LA VISITA
Era una conocida de su mujer. Fueron compañeras en el colegio
de monjas donde ella hizo el bachillerato. No sabemos muy bien porqué
aquel viernes por la tarde apareció en su casita de la playa. Ellos
todavía estaban guardando la comida en el frigorífico y sacando
la ropa de las bolsas de viaje para colocarla en el armario.
“Hola”. “Hola”. “¡Qué alegría!” “¡Cuánto
tiempo!” “¿Qué tal?” “¿Cómo te va?” “Y... ¿tú
por aquí?” “Ya ves, voy de camino a Málaga y como Pepita, recuerdas:
la menudita aquella de mil pecas por el cuerpo y trenzas larguísimas,
me dijo que tenías una casa a la salida de su pueblo... pues, ya ves...”
Continuó la conversación por largo tiempo. Él
seguió con las tareas propias de su sexo. “¿Congelo las chuletas?”
“¡Déjalas en el frigorífico, ahora voy yo!” Le
respondió desde el saloncito.
Cenaron. La conversación prosiguió tras la cena. Aquello
se veía venir. “¡Anda, no seas tonta! Quédate, descansa
y mañana con el fresco sigues el camino.” Y se quedó.
La única cama con somier de láminas y colchón
de muelles era la de ellos. Retiraron sus pijamas de debajo de la almohada.
Cambiaron las sábanas y... “Hasta mañana, que descanséis.”
“Lo mismo decimos, hasta mañana.”
Habían tomado unas cuantas cervezas, él más que
ellas: hablaba menos y bebía más.
Después del primer sueño la vejiga pedía a gritos
vaciarse. Medio somnoliento saltó del colchón de goma espuma,
se plantificó ante en el inodoro y casi se queda dormido de pie después
de dejar a gusto la vejiga.
Fue la fuerza de la costumbre. No quería que nada de eso ocurriera.
En ningún momento fue consciente. Pero... lo cierto es que se acurrucó
tras unas nalgas femeninas...
Como siempre, se abrazó por detrás esperando su reacción:
“No te eches, que hace mucho calor”, antes de darse media vuelta para seguir
durmiendo, pero la reacción no se produjo. La comenzó a palpar
bien, tanto que ella empezó a responder, mas no del modo acostumbrado.
Aquello hizo que se despabilara un poco. Entonces fue consciente de dónde
estaba y con quién estaba.
“¡Qué os puedo decir!. Pensad lo que queráis, porque
diga lo que diga no me vais a creer”, pensó en declararle a su mujer,
y a la amiga, en cuanto ésta se apercibiera de la situación
en la que él la había puesto. Sólo esperaba comenzar
a oír sus gritos de mujer mancillada por el marido de su amiga y anfitriona.
También pensó en taparle la boca y tratar de explicarse
en silencio sin que su mujer lo oyera. Aquello sería una locura, ella
no lo iba a entender y su reacción sería aun más radical.
Sería mejor hacer lo pensado en primer lugar.
“Y si trato de escabullirme cómo buenamente pueda, sin hacer
ruido y salir del mismo modo que he entrado”. Retiró la mano
de sus senos, procurando no rozar ninguna otra parte del cuerpo, reculó
con todo el sigilo del que fue capaz. Notó como le agarraba la mano
que acababa de retirar y la colocó en el mismo lugar.
“Puñetas, ¿estará despierta? ¿se estará
haciendo la dormida?”. Dudas razonables comenzaron a circular por
su cabeza cuando un segundo intento de retirar la mano de lugar tan especial
fue respondido de igual manera que en la primera ocasión, además,
ahora acompañado de palabras que ni entendía ni estaba en disposición
de entender. “No, no, eso no es posible. Seguro que está dormida
y yo he venido a molestarla”, prefirió pensar.
Por tercera vez retiró la mano y, aprovechando
el ruido que hizo el colchón al ella girarse, se deslizó de
las sábanas y salió de la cama. A cuatro patas se aproximó
hasta la puerta. “Si me pilla al abrir diré que estoy entrando
y que me he confundido de habitación.” Sospechó que sus ojos
se le clavaban en la espalda, mas preferió pensar que tuvo suerte,
que nadie advirtió su error.
Llegó casi sin resuello al colchón de goma espuma. En
la cama de al lado, su mujer dormía como una bendita. No volvió
a conciliar el sueño hasta el amanecer, dándole vueltas a lo
que había sucedido (en algún momento, inclusó llegó
a pensar en volver al colchón de muelles).
Esa mañana se despertaron más tarde de lo habitual: no
estaban acostumbrados a tanto ajetreo.
Cuando salieron, en el salón encontraron una nota de la amiga
de su mujer: “Siento no despedirme de vosotros como os merecéis,
pero tengo que continuar el viaje hacia Málaga, lo que se comienza
hay que terminarlo, quizás en otra ocasión... Gracias.
Un abrazo, Reme.”
Teodoro R. Martín de Molina