LA GACETA DE GAUCÍN
Hasta el 40 de mayo...
“Hasta el 40 de mayo no te quites nunca el sayo”,
era uno de los refranes con los que mamá nos prevenía, a
lo largo del año, sobre lo que debíamos o no debíamos
hacer, de acuerdo con su forma de entender las cosas.
Aquel año, el 40 de mayo se adelantó bastante.
Hacía poco que habíamos pasado el día de san Isidro
y ya andábamos todos dejándonos los jerséis por
todas partes. Por ello mamá nos pidió a Quica y a mí
que le ayudásemos a ir preparando el baúl “Mundo” (lo llamábamos
así por su inmenso tamaño) para guardar el grueso de la ropa
de invierno. Sólo dejábamos alguna rebeca o jersey por si
regresaba el fresco de nuevo.
A nosotros nos encantaba ayudar a mamá. Antes de que ella
hiciera acto de presencia en los armarios, íbamos sacando los
abrigos y los trajes, y, bolsillo a bolsillo, comprobábamos que
en ellos no había nada. En realidad, nosotros buscábamos
la moneda olvidada por nuestros padres o alguno de los hermanos mayores
para, una vez acabado el trabajo, correr a la tienda de la plaza a comprarnos
una rueda del delicioso “Bazooka” que traían de Gibraltar las recoveras.
En esa ocasión, la recaudación fue pírrica:
solamente conseguimos una moneda de dos reales. Estaba en el fondo de
uno de los bolsillos del pantalón del traje que papá usaba
los domingos para ir a misa.
La sorpresa gorda nos la llevamos cuando, en el abrigo de lana
marrón a cuadros formados por una leve línea beig, descubrimos
algo perfectamente envuelto en grueso papel de estraza. El papel y todo
lo que lo rodeaba estaba pringoso. La grasa incluso había traspasado
la tela del bolsillo. Era un abrigo en desuso a la espera de ser utilizado
por mí. Los tres hermanos mayores ya habían “disfrutado”
de su uso.
Al desliar el papel nos encontramos con un hermoso chorizo de
los que mamá guardaba en manteca "colorá". Evidentemente,
estaba escondido para ser ingerido a hurtadillas en un momento en el que
el hambre apretara por aquél que lo había guardado. Debería
llevar bastante tiempo en ese lugar, ya estaba enmohecido. Pero ¿quién
lo habría puesto allí?
Cuando mamá vio la más que evidente mancha de grasa,
pensó por un momento en echarlo a lavar o cambiarle el bolsillo.
Me miró de arriba abajo y colocó mis escasos 110 centímetros
junto al abrigo; tras la comprobación, optó por enviarlo
al ropero parroquial.
Teodoro R. Martín de Molina