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Teodoro R. Martín
de Molina
LA
VISITA DEL GOBERNADOR
En casa del regidor Fulgencio Céspedes todo era alboroto y alborozo. Sólo faltaban tres días para que el Gobernador visitara el pueblo del que don Fulgencio era alcalde casi perpetuo. Su esposa, las dos hijas mayores y las criadas llevaban semanas esmerándose y controlando todo hasta en el más mínimo detalle. —Esos bronces que resplandezcan y reluzcan como nunca —decía la alcaldesa a una de sus hijas—. Ve y trae más arenisca y limón —ordenaba a su otra hija—. Rufina, tú a las lámparas, sobre todo las del comedor. Ni una mota de polvo, ni caquita de mosca tan siquiera, que estos señores miran mucho hacia arriba ―le recomendaba a la criada más joven―. Hortensia, vamos, vamos, la vajilla y la cristalería, que brillen como el día de la visita del señor Obispo. ¡Qué bien quedamos en aquella ocasión! ¿Recordáis? ¡Cuántas felicitaciones recibimos de su Ilustrísima y de los prelados que lo acompañaban! ¡Qué satisfacción más grande! Pues igual o mejor en esta ocasión. El señor Gobernador se lo merece con creces. ¡Ha sido tan bueno con mi marido, y con nuestro pueblo! ¡Todo será poco para su Excelencia! La tan esperada visita se había retrasado, por motivos inexcusables, en dos ocasiones, pero ésta sería la definitiva. Don Fulgencio había recibido un telegrama la tarde del día anterior en el que el Gobernador, tras excusarse, le comunicaba que sin más dilaciones estaría entre ellos dentro de tres días. El alcalde estaba que no cabía en sí de gozo, por fin podría recibir en su pueblo a su Excelencia, a su benefactor, a aquél que lo nombró y que siempre lo atendió de modo tan amable cuando con ocasión de asuntos municipales o personales hubo de visitarlo en la capital de provincia. Así podría demostrar a todos que lo que él contaba hasta la saciedad de su amistad con la máxima autoridad provincial no era cosa para tomarla a guasa en las tertulias del casino. Encargó al más veterano de los guardias municipales que en la conocida como “charca del mercado”, apartase y mantuviese a raya a las tres mejores truchas del criadero. Serían las que se pondrían en la mesa presidencial del banquete que iba a ofrecer en su honor. Conocía la afición del Gobernador a las truchas y en más de una ocasión, aprovechándose del criadero del río del pueblo, le había llevado la más hermosa del momento con motivo de alguna visita en solicitud de intercesión en algún asunto privado o público. Ordenó al alguacil que sacase y tuviese lista para revista las banderas de rigor, las bordadas con hilos de oro y plata, la nacional y las de los partidos que apoyaron el movimiento, todas ellas ondearían en sus mástiles en el balcón central del ayuntamiento. El alguacil comprobó que estaban inmaculadas y preparadas para ser izadas al compás del himno nacional cuando el señor Gobernador descubriera la placa conmemorativa de su visita. Aleccionó convenientemente a todos y cada uno de los concejales y les sugirió, les indicó, las frases que cada uno debería decirle a su Excelencia en el momento protocolario de la presentación y el saludo, siempre apretando la mano suavemente pero sin soltarla hasta acabar con aquello que tenían que exponerle. ―Las familias del municipio le dan su más calurosa bienvenida al padre benefactor de todos nosotros ―diría el concejal por el tercio familiar. ―Desde la prosperidad de nuestro comercio y toda nuestra incipiente industria, deseamos a su Excelencia idéntica prosperidad en su salud y el buen regir del destino de nuestra provincia ―sería el párrafo que debería dirigir al Gobernador el concejal del tercio correspondiente. ―Las fuerzas sindicales se alinean junto a vuecencia en la defensa de los intereses de los obreros de nuestro municipio y de toda nuestra nación. Así cada uno tenía su saludo preparado y se veían a unos y otros por los distintos despachos de la casa consistorial leyendo y recitando aquello que debían decir al Gobernador en el momento de la presentación. Los saludos estaban escritos en medias cuartillas con la letra del oficial primero que tenía una caligrafía rayana en letra de imprenta. El concejal encargado de las obras públicas tuvo que andar detrás de su hijo para que se lo repitiera una y otra vez hasta conseguir memorizarlo: ―Ya sabes, hijo, he extraviado las gafas y sin ellas no puedo leer ni una palabra ―ocultando su vergüenza le pedía al hijo pequeño que leyera lo que estaba escrito. Sólo hacía su firma, pero