LA GACETA DE GAUCÍN
Una tarde en familia.
Todos en casa estábamos
muy contentos. Hacía unos días que habían inaugurado
lo que en la tele llaman “una gran superficie comercial” en las afueras
de la ciudad. Según mamá, ya no tendríamos que ir a
hacerle los recados a la tienda de Juanita cuando a ella se le olvidase
algo para las comidas, ni al super de la esquina por los embutidos y fiambres
para los bocatas. De esta forma no tendríamos que salir de casa si
no era para jugar con nuestros amiguitos.
Papá trabaja en un taller de coches todos
los días y no puede venir a casa hasta por la noche. Como hay por
lo menos veintitantos kilómetros desde la casa al trabajo y el tiempo
del que dispone a mediodía es escaso, come el “plato del día”
en un bar que hay cerca del taller, así puede descansar y no tiene
que coger el coche tantas veces y exponerse a los peligros de la carretera,
como dice mamá.
Mamá trabaja en un hospital. Es enfermera
de las que llevan a los enfermos en las camillas de un lugar para otro.
A veces no está en casa por las mañanas, en otras ocasiones
va al hospital por la tarde y, algunas veces, no duerme con nosotros, dice
que “le toca noche”.
Cuando no está por las tardes, antes de
irse, nos deja preparada la comida y yo la tengo que calentar en el microondas
(una vez saltó la fuente dentro del micro y se derramó toda
la comida, ¡cómo se puso el microondas!). Ese día y otros
en los que mamá tiene que ir a la ciudad a “resolver unos asuntos”,
nos tomamos unos sandwiches de mortadela o de jamón york (mamá
nos dice que no cojamos los cuchillos, por eso no nos hacemos un bocata de
salchichón. Los bocatas nos los tomamos en el recreo porque mamá
nos los deja preparado.)
A mamá se le nota muy cansada las tardes
que está en la casa, después de comer se sienta a ver la tele
y la pobre se queda dormida. Cuando se despierta prepara la comida para
el día siguiente, pone la lavadora, recoge la ropa del tendedero,
plancha y no para ni un minuto. "Yo no puedo tirar sola de la casa", la
oímos protestar en muchas ocasiones. Pero como papá está
en el trabajo, nosotros somos pequeños y ella no está todo
el día, ni todos los días en la casa, no le queda más
remedio que trabajar y trabajar.
Jessi, mi hermana pequeña que sólo tiene tres años,
se pasa durmiendo casi toda la tarde, después por la noche no hay
quien la acueste y se queda viendo la tele hasta que papá y mamá
se van a la cama; Jenny, que ya está en primero, se suele ir con
su amiga Mélani y allí se pasa toda la tarde, ¡qué
suerte tiene, todavía no le mandan deberes! Yo ya estoy en tercero
de primaria y lo primerito que hago después de comer son los deberes,
después me pongo a jugar con la pley esteichon que me echaron los
reyes o veo la tele, algunas tardes, cuando mamá está en casa
y me deja, me voy a las pistas a jugar al fútbol con mis amigos.
Si mamá no trabaja el sábado por
la tarde o el domingo, esos días estamos todos juntos.
Ayer fue sábado y a mamá le tocaba
descanso. Papá llegó a las tres de la tarde, había
tenido guardia en el taller, y se trajo un pollo asado y patatas fritas,
nos lo comimos en la cocina en un santiamén. Dejamos los platos en
el fregadero (mamá le dijo a papá que teníamos que
comprar un valalajilla, que eso le quitaría mucho trabajo), nos pusimos
el chándal y las Nikes de salir y todos nos subimos al coche para
ir a “la gran superficie comercial”.
Al llegar, papá no podía aparcar
y tuvo que dar varias vueltas al aparcamiento subterráneo hasta
que vio a una familia que estaba cargando su coche con la compra, puso
los cuatro intermitentes y estuvimos esperando un ratáncano hasta
que el hombre dejó el sitio libre, ¡no veas como pitaban los
que estaban detrás! Se había formado una cola de “cojones”,
como dice papá.
Anduvimos (así nos explica mi maestra que
se dice andamos) otro rato buscando un carro para la compra, todos los
parkins de carros estaban vacíos. Mamá corrió al ver
a una señora que iba a dejar el suyo, le dio veinte duros y por fin
ya tenía uno entre sus manos.
