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El ultraje ( Matías Crunewald) 

Si usted quiere ser testigo de la maldad de todos los tiempos póstrese ante este cuadro de Matías Grunewald y observe, solamente observe. El autor lo ha titulado El Cristo de los ultrajes, y nada más acertado. Y he de admitir que semejante contemplación me ha traído fotografías recientes, de ultrajes recientes, en guerras recientes, supuestamente para mancillar a supuestos enemigos recientes. Que estos esbirros consideraran a Jesús como enemigo, es comprensible. Quien obedece órdenes simplemente las ejecuta, creyendo que con su ejecución cumple la ley. Pero una cosa es ejecutar una ley y otra ejecutarla con saña, llevando al ultraje a su máxima expresión. Y es que, vistas las cosas así, el ultraje termina convirtiéndose en el pecado imperdonable.
Dicen que esta obra es la primera que se conoce del autor, y que en ella prefigura toda su evolución posterior. También lo creo. Pintó posteriormente un cuadro dedicado a las tentaciones de San Antonio cuyos tentadores, convertidos en monstruos no sé si para aumentar el escalofrío de la tentación o para insinuar que los humanos no se atreven a tanto, son, igual que estos que maltratan despiadadamente a Jesús, profesionales de la degradación.
La saña, para llevarla a su extremo, está amenizada por ese hombre de la izquierda, tamboril en mano marcando el ritmo, flauta amenizando los golpetazos, como si se tratara de una escena del circo más macabro. Si de carga emocional se trata, de emoción que aflora desde los instintos agresivos más degradantes del ser humano, aquí estos torturadores, cayendo de palabra y de obra, con grito y latigazo, sobre una persona indefensa, amarrada, sin fuerzas que vaya uno a saber de qué pecado se le acusa. Quizá ni los mismos torturadores lo saben: quizá simplemente les han dicho: ese hombre es un traidor a nuestra causa, y eso es suficiente; quizá les hayan dicho: pertenece a una etnia, a una religión, a una cultura que altera la nuestra, y eso es suficiente. Cuanto más golpe, más alegría; posiblemente más satisfacción en el ánimo de los torturadores por el trabajo cumplido.
Vuelvo y repito que esta escena, que data de 1503, no me es ajena, y la he contemplado, y la siglo contemplando tal día como hoy, en cualquiera de nuestros telediarios, sobre todo en esos que nos informan macabramente de los desmanes de las últimas guerras, esas que todavía podemos contar pues las estamos viendo por televisión. Por eso deduzco que el ultraje es un pecado universal que se viene sucediendo a través del tiempo, y que, paradójicamente, siempre se ceba contra el inocente. Es posible que después, para aminorar el golpe cuando ya no haya remedio, nos digan que el latigazo fue por equivocación, que la mancillación de los presos fue por voluntad propia del soldadito de turno, pues siempre se recurre a Pilatos para lavarnos las manos. Pero ahí está, desde 1503, la constancia del ultraje, pintada por el alemán Matías Grunewald, sin concesiones a la excusa. No hay más que abrir los ojos y mirar.