con tal rimbombancia que nadie diría que aquélla era la firma de un analfabeto. Quien la viera y no lo conociera podría pensar que se encontraba ante uno de los más letrados del pueblo. Era una firma breve pero adornada de una rúbrica con tantos arabescos y adornos como la bóveda de la capilla del patrón del pueblo. No sabía nada de letras pero sí prosperaba con su floreciente negocio de materiales de construcción y con la compraventa a la que dedicaba el tiempo que le dejaba su labor como munícipe, que era abundante. Uniformes nuevos para todos los empleados municipales que los usaban, también para la banda de música. Compra de tres instrumentos para sustituir a los que ya desafinaban más de la cuenta y que ponían nerviosísimo al veterano director. Se alquiló un alumbrado extraordinario, como el de las fiestas, por si se alargaba la sobremesa y el Gobernador se despedía del pueblo al atardecer. Se renovó toda la alfombra roja que cubriría el terrazo de la entrada del ayuntamiento, el mármol de sus escaleras, y el pasillo central del salón de plenos hasta llegar a la mesa de autoridades, donde se llevaría a cabo la recepción oficial y en la que tras los discursos de rigor se le haría entrega al señor Gobernador Civil del pergamino en el que se le nombraba hijo adoptivo de la villa. Don Fulgencio era persona voluntariosa pero a la que le costaba Dios y ayuda unir cuatro frases para tratar de hilvanar un pequeño discurso. El secretario del ayuntamiento apoyándose en las escasas ideas del regidor, trató de construir un discurso medio coherente que, sin llegar a lo meloso, halagara lo suficiente al Gobernador en lo referente a su función y a su persona, de modo que el jefe provincial pudiese aumentar su estima y aprecio por el discursante. Fueron esos tres últimos días de un trajín excepcional. El alcalde, hombre ya entrado en años y en carnes, se cansaba, pero daba igual; sudaba, pero daba igual; iba y venía dando los últimos toques, las órdenes finales, amén de las postreras recomendaciones que ya había repetido en multitud de ocasiones, repasando una y otra vez el recorrido oficial, el salón de plenos, la pancarta de bienvenida, el discurso que le preparó el secretario, amén de las palabras de la recepción oficial, nombramiento y posible agradecimiento (por si le caía alguna condecoración), en resumen: todos y cada uno de los detalles que pudieran hacer feliz al Gobernador y a él mismo… ¡más feliz todavía! Era un hombre de la causa y por la causa y a ella había vivido entregado desde el momento en que lo designaron alcalde; no aspiraba a más, sólo pretendía agradar a sus jefes y que estos se sintiesen satisfechos por haber depositado su confianza en él. Y si ahora le podía venir la condecoración tantas veces prometida, ¡miel sobre hojuelas! Y, ¡por fin!, llegó la gloriosa mañana, el día en el que el alcalde del pueblo, don Fulgencio Céspedes y Céspedes, vería colmadas todas sus aspiraciones, todos sus desvelos de tantos años al frente de la alcaldía, el día en el que vería recompensada su meritoria labor. Habían madrugado él y su esposa para dar un repaso definitivo a todo y cerciorarse de que nada pudiese empañar la ardua tarea de los días y semanas anteriores. La alcaldesa, entre los fogones, rezaba e imploraba a todos los santos para que no le saliera mal alguna de las comidas. Daba órdenes a las criadas y los últimos toques a cada una de las cacerolas, bandejas y sartenes en las que, a fuego lento, se iban cocinando las aves, pescados, y carnes magras, rojas y de caza, ya cocidas, ya fritas, horneadas o en guisos extraordinariamente elaborados que suponían una delicia para los sentidos, ¡qué no sería poder degustarlos acompañados de los mejores caldos de la región! A media mañana, ambos cogidos del brazo y seguidos por la comitiva de recepción se dirigieron a la entrada del pueblo por donde debía de llegar el señor Gobernador y su séquito. Las hijas pequeñas del alcalde portaban sendos ramos de flores recién cortadas para ofrecérselos a la señora gobernadora y a la señora esposa del señor secretario del señor Gobernador. La banda de música se encontraba en el lugar asignado afinando instrumentos. El director, subido en una plataforma ad hoc, repasaba en el atril las partituras de las dos piezas que iban a interpretar en cuando el Gobernador pusiese pie en tierra: el Himno Nacional y el Himno de Infantería, cuerpo en el que ostentaba el grado de Comandante. Era ya cerca del mediodía y pasaba más de una hora del