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La glorificación (Fra Angélico)
LA GLORIFICACIÓN
No sé a cuál de ellos se le ocurrió la idea, pero un día se juntaron todos los santos y dijeron: vamos a glorificar a Cristo. Tampoco sé cómo se enteró fray Angélico, pintor de vocación; posiblemente por una revelación, o por una sospecha, que viene a ser lo mismo. Lo cierto es que se armó con sus pertrechos pictórica y comenzó a dejar constancia de toda aquella legión de santos que, ordenadamente, y en fila, acudían ante el trono de Cristo para glorificarlo.
Y la mejor forma de rendirle pleitesía, así intuyo que pensó el pintor, fue que cada uno de los bienaventurados se presentaran ante el trono con el atuendo de su identidad personal, es decir, con aquellos que los había distinguido durante el camino transitado.
Pues ahí tenemos, a los del Antiguo Testamento, en la fila de arriba, y a los del Nuevo, en las siguientes. Ahí tenemos a patriarcas, a profetas, a bautistas, a reyes con corona y con lira en mano para despejar el camino por donde ha de transitar el arca de la Alianza. Ahí tenemos a papas con su tiara y su báculo, a obispos ceremoniosos, a ancianos penitentes, a ermitaños con el cuerpo todavía no completamente arropado, a muchachas mártires con la palma del martirio como enseña, a muchachas vírgenes con la cara de virginidad evidente, a apóstoles que, además, ha sido escritores, a escritores que hicieron el apostolado con su pluma, a predicadores que hicieron el apostolado con su palabra, a hombres y mujeres de claustro, y a hombres y mujeres de calle, o de aula, a monjas dominicas representando a todas las monjas, a fundadores dominicos identificando a todos los fundadores. No se escapa al pincel de fray Angélico ni una sola identidad de santidad tradicional, en este momento supremo de acercarse hasta el trono de Cristo para glorificarlo.
Sabiendo, como sé, que fray Angélico, el pintor, era además fraile dominico y, por ende, nutrido en esas conversaciones teológicas y renovadoras de sus compañeros de convento, intuyo que lo que quiere decirnos, para poder glorificar como lo hacen estos protagonistas, es simplemente acercarnos hasta el trono con el papel de nuestra identidad convenientemente cumplido. Pues si el pintor tuviera nuevamente que ilustrar la misma escena, añadiría a la fila identidades como las de ama de casa, profesor universitario, albañil, músico al tenor de lo tiempos y de los ritmos que suenan, quién sabe si algún político, quién sabe si algún banquero, pero sin duda hombres y mujeres con un micrófono en mano, sí médicos realizando trasplantes y pacientes trasplantados, sí conductores de autobús pendientes de la carretera mient4ras los viajeros dormitamos o simplemente leemos, si enfermeras deambulando por los pasillos, con el remedio en la mano para el paciente, sí hombres y mujeres abrazados, sí jueces con el fiel de la balanza bien equilibrado…
En fin, que pintaría exactamente lo mismo, porque lo conozco, sin mudar el colorido, que es un colorido evidente de santidad, mudando solamente el atuendo, para que nos
enteremos
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