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Hechos
de Pilatos (Acta
Pilati)
(2ªParte)
Intervención de Nicodemo en
los debates de la Sinagoga. Los judíos mandan llamar a José de Arimatea y
oyen las noticias que éste les da
XV
1. Y Nicodemo se levantó y dijo:
Rectamente habláis, hijos de Israel. Os habéis enterado de lo que han
dicho esos tres hombres, que juraron sobre la ley del Señor haber oído a
Jesús hablar con sus discípulos en el monte de los Olivos, y haberlo visto
subir al cielo. Y la Escritura nos enseña que el bienaventurado Elías fue
transportado al cielo, y que Eliseo, interrogado por los hijos de los
profetas sobre dónde había ido su hermano Elías, respondió que les había
sido arrebatado. Y los hijos de los profetas le dijeron: Acaso nos lo ha
arrebatado el espíritu, y lo ha depositado sobre las montañas de Israel.
Pero elijamos hombres que vayan con nosotros, y recorramos esas montañas,
donde quizá lo encontremos. Y suplicaron así a Eliseo, que caminó con
ellos tres días, y no encontraron a Elías. Y ahora, escuchadme, hijos de
Israel. Enviemos hombres a las montañas, porque acaso el espíritu ha
arrebatado a Jesús, y quizá lo encontremos, y haremos penitencia.
2. Y el parecer de Nicodemo fue del
gusto de todo el pueblo, y enviaron hombres, que buscaron a Jesús, sin
encontrarlo, y que, a su vuelta, dijeron: No hemos hallado a Jesús en
ninguno de los lugares que hemos recorrido, pero hemos hallado a José en
la ciudad de Arimatea.
3. Y, al oír esto, los príncipes y
todo el pueblo se regocijaron, y glorificaron al Dios de Israel de que
hubiesen encontrado a José, a quien habían encerrado en un calabozo, y a
quien no habían podido encontrar.
4. Y, reuniéndose en una gran
asamblea, los príncipes de los sacerdotes se preguntaron entre sí: ¿Cómo
podremos traer a José entre nosotros, y hacerlo hablar?
5. Y tomando papel,
escribieron a José por este tenor: Sea la paz contigo, y con todos los que
están contigo. Sabemos que hemos pecado contra Dios y contra ti. Dígnate,
pues, venir hacia tus padres y tus hijos, porque tu marcha del calabozo
nos ha llenado de sorpresa. Reconocemos que habíamos concebido contra ti
un perverso designio, y que el Señor te ha protegido, Iibrándote de
nuestras malas intenciones. Sea la paz contigo, José, hombre honorable
entre todo el pueblo.
6. Y eligieron siete
hombres, amigos de José, y les dijeron: Cuando lleguéis a casa de José,
dadle el saludo de paz, y entregadle la carta.
7. Y los hombres llegaron a
casa de José, y lo saludaron, y le entregaron la carta. Y luego que José
la hubo leído, exclamó: ¡Bendito sea el Señor Dios, que ha preservado a
Israel de la efusión de mi sangre! ¡Bendito seas, Dios mío, que me has
protegido con tus alas!
8. Y José abrazó a los
embajadores, y los acogió y regaló en su domicilio.
9. Y, al día siguiente,
montando en un asno, se puso en camino con ellos, y llegaron a Jerusalén.
10. Y, cuando los judíos se
enteraron de su llegada, corrieron todos ante él, gritando y exclamando:
¡Sea la paz a tu llegada, padre José! Y él repuso: ¡Sea la paz del Señor
con todo el pueblo!
11. Y todos lo abrazaron. Y
Nicodemo lo recibió en su casa, acogiéndolo con gran honor y con gran
complacencia.
12. Y, al siguiente día, que
lo era de la fiesta de Preparación, Anás, Caifás y Nicodemo dijeron a
José: Rinde homenaje al Dios de Israel, y responde a todo lo que te
preguntemos. Irritados estábamos contra ti, porque habías sepultado el
cuerpo de Jesús, y te encerramos en un calabozo, donde no te encontramos,
al buscarte, lo que nos mantuvo en plena sorpresa y en pleno espanto,
hasta que hemos vuelto a verte. Cuéntanos, pues, en presencia de Dios, lo
que te ha ocurrido.
13. Y José contestó: Cuando
me encerrasteis, el día de Pascua, mientras me hallaba en oración a
medianoche, la casa quedó como suspendida en los aires. Y vi a Jesús,
brillante como un relámpago, y, acometido de terror, caí por tierra. Y
Jesús, tomándome por la mano, me elevó por encima del suelo, y un sudor
frío cubría mi frente. Y él, secando mi rostro, me dijo: Nada temas, José.
Mírame y reconóceme, porque soy yo.
14. Y lo miré, y exclamé,
lleno de asombro: ¡Oh Señor Elías! Y él me dijo: No soy Elías, sino Jesús
de Nazareth, cuyo cuerpo has sepultado.
15. Y yo le respondí:
Muéstrame la tumba en que te deposité. Y Jesús, tomándome por la mano otra
vez, me condujo al lugar en que lo había sepultado, y me mostró el sudario
y el paño en que había envuelto su cabeza.
16. Entonces reconocí que
era Jesús, y lo adoré, diciendo: ¡Bendito el que viene en nombre del
Señor!
