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AUTO DE FE (Berruguete)
LA HOGUERA
Mucho palco, mucha solemnidad, mucho espectáculo. Muchos papeles en las manos de los acusadores, muchas acusaciones, muchos testigos falsos, posiblemente muchas envidias, posiblemente muchas venganzas. También, posiblemente, muchos contumaces acusados que no quieren dar su mano a torcer, que se niegan a confesar lo que realmente han hecho, esa brujería, esa sangre de niño cristiano utilizada para sus sortilegios, esa ostia consagrada, robada por enigmáticos judíos para perpetuar enigmáticos sacrificios humanos. Posiblemente todo eso cunde en este auto de fe, convertido en espectáculo como escarmiento para los todavía no acusados, quizá también para quienes tengan la osadía de confesar, aunque no lo hayan cometido, ese supuesto pecado causa de la acusación.
En lo alto, en el sitial de juez, un posible Torquemada, aunque dicen que el mismísimo Santo Domingo, que no lo creo, pues Santo Domingo si acaso quemaba libros, no personas, como el mismo Berruguete dejó constancia con su pincel; un posible Savonarola, un teólogo inconfundible, dominico, blanco y negro. Un inquisidor designado por el Papa y por el rey. Autoridad total y definitiva. Dominicos arriba, dominicos abajo. Y los reos ya apostados en el patíbulo.
Habrá que dar la orden y vendrá la ejecución. La fe, una vez más, ha quedado a salvo gracias a la condena perpetrada por la autoridad eclesiástica y corroborada por la autoridad real, montada a caballo, vestida con los atuendos del guerrero defensor de la fe y del imperio.
Mucha algarabía, muchos curiosos, muchos temerosos, muchos satisfechos. El tribunal actúa a ojos vistas, en la plaza, donde se ha elevado el trono inquisitorial. Es la didáctica del escarmiento en una época, la medieval, en la que el escarmiento se convirtió en el mejor argumento para la perpetuidad del poder. Igual que ahora. La ley no sirve tanto para que la justicia cunda sino para que cunda el escarmiento. La ley está en la decisión de quien se sienta en el centro, de quien da como buenas las acusaciones, de quien no escatima para que la dureza de la sentencia resulte ejemplar, es decir, de escarmiento.
Así me lo mostró Berruguete en esta escena, en la que él sí estuvo presente, para que yo pudiera compararla con otras escenas más de estos tiempos pero con idénticos argumentos para el escarmiento.
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