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La Virgen del pajarito (Murillo)
LA SAGRADA FAMILIA DEL PAJARITO
Tenía que ser Murillo, mi pintor. Estos detalles solamente se le ocurren a un pintor con alma de niño, como Murillo. Se fue al pueblo de su infancia, que era la Sevilla de entonces, que daba para estas estampas, y se metió en una casa cualquiera. Miró y dijo: ¡aquí está!: La Sagrada familia.
Pues sí, la sagrada familia: una familia incipiente, con un solo muchacho de un par de añitos, o menos. Una familia que tiene que comenzar a abrirse paso, pues la edad de los padres si acaso les da para una casita alquilada y mucho empeño en la pareja para salir adelante. Una familia con muy escasos enseres y, por la vestimenta, una familia en invierno, que ríe al calor del hogar las travesuras del muchachito, porque, qué padre y qué madre no consiguen la felicidad en las primeras travesuras de la criatura.
¿En qué casa no hay un perrito lanudo como ese, con idénticas ganas de jugar a las del muchachito, al que siempre le sigue los pasos? ¿Y en qué casa así no hay una jaula para que el padre, el tío o el abuelo traiga la cría y enseñe al niño a criarla? Estoy hablando de mí: de mi perrito, de la tórtola que me trajo mi tío Vicente, de la jaula que me hizo el otro tío, que era carpintero y se llamaba José, como ya ha quedado escrito. Estoy hablando de mi madre, que también hilaba, que también zurcía la ropa y que, de vez en cuando, cantaba. Estoy hablando de mi padre, que no se llamaba José, pero que lo era; y de cómo me enseñó a abrir el pico de las aves y a palparles el papo para sentir cómo se les llenaba de granos. Estoy hablando de una familia sagrada, la mía, la de usted, que puso todo su empeño en asegurarnos los primeros pasos; ya nos encargaremos luego, cuando transitemos los caminos fuera de la casa, de trastabillar.
Murillo es un pintor de ternuras familiares, de niños traviesos que juegan dentro de la casa o a la intemperie.
El perrito no quiere atrapar al pájaro, eso ni se le ocurre al pincel de Murillo, pero el niño, por si acaso, lo alza, lo aleja, lo protege y se ríe, igual que María e igual que José. Qué comentan los padres, me lo imagino. Fuera, puede que arrecie el frío y, acaso, hasta nueva; pero dentro bulle la caricia caldeada de un hogar en toda regla. Así es que no se trata solamente del pajarito protegido por la mano del niño sino del perrito de algodón que quiere seguir jugando.
Por eso, entre todas las Sagradas familias que se le han ocurrido a los pinceles, para mí, esta, porque fue la mío y porque lo sigue siendo. La sagrada familia de nuestra infancia y de nuestras travesuras. La sagrada familia que Murillo se encontró un día, en una casa cualquiera sevillana y campesina y de la que ha dejado constancia.
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