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El Infierno (El
Bosco)
EL INFIERNO
Para tétrico, el pincel de El Bosco. También para apocalíptico. El Bosco siempre fue en pos de un mundo de condenados, de un mundo abocado al averno, de un mundo camino de la perdición definitiva. Para Jerónimo, El Bosco, el mundo, nuestro mundo, no era un jardín de delicias sino un jardín marchito, tenebroso, donde la mala hierba ahogó a la buena. Siempre, hasta en los muladares, han surgido colores a los que nadie ha podido ahogar, pero el muladar continúa siendo lo que es, el lugar que no se puede soportar. En el jardín de las delicias divinas se apostaron las delicias humanas y surgió el fruto sembrado. Todos los pecados capitales florecen en ese jardín, todos están servidos en la misma mesa, y todos, o la casi totalidad, en ellos se afanan. Así es que no queda otra alternativa que la condena definitiva. El Pincel de El Bosco ha elegido los colores de los tormentos para dar cuenta del reposo que le espera a los malos.
Ahí está su infierno. Esos instrumentos musicales que sirvieron para músicas mundanas sirven ahora para estruendos infernales. Esos cuerpos que tanto danzaron al ritmo del escalofrío caliente, ahí yacen, postrados, enclenques, escapándose de sí mismo, intentando huir de lo que ya no pueden. Han sido definitivamente condenados y esa sentencia es inapelable.
Ahí están los alambiques que ya no pueden filtrar más que el mal, ahí las puertas abiertas del horno esperando los cuerpos, no para ser devorados por las llamas, sino para ser sustento de ellas eternamente. Ahí todo revuelto, lo que pudo tener otro destino y ya no, lo que pudo ser ángel y se convirtió en demonio, lo que quiso ser alegría y ahora es llanto y crujir eterno de dientes.
No hay infierno más infernal que el pintado por Jerónimo, el Bosco, el pintor de una religiosidad acorde con los novísimos, el pintor del fracaso humano por culpa del pecado, el pintor de una resurrección a la que la mayoría no se adhirieron. Ahí está el pincel catastrófico, ten color y contenido, de El Bosco, que cuando se afana en los afanes mundanos, pinta carros de heno avariciosos, glotones a punto de explotar, desnudecess agotadas por tanto trajín y ajetreo. Ahí el pincel de El Bosco abriendo las puertas a todos los que no se amoldaron a las reglas del juego divino en su tránsito por este mundo que quiso ser jardín de las delicias divinas pero que los humanos lo convirtieron e jardín para las delicias mundanas. Ahí el infierno. Ahí El Bosco.palco
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