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La cena en casa de Levi (Veronés) 

LA CENA DISFRAZADA

Esta sí es una fiesta de verdad. Esta sí es una fiesta de postín. Este sí es un decorado apto, todo un palacio. Aquí sí hay gente selecta, que puede comentar mañana todos los pormenores del comportamiento de los invitados, desde las modas en los vestidos, hasta los chistes prodigados. Qué es lo que Leví pretendía con semejante derroche, no lo sé. ¿Por qué aceptó Jesús un agasajo que no parecía estar destinado para él, pues tampoco lo sé. ¿De qué quería presumir el anfitrión, igualmente se me escapa. Este cuadro de veronés me desconcierta.
Si acudo al Evangelio, pareciera que lo que allí se relata, no es para tanto. Lo de las bodas de Canaan tiene explicación, hasta se les acabó el vino y María tuvo que interceder para que no amainara la alegría. Pero este de ahora no es el caso. Jesús andaba reclutando compañeros para sus andanzas, y no parecía ésta la cosecha más adecuada. Casi ni para la veneración se presta este cuadro. ¿En qué templo exponerlo? ¿Qué pensarán los devotos? ¿Se trata solamente de un decorado, de una puesta en escena, o de un truco del profeta para dejar en ridículo a los invitados, aplaudiendo el atrevimiento de maría, la de Magdala, ungiéndole los pies con ungüentos?. Y si así fuera, ¡por qué se habla de derroche en el caso de la mujer y se deja pasar por alto la fastuosidad de la fiesta?
Digo que este cuadro de el Veronés siempre me ha sorprendido. Ha vestido el pintor al relato evangélico de Edad Media, ha alquilado al más ampuloso de los palacios, ha impartido invitaciones a los prohombres de la ciudad y ha repartido las mesas convenientemente para que todos quepan. En el centro de la escena, como es de rigor, la mesa del agasajado: Jesús y su grupo. En los laterales, los banqueros hablando de negocios, espiando a las mujeres, calculando las posibilidades, esas cosas. No hay que darle más vueltas: la intención de Leví pareciera la del eterno argumento de estar a bien con Dios y con el diablo, o aquello ya predicado de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Con todas estas dudas que me asolan, viene el pintor veneciano y me cuenta: tú también has caído en la trampa, como los de la Inquisición. Y me cuenta que lo acusaron de hereje por no ceñir su pincel textualmente al relato evangélico. No ideé este cuadro, me confiesa, para la fiesta en casa de Leví; en un principio se trataba de la última cena; quise, eso sí, darle toda la importancia trascendental del momento, era aquella la última, pero sería la primera de las por venir. Pero eso no lo entendieron los de la Inquisición, así es que transigí con ellos. Y para que no me condenaran como condenaban ellos, les dije: de acuerdo, no cambiaré ni un solo tono, ni una sola línea, pero consentiré en cambiarle de nombre, para que el escándalo no cunda. Y así es cómo se convirtió aquella última cena, la verdadera, la trascendente, en La Cena en casa de Leví. No ha habido más que un cambio de nombre, pero nunca de contenido. La Inquisición aprobó la ocurrencia. Se equivocaron.