17. Y Jesús, tomándome por
la mano de nuevo, me condujo a mi casa de Arimatea, y me dijo: Sea la paz
contigo, y, durante cuarenta días, no salgas de tu casa. Yo vuelvo ahora
cerca de mis discípulos.
Estupor de los judíos ante las
declaraciones de José de Arimatea
XVI
1. Cuando los sacerdotes y los levitas
oyeron tales cosas, quedaron estupefactos y como muertos. Y, vueltos en
sí, exclamaron: ¿Qué maravilla es la que se ha manifestado en Jerusalén?
Porque nosotros conocemos al padre y a la madre de Jesús.
2. Y cierto levita explicó:
Sé que su padre y su madre eran personas temerosas del Altísimo, y que
estaban siempre en el templo, orando, y ofreciendo hostias y holocaustos
al Dios de Israel. Y, cuando Simeón, el Gran Sacerdote, lo recibió, dijo,
tomándolo en sus brazos: Ahora, Señor, envía a tu servidor en paz, según
tu palabra, porque mis ojos han visto al Salvador que has preparado para
todos los pueblos, luz que ha de servir para la gloria de tu raza de
Israel. Y aquel mismo Simeón bendijo también a María, madre de Jesús, y le
dijo: Te anuncio, respecto a este niño, que ha nacido para la ruina y para
la resurrección de muchos, y como signo de contradicción.
3. Entonces los judíos
propusieron: Mandemos a buscar a los tres hombres que aseguran haberlo
visto con sus discípulos en el monte de los Olivos.
4. Y, cuando así se hizo, y
aquellos tres hombres llegaron, y fueron interrogados, respondieron con
unánime voz: Por la vida del Señor, Dios de Israel, hemos visto
manifiestamente a Jesús con sus discípulos en el monte de las Olivas, y
asistido al espectáculo de su subida al cielo.
5. En vista de esta
declaración, Anás y Caifás tomaron a cada uno de los testigos aparte, y se
informaron de ellos separadamente. Y ellos insistieron sin contradicción
en confesar la verdad, y en aseverar que habían visto a Jesús.
6. Y Anás y Caifás pensaron:
Nuestra ley preceptúa que, en la boca de dos o tres testigos, toda palabra
es válida. Pero sabemos que el bienaventurado Enoch, grato a Dios, fue
transportado al cielo por la palabra de Él, y que la tumba del
bienaventurado Moisés no se encontró nunca, y que la muerte del profeta
Elías no es conocida. Jesús, por lo contrario, ha sido entregado a
Pilatos, azotado, abofeteado, coronado de espinas, atravesado por una
lanza, crucificado, muerto sobre el madero, y sepultado. Y el honorable
padre José, que depositó su cadáver en un sepulcro nuevo, atestigua
haberlo visto vivo. Y estos tres hombres certifican haberlo encontrado con
sus discípulos en el monte de los Olivos, y haber asistido al espectáculo
de su subida al cielo.
Descenso de Cristo al Infierno (Descensus Christi ad Inferos)
Nuevas y sensacionales
declaracionesde José de Arimatea
XVII
1. Y José, levantándose, dijo a Anás y a
Caifás: Razón tenéis para admiraros, al saber que Jesús ha sido visto
resucitado y ascendiendo al empíreo. Pero aún os sorprenderéis más de que
no sólo haya resucitado, sino de que haya sacado del sepulcro a muchos
otros muertos, a quienes gran número de personas han visto en Jerusalén.
2. Y escuchadme ahora,
porque todos sabemos que aquel bienaventurado Gran Sacerdote, que se llamó
Simeón, recibió en sus manos, en el templo, a Jesús niño. Y Simeón tuvo
dos hijos, hermanos de padre y de madre, y todos hemos presenciado su
fallecimiento y asistido a su entierro. Pues id a ver sus tumbas, y las
hallaréis abiertas, porque los hijos de Simeón se hallan en la villa de
Arimatea, viviendo en oración. A veces se oyen sus gritos, mas no hablan a
nadie, y permanecen silenciosos como muertos. Vayamos hacia ellos, y
tratémoslos con la mayor amabilidad. Y, si con suave insistencia los
interrogamos, quizá nos hablen del misterio de la resurrección de Jesús.
3. A cuyas palabras todos se
regocijaron, y Anás, Caifás, Nicodemo, José y Gamaliel, yendo a los
sepulcros, no encontraron a los muertos, pero, yendo a Arimatea, los
encontraron arrodillados allí.
4. Y los abrazaron con sumo
respeto y en el temor de Dios, y los condujeron a la Sinagoga de
Jerusalén.
5. Y, no bien las puertas se
cerraron, tomaron el libro santo, lo pusieron en sus manos, y los
conjuraron por el Dios Adonaí, Señor de Israel, que ha hablado por
la Ley y por los profetas, diciendo: Si sabéis quién es el que os ha
resucitado de entre los muertos, decidnos cómo habéis sido resucitados.
6. Al oír esta adjuración,
Carino y Leucio sintieron estremecerse sus cuerpos, y, temblorosos y
emocionados, gimieron desde el fondo de su corazon.
7. Y, mirando al cielo,
hicieron con su dedo la señal de la cruz sobre su lengua.
8. Y, en seguida, hablaron,
diciendo: Dadnos resmas de papel, a fin de que escribamos lo que hemos
visto y oído.
9. Y, habiéndoselas dado, se
sentaron, y cada uno de ellos escribió lo que sigue.
