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El triunfo de la muerte (Pedro
Brueghel)
EL TRIUNFO DE LA MUERTE
Fui al museo de El Prado a toparme con la muerte. Allí estaba. Uno se topa con la muerte muchas veces en la vida y las religiones nos enseñan su liturgia como un paso hacia la esperanza, pero no terminamos de acostumbrarnos a ella. Cuando el fin es la muerte natural, la resignación en más fácil; hasta la oración aparenta con más sentido. Pero cuando la muerte llega de sopetón, sin avisar, y por vía de desastre natural, o humanamente provocado, el asunto se complica.
Llegué al museo luego de haberme detenido en Atocha, no ya para tomar el tren, como tantas veces, sino para ofrecer una oración por los mártires de aquella masacre terrorista, que son los muertos que nunca nos cuadran y ante los que uno no termina de resignarse. Pedro Brueghel, denominado el viejo, pintor flamenco, me esperaba ante su cuadro, y me dijo: ahí la tienes, ahí la muerte como esqueleto, ahí la muerte en forma de peste, ahí la muerte colectiva, sin discriminación, ahí la muerte al estilo de la edad media y de mi pincel; pero la muerte es la misma en todo tiempo, en todas las épocas, con todas las guerras o con todos los diluvios.
Va la muerte arreando un carro de campesino, arrastrado por caballo famélico, ya en las últimas, repleto de calaveras, y me dice Brueghel que son las encontradas en las fosas de Kosovo, Afganistán, Irak, África o donde cuadre. Anda la muerte torturando vencidos, y me dice Brueghel que son las torturas inventadas por los soldaditos gringos y que protagonizaron en las cárceles del Medio Oriente, tal como las pintó el colombiano Botero, copiándolas de las fotografías de primera mano tomadas por los uniformados. Va la muerte y me muestra las teas de fuego, y los incendios al fondo, y me dice Brueghel que son los bombardeos sobre el Líbano, cuyos misiles, dicen, equivocaron el objetivo, porque los ejércitos de la Edad Media y los de ahora siempre equivocan los objetivos. Y esos perros medievales que van rebañando los huesos de los muertos son los mismos de todas las guerras, de todas las pestes y de todos los atentados.
Y me aparta Brueghel, el viejo, de su cuadro porque ya no hay más necesidad de acudir al pincel para dejar constancia del triunfo de la muerte: no tienes más que prender el televisor o acudir al quiosco, o subirte al tren, o tomar el avión, o estar en la oficina de tu torre, o en tu casa, aguardando a que el misil te alcance, o la mochila cargada de explosivos. Es el triunfo de la muerte que se ha vestido de modernidad y que invoca, hasta para matar, a las deidades y a las libertades. Así es que, para qué venir hasta el museo de EL Prado una vez que has pasado por Atocha para honrar a los muertos.
Brueghel, el viejo, de nombre Pedro, flamenco de nacimiento, transcurrió por la vida entre 1525 y 1569, pero como si hubiese sido hoy, al menos en esto de la muerte. Ya no hacen falta más pinceles porque la muerte se pinta a sí misma.
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