En este mundo cada vez más desorientado, surge la duda entre la búsqueda de dioses desconocidos o un ancestro común, según se adopten posturas místicas o técnicas, de ahí la proliferación de sectas, santones, videntes y pseudociencias. Mientras se habla en sentido filosófico de “el fin del arte” y da la impresión que todo está hecho o todo vale, surge en anónimo silencio la nueva obra de Mamen Domínguez como impulsora de un instinto creador en un improvisado y nuevo génesis. Al principio, se hace la materia, después la forma y más tarde el color; sin que termine aquí este proceso mágico, que va desarrollándose y evolucionando como una nebulosa pulverizada de materia cósmica celeste, captando instantes de su continuo centelleo, en los que alternan luz y nubes gaseosas con penumbras y sombras.
Nos muestra un universo en relieve, apto para tocar y palpar, que, más que reforzar el sentido de la vista, produce una sinergia entre vista y tacto, en la que la suma de ambos efectos crea un sentido superior plenamente organizado.
Establece un espacio lejano y cercano a la vez, ingrávido y etéreo en el que desaparece el tiempo y deja de tener sentido la distancia, porque desconocemos si está cerca o lejos, arriba o abajo; no puede medirse lo inconmensurable y los años luz se quedan obsoletos y relativizados ante parámetros imaginarios.
Es una mirada retrospectiva al origen de todo. Ante tanto avance de la ciencia, o al menos lo parece, tomamos conciencia de nuestra ignorancia y queremos empezar a saber desde el principio; es un deseo de coger el toro por los cuernos. Hasta ahora apenas hemos sido capaces de descubrir la soledad.
Es una pintura, y hablamos de pintura en sentido genérico, vigorosa, sobria, serena y armónica, aunque no exenta de cierta rebeldía, en un mundo que empieza a ser inquietante, pero que representa al propio tiempo una búsqueda de soluciones, tal vez en otros mundos mejores, a los problemas de este inestable y conflictivo planeta.
En la obra de Mamen Domínguez resaltan un trabajo ávido, la determinación de ejecutar lo que intuye y no puede contener por más tiempo en su interior y una imperiosa necesidad de descubrir cosas: soluciones, caminos, texturas...todo, aunque sea el placer del esfuerzo cotidiano. Destaca también el deseo de permanencia de su obra, de ahí la importancia de la materia, su dureza y consistencia, tan contrapuesta a la fragilidad de todo lo efímero y derrochador que padecemos en esta sociedad consumista.
No soy ningún profeta, ni pretendo serlo, pero cuando nos encontramos con una artista de estas características y cualidades, inteligencia, vocación, laboriosidad, inquietud y curiosidad, creo que no es difícil imaginar que estamos ante una gran artista. El tiempo lo dirá.
Bartolomé Montijano