Carino y Leucio comienzan su
relato
XVIII
1. Jesucristo, Señor Dios, vida y
resurrección de muertos, permítenos enunciar los misterios por la muerte
de tu cruz, puesto que hemos sido conjurados por ti.
2. Tú has ordenado no
referir a nadie los secretos de tu majestad divina, tales como los has
manifestado en los infiernos.
3. Cuando estábamos con
nuestros padres, colocados en el fondo de las tinieblas, un brillo real
nos iluminó de súbito, y nos vimos envueltos por un resplandor dorado como
el del sol.
4. Y, al contemplar esto,
Adán, el padre de todo el género humano, estalló de gozo, así como todos
los patriarcas y todos los profetas, los cuales clamaron a una: Esta luz
es el autor mismo de la luz, que nos ha prometido transmitirnos una luz
que no tendrá ni desmayos ni término.
Isaías con/irma uno de sus
vaticinios
XIX
1. Y el profeta Isaías exclamó: Es la
luz del Padre, el Hijo de Dios, como yo predije, estando en tierras de
vivos: en la tierra de Zabulón y en la tierra de Nephtalim. Más allá del
Jordán, el pueblo que estaba sentado en las tinieblas, vería una gran luz,
y esta luz brillaría sobre los que estaban en la región de la muerte. Y
ahora ha llegado, y ha brillado para nosotros, que en la muerte estábamos.
2. Y, como sintiésemos
inmenso júbilo ante la luz que nos había esclarecido, Simeón, nuestro
padre, se aproximó a nosotros, y, lleno de alegría, dijo a todos:
Glorificad al Señor Jesucristo, que es el Hijo de Dios, porque yo lo tuve
recién nacido en mis manos en el templo e, inspirado por el Espíritu
Santo, lo glorifiqué y dije: Mis ojos han visto ahora la salud que has
preparado en presencia de todos los pueblos, la luz para la revelación de
las naciones, y la gloria de tu pueblo de Israel.
3. Al oír tales cosas, toda la
multitud de los santos se alborozó en gran manera.
4. Y, en seguida, sobrevino
un hombre, que parecía un ermitaño. Y, como todos le preguntasen quién
era, respondió: Soy Juan, el oráculo y el profeta del Altísimo, el que
precedió a su advenimiento al mundo, a fin de preparar sus caminos, y de
dar la ciencia de la salvación a su pueblo para la remisión de los
pecados. Y, viéndolo llegar hacia mí, me sentí poseído por el Espíritu
Santo, y le dije: He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del
mundo. Y lo bauticé en el río del Jordán, y vi al Espíritu Santo descender
sobre él bajo la figura de una paloma. Y oí una voz de los cielos, que
decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo todas mis complacencias, y a
quien debéis escuchar. Y ahora, después de haber precedido a su
advenimiento, he descendido hasta vosotros, para anunciaros que, dentro de
poco, el mismo Hijo de Dios, levantándose de lo alto, vendrá a visitarnos,
a nosotros, que estamos sentados en las tinieblas y en las sombras de la
muerte.
La profecía hecha por el
arcángel Miguel a Seth
XX
1. Y, cuando el padre Adán, el primer
formado, oyó lo que Juan dijo de haber sido Jesús bautizado en el Jordán,
exclamó, hablando a su hijo Seth: Cuenta a tus hijos, los patriarcas y los
profetas, todo lo que oíste del arcángel Miguel, cuando, estando yo
enfermo, te envié a las puertas del Paraíso, para que el Señor permitiese
que su ángel diera aceite del árbol de la misericordia, que ungiese mi
cuerpo.
2. Entonces Seth,
aproximándose a los patriarcas y a los profetas, expuso: Me hallaba yo,
Seth, en oración delante del Señor, a las puertas del Paraíso, y he aquí
que Miguel, el numen de Dios, me apareció, y me dijo: He sido enviado a ti
por el Señor, y presido sobre el cuerpo humano. Y te declaro, Seth, que es
inútil pidas y ruegues con lágrimas el aceite del árbol de la
misericordia, para ungir a tu padre Adán, y para que cesen los
sufrimientos de su cuerpo. Porque de ningún modo podrás recibir ese aceite
hasta los días postrimeros, cuando se hayan cumplido cinco mil años.
Entonces, el Hijo de Dios, lleno de amor, vendrá a la tierra, y resucitará
el cuerpo de Adán, y al mismo tiempo resucitará los cuerpos de los
muertos. Y, a su venida, será bautizado en el Jordán, y, una vez haya
salido del agua, ungirá con el aceite de su misericordia a todos los que
crean en él, y el aceite de su misericordia será para los que deban nacer
del agua y del Espíritu Santo para la vida eterna. Entonces Jesucristo, el
Hijo de Dios, lleno de amor, y descendido a la tierra, introducirá a tu
padre Adán en el Paraíso y lo pondrá junto al árbol de la misericordia.
3. Y, al oír lo que decía
Seth, todos los patriarcas y todos los profetas se henchieron de dicha.
Discusión entre Satanás y la
Furia en los infiernos
XXI
1. Y, mientras todos los padres antiguos
se regocijaban, he aquí que Satanás, príncipe y jefe de la muerte, dijo a
la Furia: prepárate a recibir a Jesús, que se vanagloria de ser el Cristo
y el Hijo de Dios, y que es un hombre temerosísimo de la muerte, puesto
que yo mismo lo he oído decir: Mi alma está triste hasta la muerte. Y
entonces comprendí que tenía miedo de la cruz.
