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La expulsión de los marcaderes (El Greco) 

LOS LATIGAZOS DEL PINCEL

¿Qué es lo que ocurría en el templo de Jerusalén para que El Greco inyectara violencia a su pincel? ¿O qué fue lo que sacó de quicio a Jesús de Nazaret para que abandonara la palabra, que era su instrumento de convencimiento para todos los que tuvieran a bien arrepentirse, y la cambiara por un látigo de cuero? ¿Qué fue lo que inspiró a aquel profeta que predicaba la tolerancia, para sustituirla, en este caso concreto, por la agresividad?
Me asalta la sospecha de que el pintor, cuando leyó los Evangelios para alimentar s su pincel, escuchó mensajes que el resto no habíamos captado. Al fin y al cabo, lo que se hacía en el templo no aparentaba tan irregular: vender palomas, ovejas o carneros para honrar a Yahvé con el sacrificio estaba dentro de la ley. Es verdad que allí colocaban sus mesas los cambistas banqueros para estafar a los devotos. Pero, igualmente es cierto que todo estaba bajo el consentimiento legal, avalado por las autoridades religiosas, las cuales, evidentemente, y como siempre, necesitan de alguna entrada de divisas para que el culto ritual prospere. ¿Qué es, entonces, lo que le ha ocurrido a esta pareja de inspirados, el profeta y el pintor, para desatar, con la furia del latigazo del cuero o del latigazo del pincel, violencia semejante en lugar tan sagrado?
Me sorprende, además, la desnudez de los cuerpos femeninos, inventada para la ocasión por El Greco, cuando, sabemos, él no es pintor que suela plegarse a esos trucos para atraer las miradas. Si se sospechar se trata, sospecho que El Greco sospechó que el templo se había convertido en un lugar protegido para la corrupción a gran escala. De ahí la furia. Sospecho igualmente que El greco quiere alertar no solamente a la sociedad sino también a las autoridades, de aquella época y de las venideras, pues en todo tiempo se cuecen habas, de que la corrupción, del tipo que sea, amparándose en la fe, es un pecado imperdonable, y que la penitencia más acorde es el zurriagazo.
Ha desaparecido en este lienzo esa dualidad que tanto prodiga el pintor en su filosofía religiosa de la composición del lienzo: la del tránsito de lo terreno, de lo de aquí, a lo celestial, a lo de lo alto. Pareciera que en ese lugar de salvación eterna no tienen cabida estos corruptos de lo sagrado, este uso del templo para la comercialización de lo que sea. Y sigo con esa sospecha que me estremece: ¿por qué ha introducido El Greco el recurso al desnudo femenino, cuando difícilmente lo prodiga? ¿Será para que no se enteren los ángeles, los cuales siempre están en lo alto, dispuestos a tender las manos para que los humanos alcancen el último peldaño que los introduce en la salvación? palco