horario previsto para la llegada. ―La gente importante siempre se hace esperar ―comentaba el depositario. ―Siempre surgen temas de última hora que hacen que se tenga que retrasar un poco la salida, lo cual, impepinablemente, conlleva un retraso en la llegada ―aseguró el secretario al alcalde. ―Seguro que la gobernadora es la responsable de la tardanza. Como todas las señoras de postín habrá tenido que emperifollarse, y eso se lleva su tiempo ―le comentaba con cierta malicia a la alcaldesa la esposa del comandante de puesto de la guardia civil. ―Podíamos rezar el Santo Rosario, así la espera se haría más llevadera y ganaríamos indulgencias para pasar menos tiempo en el Purgatorio ―invitaba al grupo de mujeres que lo rodeaba el párroco del pueblo―, aunque el Purgatorio parece que lo estamos empezando a sufrir en propias carnes con esta espera ―apostilló en voz baja y con cierta sorna antes de comenzar a recitar el primero de los misterios gloriosos, pues era miércoles el glorioso día en el que su Excelencia ¡por fin! visitaría el pueblo. Mientras los mayores no cesaban en sus comentarios sobre la tardanza del Gobernador y los motivos a los que se debería, un grupo de niños descubrió la bolsa de caramelos que custodiaba uno de los alguaciles, preparados para que el Gobernador y el alcalde los repartiesen entre los pequeños que se acercaran a saludarlos en el trayecto. Estos pillines no esperaron y dieron buena cuenta de ellos antes de lo previsto, el alguacil estaba más pendiente de su nuevo uniforme que de vigilancias “caramelíes”. Una hora después del mediodía y dos desde que estaba prevista la llegada, las corbatas comenzaron a aflojarse de los cuellos, las flores que adornaban las solapas de los trajes femeninos empezaban a declinar, los instrumentos musicales daban señales de carraspeo después de tanto afinamiento, los caramelos habían pasado en casi su totalidad de la bolsa a los bolsillos, los temas intranscendentes de conversación ya estaban todos agotados, y cuando el desánimo cundía en la mayoría de los presentes se oyó el rugir de las Sanglas de una pareja de motoristas que presumiblemente precedía a los coches de la comitiva oficial. Efectivamente, por la curva que daba paso a la recta que llevaba hasta la entrada del pueblo se vieron relucir los cascos y los charoles de los correajes de los guardias civiles. Los chiquillos comenzaron a agitar compulsivamente las banderitas que les habían proporcionado los maestros al salir de la escuela, los señores se volvieron a colocar bien el nudo de la corbata, de nuevo se afinaron los instrumentos de la banda municipal; ni las flores de las señoras, ni los caramelos tuvieron remedio. Todos se fueron haciendo a un lado para que el alcalde ocupara el lugar preeminente en la avanzadilla de los que iban a recibir al Gobernador, y todos se extrañaron cuando comprobaron que los motoristas no aminoraban la velocidad y siguieron en dirección al siguiente pueblo, que era el cabeza de partido de la comarca. El alcalde y los que lo rodeaban gesticularon como dando a entender que se debían de haber despistado. Los impacientes ciudadanos sintieron un gran alivio cuando de nuevo se volvió a oír el rugir de motores. Al poco de salir de la curva otra pareja de motoristas, todos sintieron gran alivio al ver que dos coches oficiales les seguían a escasos metros. En esta ocasión la velocidad de los vehículos comenzó a disminuir antes de aproximarse al lugar en el que se encontraban las autoridades del pueblo. Se detuvieron las motocicletas y tras ellas los automóviles. Ninguno de los vehículos detuvo el retumbo de sus motores. Don Fulgencio no sabía a cuál de los coches dirigirse, no estaba muy puesto en esto del protocolo, y esperó paciente a que desde alguno de ellos se bajase alguien o se le hiciese alguna indicación. El sudor corría por la frente, el cogote y la espalda del alcalde, fueron unos minutos interminables. Por fin, del primero de los coches bajó un señor que se aproximó al comité de recepción, dirigiéndose a don Fulgencio le preguntó: ―¿El señor alcalde? ―ofrecía su mano para estrechar la sudorosa de don Fulgencio― Tenga la amabilidad de acompañarme al vehículo en el que viaja su Excelencia el señor Gobernador. Buenos días, señores ―dijo a modo de despedida dirigiéndose al resto de personas que acompañaban al alcalde. Hecho un verdadero flan, don Fulgencio siguió al señor vestido de riguroso negro. Al llegar el alcalde al coche, una de las ventanillas de atrás se bajó y