A la entrada había una especie de jaula
de cristales, bueno, más bien una pecera sin agua ni peces, en la
que había muchos niños pequeños subiendo por unas
redes, saltando sobre bolas de esponja, tirándose unos a otros esas
mismas bolas o jugando con juegos gigantes de construcciones. Jéssica
pegó la nariz al cristal y mamá le preguntó si quería
quedarse allí jugando con esos niños tan simpáticos,
ella no dijo ni que sí ni que no, pero mamá habló con
una señorita que estaba dentro de la jaula y allí dejamos
a Jessi descalza y con cara de pocos amigos.
El centro comercial era muy grande. Antes de pasar adonde se compra
había muchas tiendas pequeñas (como las que hay por el centro
de la ciudad), un banco, un bar, un restaurante y algunos tenderetes por
el pasillo. Procurando guiar bien el carro pudimos pasar a la zona de compras,
no sin que antes papá, que llevaba el carro, le diese un par de veces
a mamá cerca de los tobillos, mamá dice que papá nunca
sabe por donde va y que no presta cuidado (por la cara y los gestos que
hizo mamá eso debió de dolerle muchísimo).
Nada más entrar mamá me hizo ir a coger un carrito especial
que hay para los niños, decía que era para que yo también
aprendiese a hacer la compra, como queriéndome hacer una persona
mayor y responsable. Jénnifer, mi hermana la de en medio, venía
detrás de nosotros y se paró a ver un vídeo de Uol
Disney que estaban echando en una tele muy grande (por lo menos de 38 pulgadas)
que había en el pasillo del centro, cerca de donde estaban los juguetes.
Le preguntó a papá si se podía quedar viendo la peli
y papá le dijo que sí pero que de allí no se moviera
hasta que nosotros volviésemos. Se sentó en el suelo haciendo
corro con otros niños y nosotros nos fuimos a comprar, que era a
lo que íbamos.
Por todos los pasillos y en todas las estanterías había
unos letreros muy grandes en los que ponía “OFERTA”, con letras
en color fosforito chillón. Cosas de las que estaban debajo de esos
carteles fueron las primeras en ir llenando el carro: un juego de toallas,
tres fregonas y un palo, un taladro percutor con regalo de un juego de brocas;
un montón de latas de atún, mejillones, tomate frito, aceitunas,
espárragos, cocacolas y fantas. También pusimos en el carro
un aparato que ni papá ni mamá sabían muy bien para
lo que servía, pero que ambos decía que era muy barato.
En el pescado tuvimos que coger un número, teníamos
el 75 y ya iban por el 25, sólo había 50 personas delante
de nosotros, menos mal que las frutas y verduras estaban cerca y mamá
aprovechó la espera para ir añadiendo al carro: patatas,
lechugas, tomates, plátanos, mandarinas y unas manzanas muy grandes
y muy brillantes.
Cuando llegó nuestro turno papá compró langostinos
y unos pescados grandes y aplanchetados que yo nunca antes había visto,
él decía que los iba a preparar cuando llegásemos a
la casa y que el domingo nos los comeríamos.
Ya llevábamos más de una hora dentro y yo todavía
no había puesto nada en mi carrito, así que cuando pasamos
por donde estaban las salchichinas eché tres bolsas, miré
a mamá y ella me sonrió dándome su aprobación.
La sonrisa de mamá me animó bastante y al pasar por las pizzas
también eché dos, después tres o cuatro bíos,
otros tantos batidos, unos danones Yoplait, flanes, natillas, fosquitos,
bollicaos y cinco copas de chocolate con nata, con esto tenía el
carrito casi tan lleno como el de mamá.
Al llegar a la caja papá me dijo que fuese a buscar a Jennifer.
Abriéndome paso entre tanta gente pude llegar a donde la habíamos
dejado. Había muchos niños sentados en el suelo, de rodillas
y tumbados por allí, pero Jenny no estaba entre ellos. La película
que había en la tele ya no era la de Uol Disney, era otra de dibujitos.
Empecé a buscar a mi hermana por los pasillos de al lado, pero no
la encontré, seguro que se había perdido. Con el corazón
encogido volví como pude hasta la caja en la que se habían
quedado papá y mamá, ya estaban a punto de que les tocara.
Cuando me vieron llegar sin Jenny, mamá se puso nerviosísima
y no paraba de preguntarme que dónde estaba la Jenny. A papá
le recriminaba por no haberle hecho caso cuando le dijo que no la
dejara allí, y se lamentaba angustiada de que ahora sólo Dios
sabría donde estaba su niña. Por último le decía
a papá que cómo se podía quedar tan tranquilo y no
iba a buscarla y lo conminaba para que fuese de una p... vez (yo creo que
mamá dijo una palabra muy fea).
