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Un aspecto cuya enorme importancia no guarda relación con el pequeño espacio que aquí se le va a dedicar es la actividad de Jesús como sanador popular y como exorcista. Me limito a un breve apunte.
Durante mucho tiempo los llamados milagros de Jesús eran un engorro para historiadores y teólogos que no sabían que hacer con ellos. En la Iglesia misma si no se podía eludir su explicación se recurría a interpretaciones alegorizantes. Hoy las cosas han cambiado. Hasta los críticos más radicales aceptan que Jesús realizó curaciones que sus contemporáneos consideraban milagrosas. El dato se encuentra en absolutamente todas las tradiciones evangélicas y quien lo niegue se incapacita para decir nada del Jesús histórico.
Jesús
tuvo las características de un sanador popular y este es un rasgo muy
importante para explicar la enorme atracción que ejercía entre la gente.
“Una gran muchedumbre, al oír lo que hacia acudió a el” (Mc 3,10;
Cfr 1,32-34; 1,45; 6,55-56). En este punto, quizá como en ningún otro, necesitamos superar el anacronismo y el etnocentrismo. Un antropólogo ateo o agnóstico no tiene ninguna dificultad para aceptar al Jesús curandero popular y exorcista, mientras que suele tener muchas el teólogo supuestamente crítico.
Sin duda que las tradiciones de milagros de Jesús han sido muy amplificadas por la fe postpascual y por la imaginación popular. Hay relatos de milagros que son totalmente creaciones comunitarias. Habrá que ver en cada caso (Meier 1999; Theissen-Merz 1999; Twelftree 1999). Pero parece claro que Jesús tenía poderes taumatúrgicos, que hay que situar a la luz de lo que la antropología nos enseña sobre los llamados sanadores étnicos, que se dan prácticamente en todas las culturas (Pilch).
Los
milagros de Jesús tienen una serie de características bien conocidas y
que no voy a enumerar ahora, pero lo más propio es que relacionaba sus
curaciones con la fe y la venida del Reino. Por
otra parte, Jesús y sus contemporáneo, tienen una cosmovisión
supernaturalista del mundo y creen en seres intermedios y espíritus
malignos: es el marco para entender los exorcismos de Jesús (Twelftree
1993) . Como las curaciones, responden a un dato histórico indudable pero
que hay que saber interpretar. Es interesante notar que a diferencia de éstas,
la tradición no tiende a engrandecer los exorcismos de Jesús, que no se
encuentran ni en el último evangelio, el de Juan, ni tampoco en las
fuentes exclusivas de Mateo y Lucas; están solo en las fuentes más
antiguas, en Mc y en Q. Los fenómenos de posesión se conocen en muchísimas culturas y se dan con especial frecuencia en situaciones de ruptura de los equilibrios tradicionales, por ejemplo cuando una cultura nativa se siente gravemente amenazada (pensemos en situaciones de colonialismo; en las culturas preindustriales, en situaciones de graves presiones en el seno familiar). También se constata que hay personas o sectores sociales que por su debilidad o vulnerabilidad están más expuestos a estar poseídos por espíritus inmundos.
Es
evidente que considerar “posesión” a determinados estados psicológicos
supone una interpretación cultural, pero a la vez contribuye a
provocarlos y fortalecerlos. Las posesiones por espíritus son una
variante de los Estados Alterados de Conciencia o de las situaciones de
trance, que aparecen en casi todas las culturas preindustriales. El
recurso a esta perspectiva de la antropología y de la psicología social
es muy útil para el estudio del movimiento de Jesús y del cristianismo
primitivo y me limito solo a apuntar el tema (Lewis, Guijarrro 2001,
Davies). El poseído expresa dimensiones reprimidas y en este sentido, ejerce una denuncio social, pero también es una válvula de escape de las contradicciones psicológicas y sociales. Jesús tiene la capacidad, que interpreta siempre en clave religiosa , de liberar a poseídos por espíritus inmundos y de recuperarlos para la convivencia humana pero esto tenía innegables repercusiones sociales: los gerasenos lo consideran un desestabilizador peligroso y le piden que se vaya (Mc 5,17); en otro caso se levantan reacciones muy distintas y mientras unos sospechan que Jesús es el Hijo de David, otros, los fariseos, afirman que, “expulsa los demonios por Beelzebul, príncipe de los demonios” (Mt 12,23-24). Se trata obviamente de interpretaciones culturales pero que responden a intereses distintos y por eso son tan diferentes.
Nos encontramos aquí con un caso del etiquetamiento negativo de Jesús, del intento de estigmatizarle socialmente, es decir de desacreditarle ante el pueblo y de impedir su influencia; un aspecto de grave conflicto que Jesús provocó en el sociedad judía.
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