2. Y añadió: Hermano,
aprestémonos, tanto tú como yo, para el mal día. Fortifiquemos este lugar,
para poder retener aquí prisionero al llamado Jesús que, al decir de Juan
y de los profetas, debe venir a expulsarnos de aquí. Porque ese hombre me
ha causado muchos males en la tierra, oponiéndose a mí en muchas cosas, y
despojándome de multitud de recursos. A los que yo había matado, él les
devolvió la vida. Aquellos a quienes yo había desarticulado los miembros,
él los enderezó por su sola palabra, y les ordenó que llevasen su lecho
sobre los hombros. Hubo otros que yo había visto ciegos y privados de la
luz, y por cuya cuenta me regocijaba, al verlos quebrarse la cabeza contra
los muros, y arrojarse al agua, y caer, al tropezar en los atascaderos, y
he aquí que este hombre, venido de no sé dónde, y, haciendo todo lo
contrario de lo que yo hacía, les devolvía la vista por sus palabras.
Ordenó a un ciego de nacimiento que lavase sus ojos con agua y con barro
en la fuente de Siloé, y aquel ciego recobró la vista. Y, no sabiendo a
qué otro lugar retirarme, tomé conmigo a mis servidores, y me alejé de
Jesús. Y, habiendo encontrado a un joven, entré en él, y moré en su
cuerpo. Ignoro cómo Jesús lo supo, pero es lo cierto que llegó adonde yo
estaba, y me intimó la orden de salir. Y, habiendo salido, y no sabiendo
dónde entrar, le pedí permiso para meterme en unos puercos, lo que hice, y
los estrangulé.
3. Y la Furia, respondiendo
a Satanás, dijo: ¿Quién es ese príncipe tan poderoso y que, sin embargo,
teme la muerte? Porque todos los poderosos de la tierra quedan sujetos a
mi poder desde el momento en que tú me los traes sometidos por el tuyo.
Si, pues, tú eres tan poderoso, ¿quién es ese Jesús que, temiendo la
muerte, se opone a ti? Si hasta tal punto es poderoso en su humanidad, en
verdad te digo que es todopoderoso en su divinidad, y que nadie podrá
resistir a su poder. Y, cuando dijo que temía la muerte, quiso engañarte,
y constituirá tu desgracia en los siglos eternos.
4. Pero Satanás, el príncipe
de la muerte, respondió y dijo: ¿Por qué vacilas en aprisionar a ese
Jesús, adversario de ti tanto como de mí? Porque yo lo he tentado, y he
excitado contra él a mi antiguo pueblo judío, excitando el odio y la
cólera de éste. Y he aguzado la lanza de la persecución. Y he hecho
preparar madera para crucificarlo, y clavos para atravesar sus manos y sus
pies. Y le he dado a beber hiel mezclada con vinagre. Y su muerte está
próxima, y te lo traeré sujeto a ti y a mi.
5. Y la Furia respondió, y
dijo: Me has informado de que él es quien me ha arrancado los muertos.
Muchos están aquí, que retengo, y, sin embargo, mientras vivían sobre la
tierra, muchos me han arrebatado muertos, no por su propio poder, sino por
las plegarias que dirigieron a su Dios todopoderoso, que fue quien
verdaderamente me los llevó. ¿Quién es, pues, ese Jesús, que por su
palabra, me ha arrancado muertos? ¿Es quizá el que ha vuelto a la vida,
por su palabra imperiosa, a Lázaro, fallecido hacía cuatro días, lleno de
podredumbre y en disolución, y a quien yo retenía como difunto?
6. Y Satanás, el príncipe de
la muerte, respondió y dijo: Ese mismo Jesús es.
7. Y, al oírlo, la Furia
repuso: Yo te conjuro, por tu poder y por el mío, que no lo traigas hacia
mí. Porque, cuando me enteré de la fuerza de su palabra, temblé, me
espanté y, al mismo tiempo, todos mis ministros impíos quedaron tan
turbados como yo. No pudimos retener a Lázaro, el cual, con toda la
agilidad y con toda la velocidad del águila, salió de entre nosotros, y
esta misma tierra que retenía su cuerpo privado de vida se la devolvió.
Por donde ahora sé que ese hombre, que ha podido cumplir cosas tales, es
el Dios fuerte en su imperio, y poderoso en la humanidad, y Salvador de
ésta, y, si le traes hacia mí, libertará a todos los que aquí retengo en
el rigor de la prisión, y encadenados por los lazos no rotos de sus
pecados y, por virtud de su divinidad, los conducirá a la vida que debe
durar tanto como la eternidad.
Entrada triunfal de Jesús en
los infiernos
XXII
1. Y, mientras Satanás y la Furia así
hablaban, se oyó una voz como un trueno, que decía: Abrid vuestras
puertas, vosotros, príncipes. Abríos, puertas eternas, que el Rey de la
Gloria quiere entrar.
2. Y la Furia, oyendo la
voz, dijo a Satanás: Anda, sal, y pelea contra él. Y Satanás salió.
3. Entonces la Furia dijo a
sus demonios: Cerrad las grandes puertas de bronce, cerrad los grandes
cerrojos de hierro, cerrad con llave las grandes cerraduras, y poneos
todos de centinela, porque, si este hombre entra, estamos todos perdidos.
