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Precisar
la actitud de Jesús ante la Ley no es nada fácil, porque no hizo
pronunciamientos generales y, además, porque las grandes controversias
que se dieron sobre el tema en la Iglesia primitiva se refleja en los
textos evangélicos dificultando la crítica histórica. Hay una
diferencia notable en cómo presentan las cosas el judeocristiano Mateo y
el paganocristiano Marcos Se trata, sin duda, de un problema de vital importancia en nuestro estudio y me atrevo a sintetizar en una serie de punto la actitud de Jesús.
- Jesús fue siempre un judío fiel y, por tanto, respetuoso y cumplidor de la ley. En general tiene una notable afinidad con el judaísmo abierto de Hillel, aunque en algún caso, concretamente en lo referente al divorcio, se acerca más a la postura de Shamai.
Al rico que le pregunta que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna le responde “cumple los mandamientos” (Mt 19,17) y, además, los enuncia: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás...” (Mt, 19,18-19; Mc 10,19).
También es verdad que el punto de partida de la predicación de Jesús y lo más importante de ella no reside en la explicación de la ley.
- Jesús radicaliza aspectos de la ley. No basta con no matar, sino que hay que evitar otro tipo de agresiones menores e incluso los insultos. Pensemos también en la prohibición del divorcio. Esta enseñanza de Jesús parecía no tener paralelo alguno en el mundo judío de la época, pero se ha encontrado una doctrina muy similar en el Rollo del Templo (1 Q Rollo del Templo 57,17-19; TQ 223). En el Documento de Damasco se fundamenta la prohibición del divorcio en el orden primigenio querido por Dios en la creación (Documento de Damasco 4, 20-21; TQ 83), que es exactamente lo que hace Jesús (Mc, 10,5-9).
En
la cuenta de esta radicalización ética hay que poner también la
denuncia de tradiciones humanas que ocultan y desvirtúan la intención
profunda de la Ley (Mc 7,8-13; Mt 23,23). - Jesús relativiza -sin que esto suponga su simple abolición- los preceptos rituales, concretamente los referidos al sábado y a las normas de pureza. La Iglesia posterior, por razones polémicas, acentuó este rasgo, que se remonta sin duda a Jesús. Hay dichos que pueden proceder de él: “No es lo que entre de fuera sino lo que sale de su boca lo que puede hacer impuro al hombre” (Mc 2,27; Mc 7,15; Mt 15,11); “Ay de vosotros que purificáis el exterior de la copa y de los platos pero dentro están llenos de robo y de codicia” (Lc 11,39; Mt 23,25; Ev. Tom 89); “Ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y abandonáis la justicia, la misericordia y la fe. Esto es lo que habría que practicar, aunque sin abandonar lo otro” (Mt 23,23; Lc 11,42).
Jesús aceptó la relación con gente tenido como impura, pecadores y publicanos, probablemente prostitutas, y lo hacía sin importarle las críticas porque quería anunciar y hasta visibilizar que el Reino de Dios se ofrece a todos y a nadie excluye.
Relativizar los preceptos rituales y las normas de pureza era poner en peligro la identidad étnica que estos garantizaban. En efecto, como saben bien los antropólogos las normas de pureza son barreras que separan a los judíos de los demás pueblos, a la vez que suponen el control de los cuerpos de los miembros de Israel por parte de sus autoridades religiosas.
Jesús promovió un movimiento de renovación intrajudío en un momento de una crisis generalizada y grave en su pueblo. Habían surgido otros movimientos de renovación, que se caracterizaban por radicalizar las normas de pureza, por reafirmar la identidad étnica y que, por tanto, eran movimientos exclusivistas; se dirigían a una élite de puros y elegidos. Es lo que caracteriza a los fariseos, nombre que quiere decir “los separados”; los esenios de Qumrán traducían esta separación físicamente y se iban al desierto, lejos de un pueblo y de unas instituciones corrompidas y contaminadas; ellos eran el verdadero Israel que esperaba al Mesías.
El movimiento de Jesús se caracteriza por lo contrario, por ser inclusivo, por buscar a la gente, por no marginar a nadie, por anunciar a todos la llegada de Dios y su Reino. No es ninguna casualidad que esta actitud y este anuncio desencadenasen un fuerte conflicto intrajudío.
También quiero apuntar que el desarrollo posterior del cristianismo, con la apertura a los paganos, con toda la novedad que introdujo respecto a lo que fue el horizonte histórico de Jesús, estuvo posibilitado, de alguna forma, por el carácter inclusivo del más primitivo movimiento de Jesús y por su relativización de las fronteras étnicas con las que Israel protegía su identidad.
- Lo más característico de la interpretación jesuánica de la ley es la importancia dada al amor al prójimo. “¿Cual es el primero de todos los mandamientos?”, le preguntan. Responde : “El primero es: Escucha Israel: el señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios... El segundo es amarás al prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 28-31). Jesús está citando el mandamiento de Lev 19,18. Había grandes discusiones en el judaísmo en torno a cómo había que entender “el prójimo” de este texto, concretamente qué extensión tenía.
Cuando le preguntan a Jesús su opinión (“¿Quién es mi prójimo?”) responde con la parábola del buen samaritano (Lc, 10,29-37), que probablemente es histórica y responde al más puro estilo de Jesús: replantea de forma provocadora la pregunta que se le hace. La cuestión no es tanto “quién es mi prójimo”, sino quién es capaz de hacerse prójimo del hombre abatido en el camino. Es decir, Jesús invita a pensar la moral y el amor desde las víctimas.
En el judaísmo del tiempo había quienes limitaban el prójimo a los miembros del pueblo judío. Así los LXX traducen “prójimo” por “prosélito” en Lev 19,18, es decir paganos convertidos al judaísmo. Sin embargo en el judaísmo helenista sobre todo, pero también en el judaísmo palestino, había interpretaciones más amplias que se abrían al amor al extranjero. Parece que es lo que piensa Jesús.
Es muy claro, sobre todo, cuando inculca la no violencia y el amor a los enemigos, que sin duda proceden de Jesús y constituyen el culmen de su moral. Los evangelios presentan unas formulaciones radicales y provocativas, que plantean numerosos problemas tanto literarios como de aplicabilidad, en los que no podemos entrar ahora. No se refiere solo al enemigo personal, sino también al del pueblo como tal (está muy claro que Mateo, el evangelista más judío, así lo entendió, porque en 5,41 se refiere a una imposición romana). Estas afirmaciones de Jesús se pueden y se deben situar en el contexto judío de su tiempo, porque no son meras doctrinas intemporales. Concretamente hubo un par de movilizaciones populares judías no violentas frente a Pilato que resultaron eficaces (AJ 18,271 s; BJ 2,174. 195-198) (Theissen 1985, 103-147).
La justificación teológica del amor a los enemigos es muy rica, pero me fijo solo en un aspecto: “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Se encuentra aquí un motivo clave de la espiritualidad judía: la imitación de Dios (Aguirre 2001, 37). Lo propio de Jesús es que se trata de imitar a un Dios que es bueno, que es amor, y cuya bondad se manifiesta en la creación (“hace salir su sol...”) y también en la llegada de su Reino.
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