<bgsound src="magdalena.mp3" loop="0">

La Magdalena en oración (El Greco)

MARIA, LA DEL PERFUME

María, la de Magdala, perfumó, durante una comida, los pies de Jesús; desde entonces no se ha desprendido del frasco de perfume, aunque vacío. Dicen que el frasco ya nada contiene, pues derrochó en aquel acto todo el perfume, con lo que costaba, y con la cantidad de pobres que hubiesen salido beneficiados llenándoles las manos de limosnas con el precio del ungüento: así la acusaron los presentes. No importa. María hizo lo que su corazón le ordenó, aunque el resto no entendiera las razones del corazón. El Greco sí las ha entendido, y ha pintado varias veces a la misma Magdalena con su frasco vacío, pero siempre al lado.
No sé a quién eligió el Greco como modelo para pintar este rostro pero, sin duda, se trata de una magdalena, quiero decir, de una mujer enamorada. La Magdalena de El Greco es luz, de los pies a la cabeza. Esta mujer se ha convertido en esa mirada a punto de volver a toparse con aquel a quien un día enjugó los pies. Esta es una mujer que jamás se encontrará sola, pues ha huido del mundanal ruido para que nadie le desvíe la mirada del hombre que se fue, pero que ella conserva, como perfume eterno, dentro del frasco vacío. Nunca un frasco vacío ha estado tan lleno como éste de la Magdalena, pintado por El Greco, y del que no se desprende.
Puede que pensemos que el pintor ha sacado a María de la ciudad para convertirla en ermitaña, a solas únicamente con la muerte, el recuerdo y la resignación. Pero yo pienso que no. Y lo sostengo por la mirada: esa mirada que alcanza hasta donde los demás no llegamos, ni siquiera el pincel del pintor.
He sostenido que El Greco no sabe pintar cuerpos, solamente alcanza a los espíritus. Pero en este caso de María, la de Magdala, tengo que admitir que el espíritu se ha convertido en cuerpo de mujer perfumada, en donde la luz nos habla no de su alejamiento sino de su cercanía pura e inmaculada. A pesar de la calavera al lado, este cuadro huele a perfume sagrado, a perfume de mujer enamorada, a perfume de campo y cielo azulado, a perfume espiritual de pincel de El Greco.
No hace falta adivinar en qué piensa María: la mirada lo proclama. Dice, y bien claro: estoy esperando a que me digas, ven, y voy. Y tiene toda la vida por delante para esperar, pues está convencida de que, en cualquier momento, Jesús la llama. Y se presentará ante Él con el frasco vacío porque, en una velada, tuvo la desfachatez, ante el asombro de los escandalizados curiosos, incluidos los discípulos, de derrochar todo el contenido entre los pies del profeta. Por eso este cuadro huele a perfume sagrado.