4. Y, oyendo estas grandes
voces, los santos antiguos exclamaron: Devoradora e insaciable Furia, abre
al Rey de la Gloria, al hijo de David, al profetizado por Moisés y por
Isaías.
5. Y otra vez se oyó la voz
de trueno que decía: Abrid vuestras puertas eternas, que el Rey de la
Gloria quiere entrar.
6. Y la Furia gritó,
rabiosa: ¿Quién es el Rey de la Gloria? Y los ángeles de Dios contestaron:
El Señor poderoso y vencedor.
7. Y, en el acto, las
grandes puertas de bronce volaron en mil pedazos, y los que la muerte
había tenido encadenados se levantaron.
8. Y el Rey de la Gloria
entró en figura de hombre, y todas las cuevas de la Furia quedaron
iluminadas.
9. Y rompió los lazos, que
hasta entonces no habían sido quebrantados, y el socorro de una virtud
invencible nos visitó, a nosotros, que estábamos sentados en las
profundidades de las tinieblas de nuestras faltas y en la sombra de la
muerte de nuestros pecados.
Espanto de las potestades
infernalesante la presencia de Jesús
XXIII
1. Al ver aquello, los dos príncipes de
la muerte y del infierno, sus impíos oficiales y sus crueles ministros
quedaron sobrecogidos de espanto en sus propios reinos, cual si no
pudiesen resistir la deslumbradora claridad de tan viva luz, y la
presencia del Cristo, establecido de súbito en sus moradas.
2. Y exclamaron con rabia
impotente: Nos has vencido. ¿Quién eres tú, a quien el Señor envía para
nuestra confusión? ¿Quién eres tú, tan pequeño y tan grande, tan humilde y
tan elevado, soldado y general, combatiente admirable bajo la forma de un
esclavo, Rey de la Gloria muerto en una cruz y vivo, puesto que desde tu
sepulcro has descendido hasta nosotros? ¿Quién eres tú, en cuya muerte ha
temblado toda criatura, y han sido conmovidos todos los astros, y que
ahora permaneces libre entre los muertos, y turbas a nuestras legiones?
¿Quién eres tú, que redimes a los cautivos, y que inundas de luz brillante
a los que están ciegos por las tinieblas de sus pecados?
3. Y todas las legiones de
los demonios, sobrecogidos por igual terror, gritaban en el mismo tono,
con sumisión temerosa y con voz unánime, diciendo: ¿De dónde eres, Jesús,
hombre tan potente, tan luminoso, de majestad tan alta, libre de tacha y
puro de crimen? Porque este mundo terrestre que hasta el día nos ha estado
siempre sometido, y que nos pagaba tributos por nuestros usos abominables,
jamás nos ha enviado un muerto tal como tú, ni destinado semejantes
presentes a los infiernos. ¿Quién, pues, eres tú, que has franqueado sin
temor las fronteras de nuestros dominios, y que no solamente no temes
nuestros suplicios infernales, sino que pretendes librar a los que
retenemos en nuestras cadenas? Quizá eres ese Jesús, de quien Satanás,
nuestro príncipe, decía que, por su suplicio en la cruz, recibiría un
poder sin límites sobre el mundo entero.
4. Entonces el Rey de la
Gloria, aplastando en su majestad a la muerte bajo sus pies, y tomando a
nuestro primer padre, privó a la Furia de todo su poder y atrajo a Adán a
la claridad de su luz.
Imprecaciones acusadoras de la
Furiacontra Satanás
XXIV
1. Y la Furia, bramando, aullando y
abrumando a Satanás con violentos reproches, le dijo: Belzebú, príncipe de
condenación, jefe de destrucción, irrisión de los ángeles de Dios, ¿qué
has querido hacer? ¿Has querido crucificar al Rey de la Gloria, sobre cuya
ruina y sobre cuya muerte nos habías prometido tan grandes despojos?
¿Ignoras cuán locamente has obrado? Porque he aquí que este Jesús disipa,
por el resplandor de su divinidad, todas las tinieblas de la muerte. Ha
atravesado las profundidades de las más sólidas prisiones, libertando a
los cautivos, y rompiendo los hierros de los encadenados. Y he aquí que
todos los que gemían bajo nuestros tormentos nos insultan, y nos
acribillan con sus imprecaciones. Nuestros imperios y nuestros reinos han
quedado vencidos, y no sólo no inspiramos ya terror a la raza humana, sino
que, al contrario, nos amenazan y nos injurian aquellos que, muertos,
jamás habían podido mostrar soberbia ante nosotros, ni jamás habían podido
experimentar un momento de alegría durante su cautividad. Príncipe de
todos los males y padre de los rebeldes e impíos, ¿qué has querido hacer?
Los que, desde el comienzo del mundo hasta el presente, habían desesperado
de su vida y de su salvación no dejan oír ya sus gemidos. No resuena
ninguna de sus quejas clamorosas, ni se advierte el menor vestigio de
lágrimas sobre la faz de ninguno de ellos. Rey inmundo, poseedor de las
llaves de los infiernos, has perdido por la cruz las riquezas que habías
adquirido por la prevaricación y por la pérdida del Paraíso. Toda tu dicha
se ha disipado y, al poner en la cruz a ese Cristo, Jesús, Rey de la
Gloria, has obrado contra ti y contra mí. Sabe para en adelante cuántos
tormentos eternos y cuántos suplicios infinitos te están reservados bajo
mi guarda, que no conoce término. Luzbel, monarca de todos los perversos,
autor de la muerte y fuente del orgullo, antes que nada hubieras debido
buscar un reproche justiciero que dirigir a Jesús. Y, si no encontrabas en
él falta alguna, ¿por qué, sin razón, has osado crucificarlo injustamente,
y traer a nuestra región al inocente y al justo, tú, que has perdido a los
malos, a los impíos y a los injustos del mundo entero?
