LA GACETA DE GAUCÍN
RUIDO DE CRISTALES.
Rubén tiró el plumier con tanta fuerza que su impacto
contra el cristal de la ventana hizo imposible que éste no saltara
hecho añicos. Si Antonio no se hubiera agachado habría recibido
el golpe y no hubiese sucedido nada de lo que sigue.
Rápidamente la profesora de Lengua, la señorita Mercedes,
se aproximó al chaval, lo agarró de un brazo y fijando su mirada
en los ojos algo atemorizados de Rubén, le recriminó de forma
airada lo que había hecho. Le preguntó por el motivo de su
acción, a lo que el muchacho respondió levantando levemente
los hombros en actitud dubitativa. A renglón seguido le comunicó
que le iba a poner un parte por falta grave y que le daría cuenta del
hecho a su Tutor, al Jefe de Estudios y a la Directora.
Hacía unos segundos que había sonado la sirena anunciando
el tiempo de recreo y, cuando la profesora acabó con su filípica,
todos los alumnos se precipitaron sobre las puertas y en el pasillo el comentario
sobre lo que había hecho Rubén se fue corriendo como reguero
de pólvora.
La señorita Mercedes, después de redactar el parte, acudió
al despacho del Jefe de Estudios, donde también se encontraba la Directora
del centro y le entregó el escrito al tiempo que de viva voz explicaba
cómo Rubén había roto el cristal de una de las ventanas
de la clase.
Al instante entró don Evaristo, tutor de 2º B, el grupo
de Rubén, que ya estaba al cabo de la calle de lo que había
hecho uno de sus pupilos. En la sala de profesores no se había hablado
nada más que de ello. En los corrillos de alumnos por el patio de
recreo sólo se hablaba del tema, de la que le iba a caer al compañero
de 2º por la trastada que había cometido.
Durante todo el resto de la jornada escolar, e incluso cuando ésta
concluyó por las calles y en algunas casas del pueblo, la rotura del
cristal fue tema recurrente durante todo ese día y en días
sucesivos.
El ruido de los cristales rotos, que tampoco fue tan estruendoso, se
fue acrecentando, ampliando, exagerando, al tiempo que se iba deformando
de tal modo por el boca a boca, que jamás a un hecho tan simple se
le conoció repercusión más espectacular.
Rubén fue expulsado del instituto por un período de tres
días lectivos y obligado a reponer el cristal.
Como quiera que habían pasado varios días desde que Rubén
volvió tras cumplir con la corrección que se le impuso y el
cristal aún no se había repuesto, Antonio, el que se agachó
cuando su compañero lanzó el plumier, que además era
el hijo del cristalero del pueblo, pidió permiso al tutor para en
uno de los recreos colocar el cristal en la ventana. Él estaba acostumbrado
a ayudar a su padre en tales menesteres y no le resultaría complicada
la tarea.
Después de colocar el cristal tenían clase de Lengua
y Literatura, la señorita Mercedes comenzó con la explicación
de las reglas básicas de la métrica y animó a los alumnos
a medir el número de sílabas de los versos del poema que servía
de ejemplo en el epígrafe correspondiente del libro de texto.
De soslayo se apercibió de que el cristal ya estaba colocado.
No preguntó ni quién, ni cuándo, ni cómo se
había colocado de nuevo el cristal. Tampoco fue a comunicárselo
al Tutor, ni al Jefe de Estudios, ni a la Directora.
Los compañeros de clase apenas si cayeron en la cuenta de que
el cristal volvía a estar en la ventana, si acaso Pepa que se sentaba
en la mesa de al lado, pero como estaba un poco despistada casi siempre,
tampoco repararía en ello.
Nadie comentó el hecho por los pasillos, en la sala de profesores,
en los corrillos del recreo, a la salida del instituto, nadie fue con el
cuento a los padres miembros de la directiva de la APA...
Al salir del instituto Rubén se acercó a Antonio y chocó
su mano derecha contra la de su compañero. Ambos bajaron la cuesta
hasta la plaza del pueblo, hablaron de sus cosas pero, ni entre ellos surgió
como tema de conversación la puesta del nuevo cristal en el lugar
del que se había roto unas semanas atrás.
Teodoro R. Martín de Molina.