del interior salió una blanca mano que don Fulgencio agarró y sacudió en varias ocasiones efusivamente al tiempo que bajaba y subía la cabeza y balbucía algunas frases que ninguno de los presentes pudo escuchar. Pasados un par de minutos la ventanilla volvió a subirse y Gobernador y séquito siguieron el camino que minutos antes habían tomado los motoristas primeros. Volvía sobre sus pasos don Fulgencio con rostro circunspecto. Se aproximó a la tarima preparada para que el gobernador recibiera los honores protocolarios. Con ambas manos animó a los presentes a que guardasen la calma y la compostura, pues los murmullos de desaprobación de la mayoría, y de regocijo de algunos, hacían que el lugar pareciese la entrada de una colmena en plena faena recolectora de todo el enjambre. ―Asuntos de alta política obligan a su Excelencia el Gobernador a estar sin falta dentro de media hora junto con el Presidente de la Diputación y demás autoridades provinciales y comarcales en la localidad que ostenta la capitalidad comarcal ―el alcalde comenzó a hablar con voz afectada―. Son órdenes directas de Madrid ―apostilló sin mucho convencimiento―. Le ha sido imposible detenerse por más tiempo con nosotros como hubiera sido su deseo y según lo tenía previsto. Me ha pedido que os transmita a todos el mayor de sus afectos y sus mejores deseos, que quizás el próximo año nos honre con su presencia. Respiró hondo y despacio, pidió que se le llenase de agua el vaso que estaba reservado para el Gobernador, tomó un buen trago, se rascó disimuladamente el cogote, se secó el sudor de la frente y prosiguió: ―Como nada de lo que os he dicho, que es lo que me ha referido el Gobernador, me lo creo, y dado que esta corporación municipal ha llevado a cabo un generoso dispendio con motivo de la que hubiese podido ser excepcional efemérides, yo, como autoridad máxima del pueblo, decreto que este desembolso no puede resultar en balde. Por ello las clases de hoy quedan suspendidas, consecuentemente los niños no tendrán que acudir a la escuela una vez concluya este acto; la misa vespertina no se celebrará porque el párroco estará ocupado en otros menesteres; todas las dependencias oficiales permanecerán cerradas hasta nueva orden; y queda al libre albedrío de comerciantes, taberneros, artesanos y demás profesionales y trabajadores que continúen o no con su actividad normal, mas todos quedan invitados a disfrutar de una jornada de fiesta municipal y degustar lo que para las autoridades provinciales teníamos preparado. Nuestra banda municipal queda a disposición del municipio y de sus habitantes. Ahora, en civil procesión, nos dirigiremos hasta la casa consistorial llevándose a efecto los actos previstos con independencia de que nos acompañe o deje de acompañar ese señor que ha pasado de largo. Ruego al dilecto director de la banda que deleite a todo el vecindario con pasacalles y pasodobles en lugar de los himnos y marchas consabidos. Al concluir las palabras del alcalde el aire se inundó de vítores y gritos de alegría que hicieron refrescar el ambiente de principios de verano. La fiesta se prolongó por más del día de autos. Durante este período no se celebraron misas en el pueblo, las escuelas permanecieron cerradas, el cuartel de la guardia civil no intervino en ninguno de los altercados que se produjeron a lo largo de ese tiempo, los comercios permanecieron cerrados, los profesores de la banda municipal acabaron con llagas en los labios y en la lengua, los taberneros hicieron su agosto, se acabaron todas las bebidas espirituosas, sólo quedó vino peleón en toda la jurisdicción, los anisetes y el pipermín lo agotaron las damas de la alta sociedad, el brandy y otras bebidas de más alta graduación sus señores esposos, los aguardientes y anises secos los obreros y sus familias, las gaseosas y refrescos acabaron donde los caramelos; muchos despertaron en camas que no eran las suyas y con hombres y mujeres que no eran sus maridos o esposas, y todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, cultos e incultos, autoridades y subordinados, y demás etcéteras, agradecieron enormemente el desplante que su Excelencia el señor Gobernador había tenido para con la villa y para con todos sus vecinos. Ni que decir tiene que la alcaldía pasó a manos del melifluo de turno que anduvo presto en ir con el cuento a la autoridad provincial y que encantado aceptó la designación; bien que sólo lo hizo, como acto de servicio, por el bienestar del pueblo y el de sus habitantes. |