2. Y, cuando la Furia acabó
de hablar así a Satanás, el Rey de la Gloria dijo a la primera: El
príncipe Satanás quedará bajo tu potestad por los siglos de los siglos, en
lugar de Adán y de sus hijos, que me son justos.
Jesús toma a Adán baj.o su
protección y los antiguos profetas cantan su triunfo
XXV
1. Y el Señor extendió su mano, y dijo:
Venid a mí, todos mis santos, hechos a mi imagen y a mi semejanza.
Vosotros, que habéis sido condenados por el madero, por el diablo y por la
muerte, veréis a la muerte y al diablo condenados por el madero.
2. Y, en seguida, todos los
santos se reunieron bajo la mano del Señor. Y el Señor, tomando la de
Adán, le dijo: Paz a ti y a todos tus hijos, mis justos.
3. Y Adán, vertiendo
lágrimas, se prosternó a los pies del Señor, y dijo en voz alta: Señor, te
glorificaré, porque me has acogido, y no has permitido que mis enemigos
triunfasen sobre mí para siempre. Hacia ti clamé, y me has curado, Señor.
Has sacado mi alma de los infiernos, y me has salvado, no dejándome con
los que descienden al abismo. Cantad las alabanzas del Señor, todos los
que sois santos, y confesad su santidad. Porque la cólera está en su
indignación, y en su voluntad está la vida.
4. Y asimismo todos los
santos de Dios se prosternaron a los pies del Señor, y dijeron con voz
unánime: Has llegado, al fin, Redentor del mundo, y has cumplido lo que
habías predicho por la ley y por tus profetas. Has rescatado a los vivos
por tu cruz, y, por la muerte en la cruz, has descendido hasta nosotros,
para arrancarnos del infierno y de la muerte, por tu majestad. Y, así como
has colocado el título de tu gloria en el cielo, y has elevado el signo de
la redención, tu cruz, sobre la tierra, de igual modo, Señor, coloca en el
infierno el signo de la victoria de tu cruz, a fin de que la muerte no
domine más.
5. Y el Señor, extendiendo
su mano, hizo la señal de la cruz sobre Adán y sobre todos sus santos. Y,
tomando la mano derecha de Adán, se levantó de los infiernos, y todos los
santos lo siguieron.
6. Entonces el profeta David
exclamó con enérgico tono: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha
hecho cosas admirables. Su mano derecha y su brazo nos han salvado. El
Señor ha hecho conocer su salud, y ha revelado su justicia en presencia de
todas las naciones.
7. Y toda la multitud de los
santos respondió, diciendo: Esta gloria es para todos los santos. Así sea.
Alabad a Dios.
8. Y entonces el profeta
Habacuc exclamó, diciendo: Has venido para la salvación de tu pueblo, y
para la liberación de tus elegidos.
9. Y todos los santos
respondieron, diciendo: Bendito el que viene en nombre del Señor, y nos
ilumina.
10. Igualmente el profeta
Miqueas exclamé, diciendo: ¿Qué Dios hay como tú, Señor, que desvaneces
las iniquidades, y que borras los pecados? Y ahora contienes el testimonio
de tu cólera. Y te inclinas más a la misericordia. Has tenido piedad de
nosotros, y nos has absuelto de nuestros pecados, y has sumido todas
nuestras iniquidades en el abismo de la muerte, según que habías jurado a
nuestros padres en los días antiguos.
11. Y todos los santos
respondieron, diciendo: Es nuestro Dios para siempre, por los siglos de
los siglos, y durante todos ellos nos regirá. Así sea. Alabad a Dios.
12. Y los demás profetas
recitaron también pasajes de sus viejos cánticos, consagrados a alabar a
Dios. Y todos los santos hicieron lo mismo.
Llegada de los santos antiguos
al Paraíso y su encuentro con Enoch y con Elías
XXVI
1. Y el Señor, tomando a Adán por la
mano, lo puso en las del arcángel Miguel, al cual siguieron asimismo todos
los santos.
2. Y los introdujo a todos
en la gracia gloriosa del Paraíso, y dos hombres, en gran manera ancianos,
se presentaron ante ellos.
3. Y los santos los
interrogaron, diciendo: ¿Quiénes sois vosotros, que no habéis estado en
los infiernos con nosotros, y que habéis sido traídos corporalmente al
Paraíso?
4. Y uno de ellos repuso: Yo
soy Enoch, que he sido transportado aquí por orden del Señor. Y el que
está conmigo es Elías, el Tesbita, que fue arrebatado por un carro de
fuego. Hasta hoy no hemos gustado la muerte, pero estamos reservados para
el advenimiento del Anticristo, armados con enseñas divinas, y
pródigamente preparados para combatir contra él, para darle muerte en
Jerusalén, y para, al cabo de tres días y medio, ser de nuevo elevados
vivos en las nubes.
