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El Cielo (El
Bosco)
EL PARAÍSO
No es el cielo, claro que no. El Bosco, su pincel, su temperamento, su modo de interpretar la fe, no es proclive al cielo. No es que de él se desentienda, que eso no, pero tampoco lo entiende como el resto de los pintores. Siempre he creído que el pincel de El Bosco, a fuer de realista en algunos temas, es tremendamente, tremendistamente surrealista en otros. En el aspecto religioso el Bosco se va por el surrealismo temático, apoyándose en su pincel de surrealismo religioso de la Edad Media catastrófica en asuntos de fe y creencias.
En este tríptico de El jardín de las Delicias, el Bosque se atrevió con el Infierno, como colofón del quehacer humano, pero no se atrevió con el cielo, ni siquiera como inicio para transitar por este valle de lágrimas. Se ha inclinado a comenzar en el paraíso, que aunque era un lugar donde todavía no se había instalado el pecado humano, fue también el lugar donde nació. De ahí que el recorrido de las personas, ya desde el principio, sea el afán por liberarse de ese pecado, o la persistencia para permanecer en él.
El Creador, un Dios poco decidido, hace entrega a Adán, que no sabe a cuento de qué viene esa decisión, de la compañera. Son dos desnudeces originales que todavía se desconocen como tales. Pero ya en la decisión del creador se una especie de desconfiando, un preguntarse a sí mismo si será pertinente la entrega que le está ofreciendo a Adán, si su inclinación hacia la mujer no es ya de reprimenda: mira en manos de quién te dejo, ten cuidado, pues no es de fiar.
Era un jardín, si se quiere, con cierto alboroto animal. Ahí andan, amontonados, los primeros vivientes en estado salvaje, que no es un estado agresivo sino el estado de una libertad natural que todavía no ha sido tentada para ser realmente libertad natural. Ahí está el contexto de ese jardín, que ha sido ideado como un jardín para el sosiego pero que ya en él está sembrada la simiente del desasosiego. Ahí el creador poniendo punto final a su creación, entregando a la pareja humana la desnudez original que les pertenece para que no se salgan de esa naturalidad. Una vez que el Creador consiga que Adán y Eva se den la mano, los dejará a su aire, se desentenderá del jardín y esperará, espiando, el momento del tropiezo para expulsar a la pareja de ese Edén
prefabricado para poco tiempo e introducirlos en el panel central de su tríptico, que es donde deambularan a su capricho, llevando ya encima las consecuencias del pecado, y en camino hacia un infierno real y definitivo.
No, El Bosco no se ha atrevido con el cielo, pues en este cielo original solamente hay lugar, por ahora, para los ángeles, los cuales entablarán la primera batalla para que haya perdedores y éstos comiencen a sembrar en los surcos del jardín las simientes del mal. De una de ellas nacerá un árbol, y de ese árbol madurará una manzana, y con esa manzana comenzarán el jardín a apartarse de la mano de Dios para ser guiado por las necesidades de los pecadores. Por eso digo que El Bosco no ha pintado el Cielo sino solamente el proyecto de lo que el cielo natural hubiese sido si Adán y Eva no se hubieran dado cuenta de que estaban desnudos.
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