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No me toques (Rubens)
LA RESURRECCIÓN DE LA LUZ
Son tres Marías al estilo Rubens, aunque pintadas por Jordanes. No en vano Jordanes enseñó a su pincel bajo las instrucciones del pincel de Rubens, del que fue ayudante y discípulo. Las tres marías: la Magdalena, siempre enigmática, siempre postrada a los pies del maestro, siempre pendiente; la amiga, hermana de Lázaro, siempre extasiada en su palabra; y la de Cleofás, mujer de porte más oficial. Tres Marías, como si se tratara de las tres clases de mujeres que se asentaban en la sociedad. La clase alta, la de Cleofás, la clase media, la hermana de Lázaro, la clase baja, la Magdalena, siempre con su pomo de alabastro, por si acaso. Son tres mujeres con tres amores muy personales y diferenciando hacia Jesús, con tres dolores también muy particulares cuando la crucifixión, y con tres alegrías asombradas, y asombrosas, en el momento primero de la constatación de la resurrección.
Las tres se encaminan al sepulcro con sus respectivos frascos de perfume, para lo que es de ley: la unción. Todavía parece haber tiempo. No ha transcurrido más que una noche y el cuerpo del difunto aún luce apto. Pero, hete ahí que no llegan al lugar donde precipitadamente, por la hora, lo han dejado. Y no llegan porque les sale al paso el hortelano, que no es otro que el difunto, pero ellas no lo saben.
¿Jesús disfrazado de jardinero? ¿Con sombrero de hortelano medieval? ¿Para qué semejante disfraz? Si, de todas formas, él terminará presentándose; si, de todas formas, ellas terminarán reconociéndolo, por muchos intentos que el hombre haga. ¿Para qué, entonces?.
Jesús dice a la de Magdala, que es la de más fino instinto en el reconocimiento: María, no me toques. ¿Pero, por qué, maestro? ¿A qué viene ahora esa prohibición? ¿Cómo no vas a permitirme ungirte los pies, cómo vas a desechar, aunque solamente sea, una tímida caricia? ¿Para qué esperar? ¿Es que pensabas que ibas a pasar delante de nosotras desapercibido? Anda, maestro, despréndete de ese sombrero, que no te va. Ni siquiera te oculta los rasguños de la corona de espinas. ¿Para qué ese alargamiento de tu brazo, deteniéndome, si bien claro tienes en la mano el hueco del clavo? ¿Por qué no te has puesto sandalias? Mira que por aquí la tierra es áspera y se te pueden infectar las heridas de los clavos de los pies. ¿Qué has resucitado? ¡Pues ya lo veo! Pero, precaución es precaución. Anda, permítenos que te curemos las heridas con estos bálsamos. Si no confías en nosotras ¿en quién confiar?. Somos las tres Marías. Los muchachos lse han escondido, Andan asustados. Ya vamos a comunicarles que andas por el huerto, para que vengan. ¡Qué no le diría la de Magdala!
Jordanes ha puesto en escena a cuatro cuerpos repletos de luz: los de las tres mujeres y el de Jesús. No hay más luz que esa, la de la resurrección, la de la aclaración, la de la evidencia. Una luz que no permite disimular el disfraz de hortelano, con el cual Jesús, quizá porque piensa no ha llegado el momento oportuno, se ha vestido. Son cuatro resurrecciones pictóricas después de una noche en vela. Son las tres Marías de Jordanes, pintor flamenco, nacido en Amberes, que describió, adoctrinándose en Rubens, la sensualidad blanca de los cuerpos luminosos.
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