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Apoteosis de San Agustín (Claudio Coello) 

EL TRIUNFO DE AGUSTÍN

Si te interesan los santos triunfadores, me dijo el pintor Claudio Coelho, ven conmigo. Le seguí los pasos y me condujo posiblemente al templo de la pintura donde más triunfadores hay: el Museo de El Prado. Evidentemente, me aclaró, no lo pinté para este lugar sino para un convento, en Alcalá de Henares, que es para donde se pintaban estas majestuosidades en aquel tiempo, siglo XVII. De allí lo pasaron al museo de la Trinidad, y de aquel a éste, que es donde realmente luce. De inmediato me percaté de que había logrado lo que pretendía: la majestuosidad, una majestuosidad que iba muy bien con el santo, es decir, con San Agustín, el que fue primero pagano y de mala vida, luego cristiano y de arrepentimiento, después obispo y defensor de la fe mamada en la creencia de su madre, y siempre gran luchador contra las herejías de la época, dos muy en particular: la donatista y la pelagiana.
Fue San Agustín un santo que tuvo el coraje de confesarse públicamente y por escrito, de puño y letra, una autobiografía en la que no ocultó sus pecados. Precisamente su lucha contra los donatistas le tocaba en propia carne: sostenían que la iglesia no era la de cristo precisamente por mantener la comunión con los pecadores. ¿Dónde quedaba entonces él, Agustín, que había confirmado sus pecados, para que nadie se llevara a engaño? Pero ¿cómo entender precisamente a la Iglesia si de por medio no andaban los pecadores, precisamente los destinatarios de la redención?
Claudio Coelho estaba muy contento con su obra, con esa dignidad triunfal que había ideado para el santo, por ese milagro de alzarse por encima de la ciudad terrestre para anclarse en la ciudad de Dios, que era la definitiva y en la que no cabía la trampa.
Es éste cuadro, El triunfo de san Agustín, una muestra de radical apología. Todo en el cuadro es movimiento ascendente, todo en él es envolvente, hasta el color. Y todo en él es monumental, hasta el tamaño. San Agustín continúa todavía apostrofando a los que quedan abajo, en esa ciudad terrenal que va derruyéndose, que desea sostenerse sobre los cimientos de falsedades pero que las columnas no aguantan. Lo acompañan los ángeles en su ascensión, unos ángeles pequeño pero atrevidos, dos de ellos, inclusive, apropiándose del bastón episcopal del santo para impedir el intento del mal por alcanzar al hombre que asciende. O sea, que esta composición pictórica de uno de nuestros más grandes pintores de finales del siglo XVII es tan movida en la composición artística como movida fue la vida del santo representado.
Un poquito teatral sí me parece, y se lo dije: y me contestó que sí, con toda intención, pues no hay nada mejor que la exageración en el movimiento, en el gesto y en los desplazamientos para que los devotos sean atraídos por la escena. Recuerda que en mi tiempo, siglo XVII, no había cine, y mucho menos los efectos visuales que ahora tanto gustan, así es que el pincel tenía que suplir. Y a fe que sí: todos los que se arrodillaron en el convento de los recoletos agustinos de Alcalá de Henares cuando el cuadro permaneció allí alzaban los brazos hacia el santo para transitar de la ciudad terrestre a la ciudad de Dios. El mayor triunfo teológico de este obispo africano, hijo de pagano y de madre cristiana, fue el habido contra Pelagio, quien había rechazado la doctrina del pecado original, asegurando que la gracia no era necesaria para salvarse. Y Claudio Coelho, ahora, magnificaba este triunfo.