Mamá estaba a punto de que le diese algo, menos mal que entonces
se oyó decir por los altavoces que en la caja central se encontraba
una pequeña que decía llamarse Jennifer Pérez y pedían,
por favor, a sus padres que fuesen a recogerla.
A mamá le volvió un poco la tranquilidad a la cara y
papá pudo al fin respirar (llevaba un rato que no daba pie con bola).
Mamá le preguntó a la señorita de la caja que dónde
estaba la caja central y papá, con la cara roja como un tomate, siguiendo
las indicaciones de la cajera fue a rescatar a mi hermana, no sin antes
advertirme que no me moviese del lado de mamá hasta que él
volviese.
Junto a las cajas había unos expositores con golosinas de todas
las clases, cuando vi que mamá cogió unas cuchillas de afeitar
y una caja de yo no sé qué de otro expositor que había
al lado, me atreví y completé mi carrito con unos lacasitos
y chicles de fresa y menta.
Mamá volvía a dominar la situación y comenzó
a colocar las cosas de su carro en la cinta de la caja, yo le ayudaba y
se las iba alargando una a una. Cuando le llegó el turno a mi carrito
mamá me dijo que sólo pusiera los danones, los batidos y
las salchichinas, después retahiló algunas cosas sobre que
si dónde íbamos a ir con tanta chuchería o que si yo
me creía que el dinero lo regalaban.
Visto y no visto, mis pulmones se inflaron y comencé a llorar
a grito pelado. En pocos minutos me convertí en el centro de atención
de la mayoría de las otras filas de las cajas próximas a
la nuestra. Los pellizcos que me daba mamá en el brazo al tiempo
que me mandaba callar no hacían más que aumentar el volumen
de mis gritos.
Estaba mamá sacando el monedero para pagar la cuenta cuando
apareció papá con Jenny cogida de un brazo, que entre hipidos
se llevaba la mano libre al trasero para tratar de aliviar un poco los cachetes
que papá debió darle cuando la recogió en la caja central.
Los hipidos de Jenny y mi más que espectacular barraquera hicieron
cambiar de opinión a mamá y se volvió a mi carrito para
colocar la mayor parte de las cosas que había dejado en él.
Papá me había dicho que al salir nos íbamos a
tomar una hamburguesa y una coca-cola en el restaurante. Tal y como estaba
el panorama pensé que tendrían que esperar a mejor ocasión,
pero papá se paró en el bar para tomarse una cerveza y refrescarse
un poco, mamá también se pidió una, y éste
fue el momento que aprovechamos mi hermana y yo para comenzar con la cantinela
de que teníamos hambre y queríamos una hamburguesa; algo
que, tras un nuevo amago de llanto, conseguimos sin dificultad.
Al salir recogimos a Jessy de la jaula de cristal, llevaba allí
más de dos horas. Se había quedado dormida en un rincón
sobre un montón de pelotas de esponja. Tenía quitada la chaquetilla
del chándal y seguía descalza. Mamá habló con
la señorita y entró a por ella. Cuando mamá la sacó
de allí vimos que tenía toda la cara llena de churretones
y se abrazaba a mamá como si pensara que alguien la fuese a dejar
allí otra vez, o que fuese a perder a mamá para siempre. Traía
la pella descolocada y despedía un olor a caca que no había
quien lo soportase. Papá le dio a la señorita un billete de
mil y alguna moneda de veinte duros, después se quejaba del dineral
que cobraban por tener a una niña allí dentro un rato.
Salimos del hipermercado y, tras llenar el maletero del coche y parte
de los asientos de atrás con bolsas y más bolsas, nos montamos
y abandonamos el lugar. En el camino de regreso a casa me debí quedar
dormido pues ya no me acuerdo de más cosas hasta que esta mañana
me ha despertado papá para ducharme. Mamá es la que casi
siempre me ducha pero hoy está de mañana y se tuvo que ir
muy temprano al hospital.
Estoy deseando que mamá descanse otro sábado para poder
ir de nuevo a “la gran superficie comercial”. ¡Qué guay que
nos lo pasemos!
Nota: Perdonad que algunas palabras no las haya escrito bien, pero
es que el inglaterro es muy difícil de escribir y como además
tengo un poquito de disleksia (eso le dice la maestra a mi madre cuando
le explica los “eneemes” del boletín informativo) también
me equivoco algunas veces al escribir en español.
Teodoro R. Martín de Molina.