Llegada del buen ladrón al
Paraíso
XXVII
1. Y mientras Enoch y Elías así
hablaban, he aquí que sobrevino un hombre muy miserable, que llevaba sobre
sus espaldas el signo de la cruz.
2. Y, al verlo, todos los
santos le preguntaron: ¿Quién eres? Tu aspecto es el de un ladrón. ¿De
dónde vienes, que llevas el signo de la cruz sobre tus espaldas?
3. Y él, respondiéndoles,
dijo: Con verdad habláis, porque yo he sido un ladrón, y he cometido
crímenes en la tierra. Y los judíos me crucificaron con Jesús, y vi las
maravillas que se realizaron por la cruz de mi compañero, y creí que es el
Creador de todas las criaturas, y el rey todopoderoso, y le rogué,
exclamando: Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino. Y, acto
seguido, accediendo a mi súplica, contestó: En verdad te digo que hoy
serás conmigo en el Paraíso. Y me dio este signo de la cruz,
advirtiéndome: Entra en el Paraíso llevando esto, y, si su ángel guardián
no quiere dejarte entrar, muéstrale el signo de la cruz, y dile: Es
Jesucristo, el hijo de Dios, que está crucificado ahora, quien me ha
enviado a ti. Y repetí estas cosas al ángel guardián, que, al oírmelas, me
abrió presto, me hizo entrar, y me colocó a la derecha del Paraíso,
diciendo: Espera un poco, que pronto Adán, el padre de todo el género
humano, entrará con todos sus hijos, los santos y los justos del Cristo,
el Señor crucificado.
4. Y, cuando hubieron
escuchado estas palabras del ladrón, todos los patriarcas, con voz
unánime, clamaron: Bendito sea el Señor todopoderoso, padre de las
misericordias y de los bienes eternos, que ha concedido tal gracia a los
pecadores, y que los ha introducido en la gloria del Paraíso, y en los
campos fértiles en que reside la verdadera vida espiritual. Así sea.
Carino y Leucio concluyen su
relato
XXVIII
1. Tales son los misterios divinos y
sagrados que oímos y vivimos, nosotros, Carino y Leucio.
2. Mas no nos está permitido
proseguir, y contar los demás misterios de Dios, como el arcángel Miguel
los declaró altamente, diciéndonos: Id con vuestros hermanos a Jerusalén,
y permaneced en oración, bendiciendo y glorificando la resurrección del
Señor Jesucristo, vosotros a quienes él ha resucitado de entre los
muertos. No habléis con ningún nacido, y permaneced como mudos, hasta que
llegue la hora en que el Señor os permita referir los misterios de su
divinidad.
3. Y el arcángel Miguel nos
ordenó ir más allá del Jordán, donde están varios, que han resucitado con
nosotros en testimonio de la resurrección del Cristo. Porque hace tres
días solamente que se nos permite, a los que hemos resucitado de entre los
muertos, celebrar en Jerusalén la Pascua del Señor con nuestros parientes,
en testimonio de la resurrección del Cristo, y hemos sido bautizados en el
santo río del Jordán, recibiendo todos ropas blancas.
4. Y, después de los tres
días de la celebración de la Pascua, todos los que habían resucitado con
nosotros fueron arrebatados por nubes. Y, conducidos más allá del Jordán,
no han sido vistos por nadie.
5. Estas son las cosas que
el Señor nos ha ordenado referiros. Alabadlo, confesadlo y haced
penitencia, a fin de que os trate con piedad. Paz a vosotros en el Señor
Dios Jesucristo, Salvador de todos los hombres. Amén.
6. Y, no bien hubieron
terminado de escribir todas estas cosas sobre resmas separadas de papel,
se levantaron. Y Carino puso lo que había escrito en manos de Anás, de
Caifás y de Gamaliel. E igualmente Leucio dio su manuscrito a José y a
Nicodemo.
7. Y, de súbito, quedaron
transfigurados, y aparecieron cubiertos de vestidos de una blancura
deslumbradora, y no se los vio más.
8. Y se encontró ser sus
escritos exactamente iguales en extensión y en dicción, sin que hubiese
entre ellos una letra de diferencia.
9. Y toda la Sinagoga quedó
en extremo sorprendida, al ter aquellos discursos admirables de Carino y
de Leucio. Y los judíos se decían los unos a los otros: Verdaderamente es
Dios quien ha hecho todas estas cosas, y bendito sea el Señor Jesús por
los siglos de los siglos. Amén.
10. Y salieron todos de la
Sinagoga con gran inquietud, temor y temblor, dándose golpes de pecho, y
cada cual se retiró a su casa.
11. Y José y Nicodemo
contaron todo lo ocurrido al gobernador, y Pilato escribió cuanto los
judíos habían dicho tocante a Jesús, y puso todas aquellas palabras en los
registros públicos de su Pretorio.
Pilatos en el templo
XXIX
1. Después de esto, Pilatos, habiendo
entrado en el templo de los judíos, congregó a todos los príncipes de los
sacerdotes, a los escribas y a los doctores de la ley.
2. Y penetró con ellos en el
santuario, y ordenó que se cerrasen todas las puertas, y les dijo: He
sabido que poseéis en este templo una gran colección de libros, y os mando
que me los mostréis.
