más bien parece una mesa de última cena mas que de inauguración de la nueva vida. Han sido apartadas de esta boda todas las manifestaciones de jolgorio, pues muy posiblemente el jolgorio pueda devenir en pecado, y eso no esta bien a los ojos de nuestro Señor, que es quien preside la ceremonia.
No se sabe para que ese milagro de convertir agua en vino. Ya se sabe a dónde conduce la bebida. Algunos comensales, al oído, parecieran criticar esta ocurrencia de Jesús para el milagro. Que nadie se alborote. Que no cunda el descalabro.
El Bosque ha pintado figuras estáticas, recogidas. Está la mesa servida, es verdad, pero nadie se atreve a alcanzar las viandas, pues el pecado de la gula también es signo en estas celebraciones.
Una criada, con desgana, llena la cantara. No muchas. Tampoco son muchos los comensales, al menos éstos que se refugian en una habitación interior, quizá para no ser participes de la posible algarabía del exterior. Los comensales parecieran monjes o monjas en sus refectorios, más que invitados a una celebración de alegría. Quién sabe por donde anda la pareja, quién sabe que chistes se susurran al oído los comensales, quién sabe si esta boda no terminará conduciendo por el camino que lleva al paraíso.
O quizá se encuentran en ese momento de expectativa. ¿Logrará el predicador de galilea cumplir lo que ha prometido? ¿tendrá suficiente poder para hacer que el agua se confunda con el vino? ¿Habrá o no habrá milagro? Pues no lo sabemos, porque el pincel de El Bosco se empeña en que no lo sepamos. Es preferible que conservemos leste momento de ágape sacramental, esta comida sin palabras, esta tristeza religiosa ante el acontecimiento.
No son estos temas para el pincel de El Greco. La alegría está excluida de su devoción y del colorido de sus pinceles.
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