<bgsound src="sanroque.mp3" loop="0">

San Roque (Gerard David)

LA SUPLICA DESESPERADA

A San Roque le tengo devoción por dos razones: primera, porque a él dedicó, quien la construyera, la casa donde ahora vivo. Tengo una talla de madera del Santo, anónima, regalo de ese otro protector llamado Juan Morera, con el perrito al lado; San Roque apoyando su genuflexión en el cayado de caminante, calabaza incluida. La segunda razón es por ser también el patrono de Villarino de los Aires, pueblo salmantino en el que no nací, pero del que me considero hijo, pues me pertenece, ya que en él hicieron la vida, o buena parte de ella, mis padres, mis sobrinos y mi hermana pequeña. Razones suficientes para que, cuando me topo con pintores que se han ocupado de este santo, tenga que prestarles la atención debida. Y a fe que son muchísimos, pues San Roque es uno de esos santos de caminos, a los que se les considera intercesores fiables.
En este recorrido por el camino sagrado de la pintura me ha salido al paso Gerard David, un holandés gótico, que transitó su arte en mitad del siglo XV y en mitad del XVI. Su pincel se dedicó casi exclusivamente a la pintura religiosa, ubicando las escenas dentro de un entorno holandés y paisajista fiable, y proporcionando a los rostros de los protagonistas una espiritual serenidad y una dulzura inocentemente humana, lo que cuadra perfectamente con la identidad de este San Roque que solamente vivió para tender la mano.
De San Roque se pueden inventar todas las historias que se quiera, pues todas le cuadran. La que inventó el pincel de David se ubica en el contexto del tiempo, que era un contexto de peste y de muerte de infectados por caminos y plazas, siempre acompañado de su inseparable perrito que fue, según cuenta la piadosa leyenda, quien, con su lengua, lamiéndole las llagas de la peste que también le llegó, realizó el milagro de la curación.
Lo que me gusta de este cuadro del holandés es el dramatismo sereno de la súplica. Roque, ya no tiene a quien acudir más que a la Virgen para liberar al entorno de esa peste que destroza a las personas. Me ha explicado David que la Virgen no pide a la Virgen, le suplica, serenamente, con mucho respeto, pero prácticamente le exige. Y me gusta porque, el Niño, en brazos de la Señora, hace otro tanto: pareciera intentar convencer a la Madre de que le conceda lo que este buen hombre le pide. Es por lo tanto, una oración desesperada, de vida o muerte. La Virgen no tiene más que agachar la mirada hasta el argumento que el pincel de Gerard David, por mandato de San Roque, le muestra: esas personas al borde de la extenuación, esas personas que no solamente necesitan un poco la humedad del paño mojado en agua para disminuir la fiebre, sino la fiebre definitiva.
San Roque, el milagrero, el que ha repartido su herencia, el que ha albergado a los apestados, no hace milagros: los pide. Y lo curioso, en este cuadro de David, no es que la Virgen le pida al niño que ponga atención a la súplica, para que el milagro se produzca, sino que es el niño el que acaricia el semblante de la Madre para que la peste se vaya. A esto suelen identificarlo como devoción Mariana.