3. Y, cuando cuatro de los
ministros del templo hubieron aportado aquellos libros adornados con oro y
con piedras preciosas, Pilatos dijo a todos: Por el Dios vuestro Padre,
que ha hecho y ordenado que este templo fuera construido, os conjuro a que
no me ocultéis la verdad. Sabéis todos vosotros lo que en estos libros
está escrito. Pues ahora manifestadme si encontráis en las Escrituras que
ese Jesús, a quien habéis crucificado, es el Hijo de Dios, que debía venir
para la salvación del género humano, y explicadme cuántos años debían
transcurrir hasta su venida.
4. Así apretados por el
gobernador, Anás y Caifás hicieron salir de allí a los demás, que estaban
con ellos, y ellos mismos cerraron todas las puertas del templo y del
santuario, y dijeron a Pilatos: Nos pides, invocando la edificación del
templo, que te manifestemos la verdad, y que te demos razón de los
misterios. Ahora bien: luego que hubimos crucificado a Jesús, ignorando
que era el Hijo de Dios, y pensando que hacía milagros por arte de
encantamiento, celebramos una gran asamblea en este mismo lugar. Y,
consultando entre nosotros sobre las maravillas que había realizado Jesús,
hemos encontrado muchos testigos de nuestra raza, que nos han asegurado
haberlo visto vivo después de la pasión de su muerte. Hasta hemos hallado
dos testigos de que Jesús había resucitado cuerpos de muertos. Y hemos
tenido en nuestras manos el relato por escrito de los grandes prodigios
cumplidos por Jesús entre esos difuntos. Y es nuestra costumbre que cada
año, al abrir los libros sagrados ante nuestra Sinagoga, busquemos el
testimonio de Dios. Y, en el primer libro de los Setenta, donde el
arcángel Miguel habla al tercer hijo de Adán, encontramos mención de los
cinco mil años que debían transcurrir hasta que descendiese del cielo el
Cristo, el Hijo bien amado de Dios, y consideramos que el Señor de Israel
dijo a Moisés: Haz un arca de alianza de dos codos y medio de largo, de
codo y medio de alto, y de codo y medio de ancho. En estos cinco codos y
medio hemos comprendido y adivinado el simbolismo de la fábrica del arca
del Antiguo Testamento, simbolismo significativo de que, al cabo de cinco
millares y medio de años, Jesucristo debía venir al mundo en el arca de su
cuerpo, y de que, conforme al testimonio de nuestras Escrituras, es el
Hijo de Dios y el Señor de Israel. Porque, después de su pasión, nosotros,
príncipes de los sacerdotes, presa de asombro ante los milagros que se
operaron a causa de él, hemos abierto estos libros, y examinado todas las
generaciones hasta la generación de José y de María, madre de Jesús. Y,
pensando que era de la raza de David, hemos encontrado lo que ha cumplido
el Señor. Y, desde que creó el cielo, la tierra y el hombre, hasta el
diluvio, transcurrieron dos mil doscientos doce años. Y, desde el diluvio
hasta Abraham, novecientos doce años. Y, desde Abraham hasta Moisés,
cuatrocientos treinta años. Y, desde Moisés hasta David, quinientos diez
años. Y, desde David hasta la cautividad de Babilonia, quinientos años. Y,
desde la cautividad de Babilonia hasta la encarnación de Jesucristo,
cuatrocientos años. Los cuales forman en conjunto cinco millares y medio
de años. Y así resulta que Jesús, a quien hemos crucificado, es el
verdadero Cristo, hijo del Dios omnipotente.
Primera carta de Pilatos a Tiberio
Carta de Pilatos al emperador
XXX
1. Poncio Pilatos a Claudio Tiberio
César, salud.
2. Por este escrito mío
sabrás que sobre Jerusalén han recaído maravillas tales como jamás se
vieran.
3. Los judíos, por envidia a
un profeta suyo, llamado Jesús, lo han condenado y castigado
cruelísimamente, a pesar de ser un varón piadoso y sincero, a quien sus
discípulos tenían por Dios.
4. Lo había dado a luz una
virgen, y las tradiciones judías habían vaticinado que sería rey de su
pueblo.
5. Devolvía la vista a los
ciegos, limpiaba a los leprosos, hacía andar a los paralíticos, expulsaba
a los demonios del interior de los posesos, resucitaba a los muertos,
imperaba sobre los vientos y sobre las tempestades, caminaba por encima de
las ondas del mar, y realizaba tantas y tales maravillas que, aunque el
pueblo lo llamaba Hijo de Dios, los príncipes de los judíos, envidiosos de
su poder, lo prendieron, me lo entregaron, y, para perderlo, mintieron
ante mí, diciéndome que era un mago, que violaba el sábado, y que obraba
contra su ley.
6. Y yo, mal informado y
peor aconsejado, les creí, hice azotar a Jesús y lo dejé a su discreción.
7. Y ellos lo crucificaron,
lo sepultaron, y pusieron en su tumba, para custodiarlo, soldados que me
pidieron.
8. Empero, al tercer día
resucitó, escapando a la muerte.
9. Y, al conocer prodigio
tamaño, los príncipes de los judíos dieron dinero a los guardias,
advirtiéndole: Decid que sus discípulos vinieron al sepulcro, y robaron su
cuerpo.
10. Mas, no bien hubieron
recibido el dinero, los guardias no pudieron ocultar mucho tiempo la
verdad, y me la revelaron.
11. Y yo te la transmito,
para que abiertamente la conozcas, y para que no ignores que los príncipes
de los judíos han mentido.
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